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jueves, 6 de agosto de 2020

El paraíso tras el último peldaño

¿Qué decir del clima de Seván? Coñac como divisa de oro guardada en el cajón secreto del sol de montaña 

ÓSIP MANDELSTAM 



Armenia esconde sus maravillas en las alturas. A menudo, tras una escalera. Aquí la belleza es recompensa y, en invierno, blanca y resbaladiza. El camino desde Ereván hacia el lago Sevan, salpicado de jachkras y monasterios resume el sur armenio y explica que Mandelstam recuperase la inspiración tras cuatro años de sequía poética.
Llegamos a la estación de Abovyan en busca de un autobús con destino a Martuni, un lugar próximo al lago Sevan. El conductor abandona el corrillo de fumadores que se ha formado en el centro de la estación, abre la puerta corredera de su marshrutka y no sabemos reaccionar. Los cristales negros del autobús-furgoneta nos habían impedido ver cabeza alguna, pero en esa marshrutka no cabe ni un brazo más; sin embargo, bajo su punto de vista, todavía hay sitio para nueve personas. Mujeres, hombres y niños nos miran fijamente desde dentro y nosotros los miramos a ellos. Nuestro aspecto españolas, italianas, francesas, checa y eslovaco pasa inadvertido cuando vamos solos por la calle, pero es fácil imaginar que un nutrido grupo de chavales con mochila en el Cáucaso en invierno levanta la misma expectación que cualquier turista al uso. Que todos vivamos en Ereván y hayamos improvisado esta salida después de conocernos hace apenas unas horas es algo que ellos ignoran: nuestro aspecto es el de forasteros a los que hay que mirar con la extrañeza del poeta que va a las estaciones a imaginar la vida de los que van y vienen, un asombro universal que en cualquier mirada del mundo refleja la misma pregunta: ¿Qué habrán venido a hacer aquí? Y para eso no hace falta ser Yesenin, que usaba las estaciones de tren como escenario para sus recitales, sino haber nacido en el lugar al que el otro llega.
En un país que logra escapar a la esclavitud de los relojes, saber cuándo va a llegar el próximo autobús roza lo utópico. Incluso en la capital, el proceso por el cual se toma un autobús es simple y no responde a ataduras temporales de ningún tipo: llegar a la parada y esperar. La suerte ocurre o no ocurre y, esta vez, no hay otra marshrutka prevista durante las próximas horas que nos lleve a nuestro destino. O perdemos la oportunidad después de llegar hasta aquí o aguantamos el trayecto de setenta kilómetros de pie, doblados, ocupando un espacio que todavía no existe y que tendremos que ganar a base de golpes sutiles. ¿Nos engaña nuestra percepción del espacio? ¿Nos hace creer nuestra cultura que ocupamos más de lo que necesitamos? Ese es nuestro silencioso dilema hasta que irrumpe un hombre con una furgoneta vacía, un destino abierto y una dentadura incompleta, coronada por un bigote inquieto que no para de moverse y que nos saca de nuestro letargo.
Patverov habla ruso y me mira fijamente a los ojos como si de mí dependiese cerrar un trato que no entiendo. El hombre nos ofrece ir hasta el lago, pasar el día con nosotros, parar donde queramos y dejarnos en Ereván. ¡Música! es la única parte del trato que entendemos algunas. Lo dice elevando la voz, enfatiza su exclusividad y por veinte mil drams (unos treinta y siete euros) aceptamos su oferta mientras Patverov sigue gritando: ¡Música, música, música!
