viernes, 17 de julio de 2026

Ejercicio con C

Calentando Calles. 

Contingentes castrenses castristas, castrados, cobardes, calumnian castos ciudadanos. Crean caos con crueles contusiones corporales. Ciertamente castigan cándidas cabezas con cascos. Condimentan conmociones con capsulas catapultadas, contienen “capsaicina”.

Columnas callejeras contumaces, con carácter caminan, centenares corean consignas, ciudadanos con corazón contra conveniencias caducas corren, cálidos citadinos con coraje cubren calles con cuerpos, con cartulinas coloridas claman caridad.

Constantes caricaturas con contenidos creativos crean costras, caracterizan cómicas caras conocidas, culpables coléricos cruzan cuchillos con ceño.

Capitán Cabello continua celada, con correligionarios cubanos constata conspiración, conjetura calificación contra corsarios colonialistas colombianos.

Celulares captan coacciones, capturan colisiones contra cuerpos caídos, callados, calcinados. Contra cierre comunicacional comunican cada caso constantemente. Convencen con claras comprobaciones.

Cívicos civiles callados, cariacontecidos cierran calles con cauchos, camas, contenedores, cosas, corotos.

Cancerberos con cargos conducen condenas, ciudadanos contra ciudadanos, clásica costumbre cubana comunista, cargan castigos contra ciudades.

Campesinos, colonos, cierran calles, corren contra calabozos.
Códigos, cánones comunes constituyen condenas constitucionales, caerán, caerán con castigos contundentes, continentales.

Consigna: Continuar, Comunicar, Contravenir, Calentar Calles.

Por Jotajota 
09 de abril, 2014
https://www.panfletonegro.com/v/2014/04/09/ejercicio-con-c

Ana y los pájaros

Ana y yo estamos como en el principio. Después de tanto vivir juntos apenas nos conocemos. A veces la miro y no sé quién es. Me extrañan sus reacciones. No sé por qué piensa de tal manera, por qué actúa de tal forma, por qué se enoja, por qué tiene esos gustos tan distintos a los míos. Definitivamente no sé a qué atenerme. No es como yo pensaba cuando la vi por primera vez y se me aceleró el corazón. Ahora todo es distinto. No entiendo su escandaloso modo de danzar en el aire. Aunque no es una libélula, dice que la música la transforma. A veces se escapa y no sé con quién anda. Escucho sus chillidos, pelea con otras gatas en el tejado. Yo simplemente miro la televisión y lo doy por desapercibido. Sé que pronto volverá y acariciará mi piel. Ana es así, inconforme con sus vestidos. En todo caso, ella dice ser alguien especial. Dice que tiene marcas en sus manos que la distinguen de otros seres vivos. Otras veces cree adivinar mis pensamientos, como si fuera una maga. Sus cualidades especiales me abruman. Alguna vez quise devolverla a su original lugar de procedencia pero me prometió no volver a bailar. Ciertas transformaciones de su carácter se expresan en sus ademanes y obsesiones adivinatorias.

Hoy Ana me dice que no la entiendo, que sólo vivo entre mis pensamientos, que soy como un pájaro, que llego a la tierra y me voy, que vivo en la luna, que no me quedo quieto. ¡Yo quería un hombre práctico!, dice.

A veces me reclama: ¡eres un tránsfuga del aire!, y ríe sardónicamente. En ocasiones nos abruma el desconcierto. Sí, le digo, somos diferentes: tú amas el rojo y yo el azul. Después parto en comisión de trabajo. Regreso a los días y otra vez Ana vuelve a sus andanzas: la música, la danza, la risa. No soporto tanta levedad. Ella dice no equivocarse, pues las mujeres, como las gatas, son sabias y visionarias, capaces de conocer lo que los pájaros ocultan. Sin embargo nos parecemos. Me miro en ella y soy otro. Somos como dos animales que vuelan más allá de las mañanas y las montañas. Ahora, después de tanto cielo, recuerdo que una tarde me enamoré de Ana cuando la vi desde lejos danzar en el aire. Es cierto que nos unió la pasión por lo raro. Pero creo que nos equivocamos. Ella pensó en un ser práctico y amoroso y yo en una criatura dócil, como las plantas. La necesidad de amor nos llevó a juntarnos. Ahora nunca sabemos quiénes somos, sobre todo cuando nos arrastra un delirio o una locura y decidimos irnos a la cama. ¿Quién es esta delicada fiera que abrazo y tiene otro nombre y otro rostro?, ¿quién soy yo convertido en un lujurioso animal que sólo se mira a sí mismo? Un turbulento río nos reúne y nos dispersa. Así vamos, entre las sillas, algunos pequeños muebles que nos sirven de escenario y telón de fondo, como dos comediantes, dándonos risa.

