¿Qué decir del clima de Seván? Coñac como divisa de oro guardada en el cajón secreto del sol de montaña
No vivimos mucho tiempo, y cuando empezamos a saber algo, o a conocer el modo de descubrirlo, ya nos movemos a toda velocidad, como si esquiáramos, por una pronunciada pendiente nevada, adelantando a unos en el descenso, y cruzándonos con otros que ascienden, y realmente hay poco tiempo para conocerse y charlar. Lo más que podemos hacer es gritar alguna cosa al pasar...
jueves, 6 de agosto de 2020
El paraíso tras el último peldaño
viernes, 6 de septiembre de 2019
¿CÓMO SE SACÓ LA FOTO MÁS FAMOSA DE WINSTON CHURCHILL?
domingo, 17 de julio de 2016
Ararat
El Ararat es tímido por la mañana. Se despereza con la paciencia de sus hijos en una tierra en la que el tiempo pasa despacio, que siempre quiso arrugar el mapa y acercarse a Occidente, aunque nunca se dejó contagiar por su prisa..."
CRÓNICAS ARMENIAS CON MANCHAS DE JUGO DE GRANADA
Virginia Mendoza
sábado, 21 de mayo de 2016
¿Qué crédito merece esa historia de que Churchill bebió brandy armenio toda su vida y de ahí su longevidad?
domingo, 3 de noviembre de 2013
Gomidás Vartapet
viernes, 25 de octubre de 2013
Arshile Gorki: Memorias de Armenia: década del veinte
La relación de Gorky con Sedrak no fue del todo buena puesto que el joven no podía olvidar el sufrimiento que él y su familia habían tenido que sobrellevar en Armenia, durante la ausencia de su padre. A esto se sumó el hecho de que Adoian sostenía que su hijo tenía que encontrar un empleo práctico en vez de buscar una carrera en arte de la cual, según sostenía él, nadie podía vivir. Gorky, a pesar de estar en América, no mantuvo relación con su padre; sólo a Vartoosh lo unía un estrecho vínculo que se mantendría siempre y sin flaquear. Su hermana había estado con él en Armenia, compartiendo lo bueno y lo más terrible también. Gorky y Vartoosh hablaban el mismo idioma, y ella fue su único nexo con su infancia felíz, antes del genocidio, en la tierra que tanto amaba y añoraba. Para Arshile, Vartoosh era Armenia y todo lo que ella simbolizaba. Con el apoyo de su hermana, en el año 1922, Gorky comenzó sus estudios de arte en el New School of Design de Boston, para pronto convertirse en instructor. Una de sus compañeras de arte de esa época recordó, años más tarde, la siguiente anécdota :
"During the noon recesses, Gorky used to sketch outdoors and one dull day, Gorky painted a small panel of the Park Street church. A parishioner passing by offered Gorky five dollars for the painting if he would make his figures more distinct and less like peasants" [Lader, op.cit., p. 14].
Lo interesante de este relato es la observación que hace el aspirante a comprador; dice que le compraría su obra de lograr hacer éste, las figuras de modo más estilizado y elegante, y no con apariencia de campesinos. Ahora bien, ¿de dónde proceden estas figuras de granjeros pobres y humildes en el marco de la iglesia inglesa?. No sería extraño afirmar que a través del lápiz de Gorky fluyó parte de su dura experiencia pasada en su tierra natal.
Éste fue entonces, el comienzo de la obra de Gorky en América. Luego, su obra siguió por el camino del impresionismo, pero hay que notar que el "impresionismo" de Gorky, si es que así lo podemos llamar, era bien distinto ya que sus formas no parecen desmaterializarse completamente sino que preservan la sugerencia de una estructura real y sólida. Lo que pretendo subrayar con esto es lo siguiente: tal y como el famoso artista americano de Kooning dijo una vez,
"Gorky didn't fit into any art movement; he was beyond categorization" [Sweeny, Jim, "Arshile Gorky". Ararat, Autumn, 1995, p.2].