Paramos para repostar en una estación de servicio. Patverov nos pide que bajemos de la marshrutkaAhora es cuando se va con nuestro dinero y nos deja aquí, bromeamos. Suponemos que no es la forma armenia de proceder ni se arriesgaría a perder clientes en pleno invierno. Para un hombre armenio, solo su identidad está por encima de su palabra, y aquella depende en gran medida de esta. Patverov ya ha cerrado un trato. Aunque no deja de ser curioso que él pueda fumar junto al surtidor y tirar las colillas sin miramiento mientras nosotros tenemos que permanecer alejados. ¿Qué hace fumando con una mano mientras sujeta la manguera con la otra? El extranjero ávido de respuestas tendrá que aprender a contenerse en Armenia y dejar de hacerse preguntas. No intentes comprender, esto es el Cáucaso, suelen decir los oriundos. Aquí las cosas son sencillas: son, están, ocurren. Tratar de ir más allá es hablar a una pared soviética.
Aparan es el pueblo cuyos habitantes protagonizan la mayor parte de los chistes armenios. Algo así como Lepe en España. Sus habitantes son al resto de los armenios lo que los gallegos a los argentinos. Los chistes son los mismos, pero cambian los gentilicios, como si algo tan universal como burlarse del otro fuese un fenómeno local y propio. Una de las historias que circulan de boca en boca y de mesa en mesa, sugiere que Patverov no es de Aparan: A uno de Aparan le preguntan: ¿Fumas delante de tu padre? Y él dice: ¿Por qué no voy a fumar, si papá no es un bote de gas?
Tras un lento repostar, Patverov arranca su marshrutka, se acerca fingiendo intenciones de atropello y partimos hacia el Parque Nacional de Sevan, disfrutando de la música prometida.
En Gavar —o Kyavar, como pronuncian los locales—, Patverov dice que estamos en el pueblo más antiguo de Armenia. Si la primera mención del país data de hace más de cuatro mil años, estamos en un pueblo realmente viejo.
En el mercado, unos alegres carniceros exponen carne fresca al aire libre y las fruteras colocan ritualmente la fruta en torno a los hombres del pueblo, que pasan la mañana entretenidos echando partidas de nardi. Los juegos de mesa en Armenia son tan importantes que el ajedrez es asignatura obligatoria en los colegios. El armenio desarrolla y demuestra su inteligencia deslizando piezas sobre un tablero. Tal es su dedicación que los mejores ajedrecistas del mundo han crecido en el seno de una familia armenia, desde Petrosian hasta Kaspárov, quien comparó la popularidad del ajedrez en Armenia con la del fútbol en Latinoamérica.
Pasamos a un café y una mujer nos envía a una habitación apartada, quizá por albergar la mesa más grande. La mujer llega con más tazas de café de las que hemos pedido y una bandeja empapada. Deja las tazas chorreantes sobre la mesa mientras comemos algo de fruta. Pagamos trescientos drams por cada café armenio —un café realmente oriental que cada país del Este reivindica como propio— y nos marchamos.
El suelo está cubierto por una capa de hielo asesina. Pasamos con miedo y sigilo para despistar las miradas de los vendedores ante la eventual caída que todos parecemos temer. Una señora extiende una manzana buscando la atención de Michal. Sin tener muy claro si es un detalle desinteresado o una estrategia amable para ganar clientes, nuestro hombre pregunta si es un regalo para él y la señora asiente con una sonrisa mientras los otros vendedores observan la escena y murmuran un largo ¡Ooooh!, al unísono, que en todos los idiomas significa lo mismo.
Cerca del mercado, se eleva la iglesia de la Santa Madre de Dios, junto a la que nos espera un impaciente Patverov, un armenio afectado por la curiosa enfermedad de la prisa.