Por Douglas Bohórquez
Escritor venezolano (Maracaibo, 1951). Poeta, ensayista, crítico de literatura y profesor universitario adscrito al núcleo Rafael Rangel (estado Trujillo) de laUniversidad de los Andes (ULA)

LE TAMBALEÓ EL MATRIMONIO

#SEXOINMORAL

Por Luis Fernández 

Necesito que me prohíban cosas, es lo que me da morbo, si no, me aburro.

Toñi, cantante de Azúcar Moreno


Caracas, esa ciudad tan hipócrita y difícil... 
Boris Izaguirre, autor, presentador y estrella mediática

He aquí un pedazo de conversación que escuché sin querer (lo juro) en estos días entre Mimí Lazo y Elba Escobar:

Mimí: Chica, yo creo que Fulanito te está echando los perros.

Elba: Pero claro, de toda la vida, figúrate.

Mimí: Qué cosa, chica, cómo son. Y tú, ¿no le vas a parar?

Elba: Tú estás loca, ni de vaina. Bueno, la verdad es que mal, mal no está, pero no, yo estoy ahora en una búsqueda interior maravillosa, estoy meditando tres veces al día y además, yo no le puedo echar esa vaina a Fulanita que es amiga desde hace tanto, eso sería karmático, figúrate, si ya tienen más de veinte años juntos.

Mimí: Precisamente, tú te has fijado en lo flaca que se ha puesto la pobre, está enjuta y como aletargada. Yo creo que lo mejor que po-dría pasarle es que venga alguien y le tambalee el matrimonio.

Usted puede saltar a hacer conjeturas de cualquier índole ante este fragmento de conversación entre dos mujeres arrechas sacado fuera de contexto, pero más allá de todo lo que pueda pensar, hay aquí algo de cierto.

Supongamos por un momento que usted es Fulanita. Dígame si no se sentiría usted superior teniendo, pues, esa hermosa pareja de más de veinte años. Veinte años en los que usted ha compartido todo, casa, cama, deudas, hijos, operación de próstata y entierros de padres. Veinte años maravillosos que vistos en retrospectiva por todos los que la rodean la validan como una mujer, más que feliz, estable. Una mujer que ha sabido crecerse en las crisis (que no han sido pocas), que hace años perdonó infidelidades, que le parió y crió los hijos a su compa-ñero con placer y dolor; que ha sabido acompañarlo dignamente en sus ascensos laborales y sus disfunciones eréctiles, y que supo labrarse un lugar propio y legítimo en esta sociedad. ¡Vaya que se sentiría orgullosa!

Y cómo no, si orgullosos de usted estarían su padre, su suegra y hasta el cura que los casó. A cada rato sería citada por el sacerdote en sus cursillos prematrimoniales, sí, usted es una mujer de logros, usted realizó su sueño de niña, usted es ejemplo, referencia obligada entre los amigos como muestra de que es posible, de que se puede tener una, y sólo una, pareja feliz.

Sin ánimo de exagerar y a pesar de lo malo, usted tendría que sentir que lo ha logrado todo. Y nadie puede decirle lo contrario. Ni siquiera esas amigas suyas que se sientan a tomar el café y comentar esto y aquello de su bien llevado matrimonio, que si al parecer hay tensiones, que si usted es demasiado tolerante, que si ya no hay pasión y se les nota, que si su marido no puede con la amargura. Eso, diría usted con su característica altura de mentón, son cosas que hay que perdonarles a las pobres que están todas divorciadas. Cómo no van a envidiarla, si usted pudo armar el complicado modelo de matrimonio perfecto que le entregaron en la cajita sin instrucciones. Usted tiene la capacidad, la paciencia y la perseverancia que ellas no tuvieron. Sin embargo..., perdone usted, pero siempre hay un "sin embargo".

Veamos la cosa con claridad. Si usted fuera Fulanita, no podría negarme que para la obtención de su estabilidad ha tenido que dedicar gran parte de su tiempo y energías a crear una zona de confort lo suficientemente segura y delimitada. La rutina, tan subvalorada por los tontos, se ha convertido en su mejor aliada. Usted conoce a su marido como nadie. Sabe sus gustos y muchas veces hasta se anticipa a lo que piensa. Le completa las frases, le conoce el humor, le sabe los secretos y le adivina las sorpresas, por no hablar de lo bien que le tiene calibradas las funciones orgánicas, la forma como tartamudea cuando le es infiel y hasta la última urgencia intestinal. De allíque por estos tiempos usted haya perdido (o ganado, da igual) un montón de kilos; es normal que tenga una enorme dificultad para levantarse de la cama en las mañanas y encontrarle sentido a su día; con razón la encuentra Mimí algo aletargada. Usted, mi felicisima mujer, está absolutamente aburrida y lo que padece son los perniciosos efectos secundarios de un monumental fastidio.