Así como Gorky fue un extranjero en América, así también podemos afirmar que su obra tampoco encajaba enteramente dentro de los parámetros de ningún movimiento de arte. Gorky, fuera de Armenia, no pertenecía a ningún lugar. Sin embargo, a pesar de que añoró siempre volver, nunca lo hizo; tal vez se haya percatado de que si lo hacía, se daría cuenta de que aquél tampoco era ya su hogar. Arshile Gorky no perteneció a ningún grupo, tampoco lo hizo su obra plástica, y no es de extrañar que sus pocos amigos hayan sido emigrados como él. En 1924 Gorky abandonó el área de Boston y se trasladó a New York. A pesar de que , como acabamos de mencionar, nunca logró el sentimiento de pertenencia (de este hecho se dará cuenta al final de su vida), esto no significa que no haya intentado insertarse. Por el contrario, puso todo de sí para ser aceptado y tener éxito. Su decisión más reveladora con respecto a este tema, fue la de cambiar su nombre: adoptó definitivamente el nombre de Arshile Gorky, aparentemente dejando atrás su identidad como Vosdanik Manuk Adoian. El significado de su nuevo nombre resulta bastante llamativo; al artista le gustaba explicar que, en ruso, "Gorky" significa "amargura" o "el amargo", y "Arshile" era el equivalente de "Aquiles" . No es necesario mucho comentario al respecto, parece ser que el artista, en su búsqueda de identidad, quiso ocultar su herencia armenia para ser aceptado en su nuevo ambiente.
"The artist consciously sought to hide his Armenian identity, at least until he had achieved recognition as a painter and could thus bring honor to his people" [Lader, op.cit., p. 18]
Arshile confió a Vartoosh, en una carta, que tenía la determinación de hacerse un nombre en el mundo del arte para finalmente revelarse como armenio. Cambió su nombre porque sabía que no sólo su nombre sino también Armenia misma iba a parecer extraña a los americanos y que esto podía obstaculizar su éxito. Pero como no podía negar su apariencia extranjera, ni su acento tan peculiar, pensó que un nombre ruso podía estar acorde con sus características étnicas y que sería más familiar para los americanos puesto que, desde 1920, había habido una gran inmigración por parte de los rusos. Gorky se armó una importante línea genealógica rusa, vinculándose a sí mismo con el escritor ruso Maxim Gorky, e incluso llegó a contar anécdotas de su infancia en Rusia. Edificó todo esto en el camino de búsqueda de sí mismo, intentando reconciliar su sentir armenio con el extraño entorno circundante. Bajo este nuevo nombre, Gorky siguió progresando en el arte de manera autodidacta, transitando por el Impresionismo, Post Impresionismo, Fauvismo, Cubismo, etc. Estudió a Cezanne, a Picasso, a Miró, como si todo se tratara de una sucesión de eslabones en una larga cadena ininterrumpida.
Un claro ejemplo que revela la fuerza de su herencia armenia en este período, son los "Retratos Armenios" que comenzó a pintar en los años veinte. Gorky realizó varios autoretratos, retratos de él con su madre, con su esposa imaginaria, y retratos de Vartoosh. Su "Autoretrato a la edad de nueve años", nos muestra a un niño introvertido y melancólico. Se percibe en la figura de esa obra un aura de tristeza. Gorky añoraba un pasado que podría haber sido y no fue. En su autorretrato de 1913, lo vemos nuevamente con una profunda expresión entristecida por las fuerzas del destino. Y es en esta obra que Gorky muestra su verdadera identidad, al delinear su fisonomía y referirse a ciertas convenciones armenias de la época de las pinturas murales y los manuscritos, como ser la estilización ornamental de los rasgos faciales y también, el énfasis puesto en el patrón de líneas curvas. Estas características nos remiten inmediatamente a las obras de la Armenia medieval. Por otro lado, la obra "Retrato con mi esposa imaginaria", nos muestra a Gorky al lado de una mujer que presenta características muy similares a la figura que aparece en el "Retrato de Vartoosh". La esposa imaginaria de Gorky es una mujer armenia por el costado desde el que se la mire, y esto pude afirmarse sencillamente, mediante la comparación de los dos retratos.