*     *     *


Los primeros jachkars salpican un infinito manto de nieve que se funde con el cielo nublado. Es el cementerio de Noratus. En su parte más antigua, alberga una agrupación de casi ochocientas de estas típicas cruces armenias talladas en piedra, lo que lo convierte en el mayor conjunto de jachkars del mundo después de que Azerbaiyán destruyese el de Jugha, entre 1998 y 2005. Tan inmenso es este cementerio que, cuentan, el príncipe armenio Gegham ordenó a su guarnición colocar sus cascos y espadas sobre cada cruz para simular, en la lejanía, un imponente ejército que amedrentase al enemigo. Y así fue como un ejército de tumbas disfrazadas de soldados habría hecho huir a los turcos otomanos. Una estrategia similar a la de los caballeros de Valencia que, colocando sobre Babieca el cadáver de su señor, extendieron la leyenda de que el Cid había ganado batallas después de muerto. Ambos ganaron, como mínimo, un poco de esperanza.
En el cementerio de Noratus el tiempo pasa por la muerte. Las antiguas cruces, talladas desde el siglo IX, dan paso a tumbas más recientes y sofisticadas: enormes sepulcros que son salas de estar al aire libre con mesas y asientos de piedra. El valor del cementerio reside en la visible evolución del arte del jachkar pero, sobre todo, en la forma en la que los diseños en torno a las cruces describen la cultura y la historia del país. 
Decía Kapuściński que estas cruces han sido el símbolo de la existencia del pueblo armenio, que marcaban las fronteras y, a veces, indicaban el camino. La victoria, el agradecimiento, la delimitación del territorio y hasta la muerte han sido plasmados en estas cruces desde que Armenia se convirtió en el primer país cristiano de la historia. 
Además de dibujos del difunto ejerciendo su profesión, algunos jachkars incluyen el símbolo de la eternidad, una espiral dentro de un círculo que hace referencia al sol y que sustituyó a la hoz y el martillo del escudo nacional después de que Armenia se independizase de la Unión Soviética, en 1991. Los monumentos fúnebres más elaborados incluyen, además, el tonir —una oquedad en el suelo donde que se cuece el pan—, algún joravats —típicas brochetas de carne y verdura a la barbacoa— y el saz —instrumento de cuerda tradicional—. En alguna lápida incluso quedan restos de vidrio, ya que, según una antigua tradición, romper un cristal simbolizaba la pérdida del miedo. Los pedazos de cristal se depositaban en la parte inferior de la tumba y, después, se vertía agua sobre la parte superior. Tal es la variedad de elementos que guarda este cementerio que en la pared de una de las capillas se inscribió una desgravación fiscal de siete líneas que especifica, con todo detalle, las condiciones del acuerdo por el que el shana —recaudador de impuestos— y el demetar —jefe de la aldea— quedaban exentos del pago de algunas tasas.
En el monasterio de Sevan, una pareja acaba de darse el sí, quiero. Ascendemos por unas escaleras eternas y congeladas que las invitadas han subido con tacones de veinte centímetros. De entre los coches adornados con lazos blancos sale un lustroso perro negro. O la amabilidad armenia es extensible al mundo canino o Armen, como decidimos llamar a nuestro nuevo guía, huele la comida que guardamos en las mochilas y nos acompaña durante todo el trayecto.
Cuando llegamos a una de las capillas del monasterio, aparece un joven de ojos escondidos y risueños con una garrafa de agua de cinco litros rellena de brandy y una tableta de chocolate. Extiende unos vasos de plástico sobre la mesa —clara muestra de la hospitalidad armenia es que siempre aparece una mesa en algún rincón y alguien dispuesto a llenarla— y nos ofrece el aperitivo con una sonrisa. Es su forma de presentarse. Dice que se está preparando para acceder al ejército, pero está en un monasterio perdido en la montaña esperando conversación y alguien a quien invitar a un trago de brandy.
Se ha dicho que el brandy armenio jugó un papel relevante en Yalta, cuando Churchill, Stalin y Roosvelt se repartían el mundo. Antes de la histórica foto en la que aparecen los tres mandatarios sentados, Stalin había regalado a Churchill una botella de Dvin. Tras degustarlo, Churchill estaba convencido de haber probado el mejor brandy del mundo y no solo lo dijo aquel día, sino que atribuía su longevidad a fumar puros, almorzar con puntualidad y beber una botella de brandy armenio al día. Cuentan los armenios que Churchill detectó que un día, el coñac al que se había acostumbrado tenía un sabor distinto. Llamó a Stalin, quien había exiliado a Siberia al artífice de un nuevo sistema de producción de brandy en la Unión Soviética. Stalin, tras atender las quejas de Churchill, liberó a aquel hombre, que recuperó su puesto.