El deseo de unión y reencuentro de Gorky con su tierra, es algo que aflora a cada instante. Otra forma interesante de percibir esto es, a través de su utilización del color. Tanto "Retrato con mi esposa imaginaria", como "Retrato de Vartoosh", revelan una paleta bastante similar, en la que predomina una gama de amarillos y ocres, ya sea con un degradé hacia los tonos verdosos, en un caso, o bien, hacia los colores tierra y rojizos, en el otro. Cabe destacar que el amarillo es uno de los colores que con más fuerza le hacían recordar a su Armenia natal, de acuerdo a las palabras de Vartoosh: "He wanted to paint the yellow that is produced when we cooked the roots of the Van Dandelion" [Waldman, op.cit., p. 34]. Resulta fácil detectar a lo largo de su obra, una serie de colores evocativos que nos hablan de Armenia.
Arshile Gorky se casó en dos oportunidades con mujeres americanas. La relación con su primera esposa duró tan solo unos pocos meses y, la relación con su segunda esposa; tan solo unos pocos años. Fue con esta última que tuvo a sus dos hijas. La mayor recibió un nombre armenio; Maro, y, curiosamente, a la segunda le dio el nombre ruso de Natasha. Los retratos de Gorky están basados en fuentes personales profundas (una foto de él y su madre, dibujos de Vartoosh, sus memorias, etc.), su esencial y fundamental inspiración es personal. El artista mismo se refería a estas pinturas como sus "Retratos Armenios" y hablaba de ellos como el comienzo de su expresión verdadera. Central para el desarrollo artístico de Gorky fue un doble retrato que comenzó inmediatamente después de su llegada a New York, en el que se muestra a sí mismo a la edad de ocho años, de pie al lado de su madre que aparece sentada. Estos retratos están basados en aquella fotografía que se sacaron madre e hijo, en Van, en 1912, para enviarla a su padre en América. Este tema mantuvo ocupado al artista por casi veinte años, y no es de extrañar, ya que el descubrimiento de la propia identidad implica un largo proceso que no se caracteriza necesariamente por su rapidez y facilidad. "El artista y su madre" no es tan solo una versión pintada de una fotografía, sino que Gorky ha logrado, mediante esta obra magna, una imagen profunda y conmovedora : el pequeño Gorky, melancólico, se encuentra de pie, un poco separado de su madre y parece entristecido por dicha simbólica separación. Las flores que sostiene se transforman en una ofrenda para la eterna y monumental figura de Shushanik, cuyo tratamiento nos recuerda a un ícono tradicional de la virgen; "Transformed into a universal symbol, she inspires contemplation and spiritual devotion" [Lader, op.cit., p.35]. Esta imagen de su madre plasma su amor por ella y seguramente simboliza también para Gorky, la belleza y el espíritu de su país natal, el cual siempre parece estar teñido por la melancolía. Gorky supo plasmar en estos retratos una cualidad eterna y una atmósfera de alienación y tristeza.
Arshile Gorky consideró a este conjunto de obras como sus primeras obras maduras. Puede decirse que la herencia armenia del artista, y particularmente las placenteras y luego trágicas experiencias de su infancia - que logra el observador vivenciar , a través de la obra "El artista y su madre" - constituyen el corazón y fundamento de su desarrollo temprano como pintor.
"Arshile Gorky: Una experiencia armenia en la diáspora
Lic. Maria de la Paz Albarracín"
jueves, 18 de noviembre de 2010
Sarkís Sumbulián
martes, 16 de noviembre de 2010
Armenak de Bitlis
Bueno, hace un par de meses fui a visitar tu tumba en el cementerio situado junto a la vía del tren en San José, California, y mientras estaba frente a la parcelita numerada recordé la primera vez que la visité.
Fui con tu hermano menor, Mihran, cuando yo tenía diecisiete o dieciocho años y él treinta y siete treinta y ocho, hace ahora cuarenta años. Tu hermano lloraba, y yo, con esta bocaza que heredé de la otra rama de la familia, de tu mujer, tu viuda, mi madre, la rama tumultuosa de la familia, dije:
-¿Por qué lloras? El no está ahí.
Y me reí, por el gusto que me daba estar en un lugar como aquél en un día de verano tan hermoso, porque era estupendo estar vivo y porque yo no creía en la muerte, no podía creer en ella, no creía que tu estuvieras muerto, por ejemplo, o que alguien hubiera muerto alguna vez.