*     *     *

Con el chico, aparece un hombre que hace las veces de guía turístico de manera improvisada y gratuita. Nos cuenta que bajo el monasterio discurre un pasadizo que permitía a los armenios refugiarse y huir de las invasiones mongolas. La historia de su país está plagada de invasiones, de vecinos hostiles, unas veces por motivos religiosos y otras, simplemente, porque Armenia es al Cáucaso lo que el niño vulnerable de la clase es a sus compañeros.
Todo ello transcurre bajo la atenta mirada de una señora que parece proteger el monasterio y que cambia de puerta a medida que nos desplazamos. Con media cara oculta bajo un pañuelo rojo intenso que le rodea la cabeza, nos cuenta que es viuda y que sus hijos buscan una vida mejor en Suiza. Probablemente guardar las puertas de esa capilla y esperar a los curiosos que se acercan al monasterio es lo más estimulante que puede hacer durante el día. 
El lago Sevan se derrama sobre un paisaje en el que montañas nevadas se mimetizan con las nubes simulando el infinito. Antes llamado Mar de Gegham, es el único de los tres grandes lagos de la Armenia histórica que permanece en territorio armenio. El nombre del lago es la herencia de Van, que ahora es el lago más grande de Turquía. Por su oscuridad, cuentan los armenios que un grupo de personas llegado de las proximidades de Van llamó al lago Negro Van.
Una de las leyendas más conocidas en Armenia trascurre en Van. En la isla Aghtamar vivía una princesa llamada Tamar, una mujer que se dedicaba a esperar al plebeyo del que se había enamorado. Cada noche, él tenía que llegar hasta ella a nado, guiado por la luz con la que la princesa iluminaba el agua. El padre de Tamar, enterado de aquellas visitas, dejó al muchacho sin luz en mitad del lago. Su cuerpo quedó varado en la orilla y la forma de su boca insinuaba que las palabras Akh Tamar se habían congelado en sus labios. El grito, dicen, aún se escucha por las noches.
El lago quedó al otro lado de la frontera, pero la leyenda se mudó a Sevan. Cerca del lago se colocó una estatua de Tamar que, brazos en alto, sujeta la antorcha con la que iluminaba el camino a su amado.
Cuando llegamos al punto más elevado del monasterio de Seván, el cielo se despeja y nos ofrece uno de los lagos más altos del mundo en todo su esplendor. Aunque la mano del hombre ha sido devastadora a lo largo de los años, a medida que el agua descendía iban apareciendo algunas reliquias de la antigüedad, como los jachkars más arcaicos que un día cubrió el agua donde Mandelstam se reencontró con sus musas. Nunca volvió a dejar de escribir. 

"HERIDAS DEL VIENTO"
CRÓNICAS ARMENIAS CON MANCHAS DE JUGO DE GRANADA
Virginia Mendoza.-


viernes, 25 de octubre de 2013

Arshile Gorki: Memorias de Armenia: década del veinte


La relación de Gorky con Sedrak no fue del todo buena puesto que el joven no podía olvidar el sufrimiento que él y su familia habían tenido que sobrellevar en Armenia, durante la ausencia de su padre. A esto se sumó el hecho de que Adoian sostenía que su hijo tenía que encontrar un empleo práctico en vez de buscar una carrera en arte de la cual, según sostenía él, nadie podía vivir. Gorky, a pesar de estar en América, no mantuvo relación con su padre; sólo a Vartoosh lo unía un estrecho vínculo que se mantendría siempre y sin flaquear. Su hermana había estado con él en Armenia, compartiendo lo bueno y lo más terrible también. Gorky y Vartoosh hablaban el mismo idioma, y ella fue su único nexo con su infancia felíz, antes del genocidio, en la tierra que tanto amaba y añoraba. Para Arshile, Vartoosh era Armenia y todo lo que ella simbolizaba. Con el apoyo de su hermana, en el año 1922, Gorky comenzó sus estudios de arte en el New School of Design de Boston, para pronto convertirse en instructor. Una de sus compañeras de arte de esa época recordó, años más tarde, la siguiente anécdota :
  "During the noon recesses, Gorky used to sketch outdoors and one dull day, Gorky painted a small panel of the Park Street church. A parishioner passing by offered Gorky five dollars for the painting if he would make his figures more distinct and less like peasants" [Lader, op.cit., p. 14].
Lo interesante de este relato es la observación que hace el aspirante a comprador; dice que le compraría su obra de lograr hacer éste, las figuras de modo más estilizado y elegante, y no con apariencia de campesinos. Ahora bien, ¿de dónde proceden estas figuras de granjeros pobres y humildes en el marco de la iglesia inglesa?. No sería extraño afirmar que a través del lápiz de Gorky fluyó parte de su dura experiencia pasada en su tierra natal.
Éste fue entonces, el comienzo de la obra de Gorky en América. Luego, su obra siguió por el camino del impresionismo, pero hay que notar que el "impresionismo" de Gorky, si es que así lo podemos llamar, era bien distinto ya que sus formas no parecen desmaterializarse completamente sino que preservan la sugerencia de una estructura real y sólida. Lo que pretendo subrayar con esto es lo siguiente: tal y como el famoso artista americano de Kooning dijo una vez,
 "Gorky didn't fit into any art movement; he was beyond categorization" [Sweeny, Jim, "Arshile Gorky". Ararat, Autumn, 1995, p.2].
Así como Gorky fue un extranjero en América, así también podemos afirmar que su obra tampoco encajaba enteramente dentro de los parámetros de ningún movimiento de arte. Gorky, fuera de Armenia, no pertenecía a ningún lugar. Sin embargo, a pesar de que añoró siempre volver, nunca lo hizo; tal vez se haya percatado de que si lo hacía, se daría cuenta de que aquél tampoco era ya su hogar. Arshile Gorky no perteneció a ningún grupo, tampoco lo hizo su obra plástica, y no es de extrañar que sus pocos amigos hayan sido emigrados como él. En 1924 Gorky abandonó el área de Boston y se trasladó a New York. A pesar de que , como acabamos de mencionar, nunca logró el sentimiento de pertenencia (de este hecho se dará cuenta al final de su vida), esto no significa que no haya intentado insertarse. Por el contrario, puso todo de sí para ser aceptado y tener éxito. Su decisión más reveladora con respecto a este tema, fue la de cambiar su nombre: adoptó definitivamente el nombre de Arshile Gorky, aparentemente dejando atrás su identidad como Vosdanik Manuk Adoian. El significado de su nuevo nombre resulta bastante llamativo;  al artista le gustaba explicar que, en ruso, "Gorky" significa "amargura" o "el amargo", y "Arshile" era el equivalente de "Aquiles" . No es necesario mucho comentario al respecto, parece ser que el artista, en su búsqueda de identidad, quiso ocultar su herencia armenia para ser aceptado en su nuevo ambiente.
  "The artist consciously sought to hide his Armenian identity, at least until he had achieved recognition as a painter and could thus bring honor to his people" [Lader, op.cit., p. 18]
Arshile confió a Vartoosh, en una carta, que tenía la determinación de hacerse un nombre en el mundo del arte para finalmente revelarse como armenio. Cambió su nombre porque sabía que no sólo su nombre sino también Armenia misma iba a parecer extraña a los americanos y que esto podía  obstaculizar su éxito. Pero como no podía negar su apariencia extranjera, ni su acento tan peculiar, pensó que un nombre ruso podía estar acorde con sus características étnicas y que sería más familiar para los americanos puesto que, desde 1920, había habido una gran inmigración por parte de los rusos. Gorky se armó una importante línea genealógica rusa, vinculándose a sí mismo con el escritor ruso Maxim Gorky, e incluso llegó a contar anécdotas de su infancia en Rusia. Edificó todo esto en el camino de búsqueda de sí mismo, intentando reconciliar su sentir armenio con el extraño entorno circundante. Bajo este nuevo nombre, Gorky siguió progresando en el arte de manera autodidacta, transitando por el Impresionismo, Post Impresionismo,  Fauvismo, Cubismo, etc. Estudió a Cezanne, a Picasso, a Miró, como si todo se tratara de una sucesión de eslabones en una larga cadena ininterrumpida.