Tu hermano quedó consternado por mis palabras y por mi risa, y como los sollozos que estaba tratando de ahogar no le dejaban hablar con claridad, me dijo:
-Entonces, ¿dónde está?
Bueno esto empeoró las cosas, pues Mihran siempre tuvo una especie de formalidad y una ingenuidad que le llevaban a hacer unas preguntas que a los demás les resultaban muy graciosas.
-Pues en muchos sitios -respondí-. Nadie acaba en la tumba; sólo los huesos o el polvo están ahí. El hombre sigue estando siempre en los lugares en los que ha estado. Allí donde nació, donde pasó la niñez y la adolescencia. También sigue estando donde viajó, en los trenes, en los barcos, y sigue estando en los libros que leyó. Yo tengo los libros de mi padre y sus libros están llenos de él.Yo vine aquí sólo para ver dónde pusieron sus huesos. Mi padre no está muerto. Si yo estoy aquí, él también.
Bueno, estas teorías son muy discutibles; pero esto no hace al caso.
Durante mucho tiempo, recordé tan sólo aquel pedazo de tierra cubierta de hierba, bajo los árboles, junto a la carretera, y (más allá de la carretera) la vía del tren. No es que pensara: <<Allí está mi padre>>, o <<Allí están los restos de mi padre>>, o cosas por el estilo. Sólo recordaba que yo había estado allí.
Ahora bien, cuando era un niño que empezaba a querer entender las cosas, creía que un día, muy pronto, te vería subir por una calle y que yo sabría que era tu hijo, de tres, cuatro, cinco, seis, siete u ocho años. Seguí creyendo que vendrías, hasta que tuve once o doce años y luego la idea se me olvidó por comleto. No es que dejara de creerlo, es que lo olvidé, lo solté y se me fue durante mucho tiempo; y luego, de pronto, volvió, y por aquel entonces yo era ya un hombre hecho.
Yo no conocía más que alegrías, una salud de hierro, confianza absoluta, toda clase de ideas, noche y día, y movimiento constante, interior y exterior, y continuas idas y venidas. Empecé a viajar en cuanto tuve un poco de dinero; pero la primera salida importante fue financiada por tu hermano Mihran, que en 1928, poco antes de que yo cumpliera los veinte años, me prestó doscientos dólares, con los que me fui a Nueva York con el ómnibus Greyhound. Se los devolví, desde luego, pero siguió haciéndome préstamos, incluso cuando yo había ganado veinte o treinta veces más que él en toda su vida, y yo seguía devolviéndoselos, menos una o dos veces, en que tardé varios años en hacerlo, y temo que al final él me haya prestado más de lo que yo le he devuelto.
Yo tenía ya bastantes años, casi los que tú tenías al morir, en 1911, cuando empecé a creer otra vez que cualquier día subirías por una calle y vendrías a mi encuentro.
Tal vez más que creer que esto pasaría, empecé a recordar que mucho tiempo atrás había creído que iba a pasar. <<Mi padre lo hará porque es mi padre>> —me decía, de niño—; no va a dejar de venir sólo porque esté muerto. Ya encontrará él la forma de levantarse y subir por cualquier calle para venir a buscarme. Porque él es mi padre y porque nosotros somos como somos, podremos hacerlo. Sabemos que no se puede, que va contra las leyes; pero mi padre lo hará. Y entonces, ¿qué dirá la gente? Dirán: "Estuvo muerto diez años y luego volvió. Sencillamente. No era un fantasma, ni era un doble; era él mismo, en persona, que volvió. Volvió para pronunciar el nombre de su hijo". Esto es lo que dirán.>> Y lo pensaba mientras andaba por ahí, armando jaleo en los lugares públicos y haciendo que la gente se apartará de mí con asombro y hasta con miedo, como si yo fuese algo más que un hombre que hablaba fuerte y tenía ganas de reír.