Un claro ejemplo que revela la fuerza de su herencia armenia en este período, son los "Retratos Armenios" que comenzó a pintar en los años veinte. Gorky realizó varios autoretratos, retratos de él con su madre, con su esposa imaginaria, y retratos de Vartoosh. Su "Autoretrato a la edad de nueve años", nos muestra a un niño introvertido y melancólico. Se percibe en la figura de esa obra un aura de tristeza. Gorky añoraba un pasado que podría haber sido y no fue. En su autorretrato de 1913, lo vemos nuevamente con una profunda expresión entristecida por las fuerzas del destino. Y es en esta obra que Gorky muestra su verdadera identidad, al delinear su fisonomía y referirse a ciertas convenciones armenias de la época de las pinturas murales y los manuscritos, como ser la estilización ornamental de los rasgos faciales y también, el énfasis puesto en el patrón de líneas curvas. Estas características nos remiten inmediatamente a las obras de la Armenia medieval. Por otro lado, la obra "Retrato con mi esposa imaginaria", nos muestra a Gorky al lado de una mujer que presenta características muy similares a la figura que aparece en el "Retrato de Vartoosh". La esposa imaginaria de Gorky es una mujer armenia por el costado desde el que se la mire, y esto pude afirmarse sencillamente,  mediante la comparación de los dos retratos.
El deseo de unión y reencuentro de Gorky con su tierra, es algo que aflora a cada instante. Otra forma interesante de percibir esto es, a través de su utilización del color. Tanto "Retrato con mi esposa imaginaria", como "Retrato de  Vartoosh", revelan una paleta bastante similar, en la que predomina una gama de amarillos y ocres, ya sea con un degradé hacia los tonos verdosos, en un caso, o bien, hacia los colores tierra y rojizos, en el otro. Cabe destacar que el amarillo es uno de los colores que con más fuerza le hacían recordar a su Armenia natal, de acuerdo a las palabras de Vartoosh: "He wanted to paint the yellow that is produced when we cooked the roots of the Van Dandelion" [Waldman, op.cit., p. 34]. Resulta fácil detectar a lo largo de su obra, una serie de colores evocativos que nos hablan de Armenia.
Arshile Gorky se casó en dos oportunidades con mujeres americanas. La relación con su primera esposa duró tan solo unos pocos meses y, la relación con su segunda esposa; tan solo unos pocos años. Fue con esta última que tuvo a sus dos hijas. La mayor recibió un nombre armenio; Maro, y, curiosamente, a la segunda le dio el nombre ruso de Natasha. Los retratos de Gorky están basados en fuentes personales profundas (una foto de él y su madre, dibujos de Vartoosh, sus memorias, etc.), su esencial y fundamental inspiración es personal. El artista mismo se refería a estas pinturas como sus "Retratos Armenios" y hablaba de ellos como el comienzo de su expresión verdadera. Central para el desarrollo artístico de Gorky fue un doble retrato que comenzó inmediatamente después de su llegada a New York, en el que se muestra a sí mismo a la edad de ocho años, de pie al lado de su madre que aparece sentada. Estos retratos están basados en aquella fotografía que se sacaron madre e hijo, en Van, en 1912, para enviarla a su padre en América. Este tema mantuvo ocupado al artista por casi veinte años, y no es de extrañar, ya que el descubrimiento de la propia identidad implica un largo proceso que no se caracteriza necesariamente por su rapidez y facilidad. "El artista y su madre" no es tan solo una versión pintada de una fotografía, sino que Gorky ha logrado, mediante esta obra magna, una imagen profunda y conmovedora : el pequeño Gorky, melancólico, se encuentra de pie, un poco separado de su madre y parece entristecido por dicha simbólica separación. Las flores que sostiene se transforman en una ofrenda para la eterna y monumental figura de Shushanik, cuyo tratamiento nos recuerda a un ícono tradicional de la virgen; "Transformed into a universal symbol, she inspires contemplation and spiritual devotion" [Lader, op.cit., p.35]. Esta imagen de su madre plasma su amor por ella y  seguramente simboliza también para Gorky, la belleza y el espíritu de su país natal, el cual siempre parece estar teñido por la melancolía. Gorky supo plasmar en estos retratos una cualidad eterna y una atmósfera de alienación y tristeza.
Arshile Gorky consideró a este conjunto de obras como sus primeras obras maduras. Puede decirse que la herencia armenia del artista, y particularmente las placenteras y luego trágicas experiencias de su  infancia - que logra el observador vivenciar , a través de la obra "El artista y su madre" - constituyen el corazón y fundamento de su desarrollo  temprano como pintor.

"Arshile Gorky: Una experiencia armenia en la diáspora
Lic. Maria de la Paz Albarracín"