Y después, entre unas cosas y otras, volví a olvidarlo durante mucho tiempo. Me acordaba, pero no hacía mucho caso de mi recuerdo, no sé si porque no resultaba o porque yo no acababa de ver claro cómo iba a ocurrir entonces, al cabo de más de treinta años. Bruscamente, en 1939, dejé de ser incansable, dejé de ser inagotable y algo le pasó a la risa, a los chistes, al barullo, al ir y venir, al viajar, al comer, al beber, al divertirse y al trabajar y a la fama y al dinero. Tenía treinta y un años cuando empecé a sentir una horrible tristeza que iba conmigo a todas partes. Quizá se debía a que la guerra se nos venía encima otra vez. Y pensaba: <<Hay demasiada gente en las calles. Si ahora mi padre volviera se perdería entre todo ese histerismo; si nos encontrásemos cara a cara no me conocería, tendría miedo de todo el mundo, y también miedo de mí.>>
Conocí a una muchachita y me casé con ella, y ella tuvo un hijo, y yo lo miré y lo olí y le escuché y le hablé, y en mi pensamiento ocurrió algo muy simple, esto: <<Aquí está él, y muy pronto le veré subir por una calle y se parará delante de mí y me hablará, tal como yo sabía que iba a ocurrir. Este viejo que tiene ya ocho horas es mi padre.>>
Pero luego lo dejé correr. No creí que resultara. No era exactamente lo mismo, aunque en realidad había en ello algo que no podía descartarse del todo.
Cuando, después de la guerra, volví a ver a mi hijo, él ya tenía dos años; pero no me conoció, aunque también puede decirse que yo le conociera a él. En los primeros meses de su vida su llanto me llenaba de inquietud, porque no era como el de los otros niños.
Cuando volví de Europa, furioso, confuso, enfermo, desesperado y tan muerto como vivo, mi hijo me miró y se echó a llorar. Lo primero que pensé es: <<Aquí está mi pobre padre, muerto a los treinta y seis años, que ha vuelto y está enfadado. ¿Enfadado conmigo por haberle traído aquí otra vez? ¿He hecho mal? ¿He cometido algún crimen contra él?
Luego nos separamos; pero entonces había ya una niña junto al hijo, y ellos se quedaron con su madre y yo me puse a pensar: ¿Cómo estarán, qué les pasará, cómo se las arreglarán, estarán bien?>>
Entonces yo era más viejo de lo que tu fuiste nunca. Estábamos en 1949. Yo tenía cuarenta y un años, y depresión nerviosa. Una depresión total, pero eso no importa, está ocurriendo a todas horas, puede ocurrirle a cualquiera, incluso diría que a mí me parece que tiene que ocurrirle a todo el mundo, pero cuando le toca a uno entonces es distinto, no es simplemente una cosa de la que se habla, es una cosa que te está pasando, y que es espantosa, y tienes que ser muy duro y tener mucha suerte para seguir viviendo.
Durante varios años, no volví al cementerio de San José, aunque pase en coche por la carretera que cruza por allí cerca y me acorde de la tumba y miré varias veces en aquella dirección. Ya no pensaba en ello como antes; sólo pasaba en el coche y mis recuerdos me seguían hechos pedazos, tratando de darme alcance y volver a juntarse.
Y así mucho tiempo. A veces me despertaba sobresaltado, como si despertara de la muerte, y trataba de ordenarlo todo, preguntándome: <<Vamos a ver, ¿dónde estoy? ¿Dónde están los míos? ¿Dónde está mi padre? ¿Dónde está mi hijo?>> Y entoces poco a poco, todo volvía y yo sabía lo que sabe todo hombre que aún esté vivo. Me levantaba, encendía un cigarrillo, echaba whisky en un vaso, y mientras inhalaba el humo y tragaba el whisky, trataba de pensar.
Veía de vez en cuando a mí hijo, y a su hermana, y hablaba con él y con ella; pero éramos extraños; en realidad, yo no los conocía, ni a él ni a ella, ni te conocía a ti, ni me conocía a mí mismo.
Y un día, en Nueva York, yo subía por la Quinta Avenida. Venía de la Calle 44. Adrede había omitido escribir a mi hijo para decirle que iría a Nueva York, porque él casi nunca contestaba mis cartas y cuando lo hacía sus cartas me parecían extrañas. En una hasta me decía que mis cartas le fastidiaban. De modo que dejé de escribirle.
Cuando le vi bajar por la Quinta Avenida yo sabía que aquél era mi hijo; pero no importaba, y decidí seguir andando y dejar las cosas como estaban. No había nada que decir. Está ocurriendo a todas horas. ¿Quién es padre de quién? ¿Es alguien el padre de alguien? ¿No será alguna descabellada idea del mundo el padre de todos los hombres? <<Ya ha cumplido quince años, es tan alto como yo y está bajando hacia mí por la Quinta Avenida; pero yo no me pararé. Yo le habré visto y él a mí no.>>
Y entonces pensé: <<En realidad, es como si mi padre estuviera bajando por la calle hacia mí, tal como siempre imaginé, sólo que ahora yo le veo y él no me ve, será como si pasara un desconocido, ni más ni menos, y está bien que así sea.>>
Yo avanzaba sin dejar de mirarle y cuando estuvimos a un metro el uno del otro, entre docenas de personas, él me vio a mí como yo estaba viéndole y yo seguí calle arriba y él siguió calle abajo. Yo no sonreí y el no sonrió. Yo no moví la cabeza y él no movió la cabeza. Y no me importó, y no me importó que a él no le importara.
Y entonces sucedió aquello; pero no sucedió exactamente igual a como yo lo había imaginado durante tanto tiempo.
Yo iba andando en línea recta, cuando alguien vino corriendo entre la gente hasta situarse a mi lado y al alcanzarme casi gritó:
-¡Papá!
Yo me paré y él me dijo:
-¡Por Dios, papá! Has pasado por mi lado, me has visto y no te has parado. Yo debía estar soñando o algo así, porque no estaba seguro de que fueras tú. Creí que forzosamente debía ser otro. ¿Por qué no te has parado, papá? ¿Por qué no me has dicho nada? ¿Por qué no me has llamado?
-Óyeme, hijo -le dije-. Sí, te he visto; tú ibas a algún sitio y he pensado que no debía pararte, ni llamarte. Ahora sé que vas a algún sitio; de modo que vete ya porque yo también tengo que irme.
No estaba enfadado y él lo sabía y me entendió.
-¿Puedo llamarte al hotel?
-Cuando tú quieras.
Él siguió por la Quinta Avenida abajo y yo por la Quinta Avenida arriba.
Hacía muchos años que yo paraba en el mismo hotel, y él lo sabía, y aquel mismo día, muchas horas después, alrededor de las once de la noche, me llamó y hablamos, y una hora después él fue al hotel y salimos y estuvimos paseando y hablando.
Poco después, salí para Europa; todos los años voy y vengo, y un día, al volver a San Francisco, encontré una carta de alguien de la Universidad estatal de San José, por la que me invitaban a ir allí a hablar. Y de repente me acordé de aquel pedazo de tierra del cementerio de San José y contesté que sí, que iría y me quedaría dos o tres días. Cuando llegué, me fui directamente al cementerio, entré en la oficina y una señora sacó el registro y me dio el número y me dijo cómo podía llegar hasta allí, y yo fui hasta allí y me encontré delante de tu tumba y me quedé mirando la hierba.
Sólo quería estar allí.
Recordé la primera vez que fui, con tu hermano Mihran, el día en que él lloró y yo me reí.
Padre, cuando yo estaba allí, tenía cincuenta y ocho años, mi hijo, veintitrés, tu hermano había muerto el año anterior, a los setenta y siete años, y tus huesos seguían teniendo treinta y seis años. No estoy seguro, no podría jurarlo, pero me parece que entonces me dije, o pensé, o sentí: <<Sí, mi padre está ahí, muerto.>>
Tengo la impresión de que me equivocaba, pero pensé, o dije, o sentí, o creí, algo por el estilo. Pero no tenía pena. Supongo que no la tenía porque tampoco la había tenido cuando era niño y creía que cualquier día te vería subir por una calle, venir hacia mí y llamarme. Esto nunca ocurrió; pero algo ocurrió. Seguramente no significará mucho; pero me ha parecido que haría bien en decirlo, antes de que volviera a olvidarlo.