Normal sería también que usted se hallara, digamos, rutinariamente retocándose las mechas en la peluquería y al escuchar a estas dos artistas en semejante charla, sintiera un profundo desprecio por ese par de mujeres ociosas e incapa-ces de lograr lo que usted con tanto esfuerzo ha conseguido. Pero supongamos por un momento que sucede esto: Elba decide aceptar el desafuero de su marido (que ni es el primero ni será el último) y le provoca la ilusión de ser correspondido. Supongamos además que usted se entera (que, según el consejo de Mimí es la clave). Usted ve estremecerse su mundo perfecto. Lo que le tomó veinte años construir amenaza con derrumbarse, y es allí que ocurre el milagro. Usted deja de hacerse la loca, salta de su marasmo impulsada por un resorte y se lanza sobre lo que es suyo, lo que a todas luces le pertenece. Y lo hace con una vitalidad desconocida hasta para usted misma. Recobra el ánimo de vivir, gana (o pierde) los kilos que le faltan (sobran), ordena sus prioridades, se reactiva como mujer, se enfrenta con la que usted es en realidad y despierta de nuevo. Independientemente de que reconquiste y retenga a su marido o que decida dejarlo por baboso (no es eso lo que importa), si usted fuera Fulanita, no me podría negar que sería una maravilla que a Elba Escobar se le antojara venir a tambalearle el matrimonio.

Ésta es la forma más espantosa de resumir 20 años de matrimonio. Tú con suerte llegarás a esto algún día. Te sugiero más cuidado a la hora de elegir tus términos.

Carolina, Miami

Me tambaleó el matrimonio. Después de eso decidísepararme. Le agradezco a la otra el haberme mostrado la verdad. Perdí los mejores años de mi vida en una farsa. Hoy soy más cuidadosa a la hora de elegir con quién comparto mi tiempo.

Bélgica, Caracas

sábado, 4 de julio de 2026

Vivir con una mujer

por Rubén Monasterios

Prodavinci
Agosto 23, 2015

Es una experiencia en la que se entrelazan deleites y agobios, dependiendo cada cosa de múltiples variables, entre las cuales es de suma importancia el tipo de personalidad de la mujer. En lo concerniente a este asunto, consideremos que existen dos tipos básicos de hembra en la especie humana: las geishas y las dominatrices, cuyo significado es obvio. Es rara la mujer que encaja íntegra en uno de esos modelos; el temperamento de la mayoría de ellas es una combinación de los rasgos característicos de uno y otro.

Me ha correspondido vivir con una mujer digamos intermedia. Se preocupa por mi salud y se desvive en hacerme delicadezas culinarias, apropiadas a mi deplorable condición de diabético; no me prohíbe fumar puros, incluso, los comparte, aunque sí me ha sometido a un régimen de uno, cuando más dos al día. Tampoco me impide degustar “con moderación” bebidas alcohólicas espirituosas, en cuanto sean whisky, vino o aguardiente blanco, esencias que también comparte con entusiasmo.

La dama en cuestión cuenta entre otras virtudes con la de ser ilustrada, con sentido del humor, bonita y bien conservada para su edad en cuanto a salud y configuración física, como efecto de su fervorosa dedicación a los ejercicios aeróbicos y a su dieta; y con esas preferencias suyas salieron a relucir los componentes de dominatrix en su personalidad.

La mujer me obliga a trasegar todos los días, al levantarme, un vaso grande de cierta sustancia pastosa, verde, de sabor diabólico, hecha con una variedad de hierbas y raíces crudas pasadas por una licuadora, cuyos beneficios para la salud supuestamente son imponderables. Me observa con severidad mientras bebo el menjurje entre lágrimas, toses, eructos, atascamientos en el esófago y ahogos, y sólo levanta la vigilancia al finalizar el martirio. Aunque desprecia las carnes de vacuno y de cerdo, admite que yo las coma, eso sí, en raciones infantiles y acompañadas por gigantescas ensaladas de vegetales de la más diversa índole, a las que apenas añade como aderezo un toque de aceite de oliva y unas gotas de vinagre balsámico. ¡Jamás había visto mujer alguna comer tantas ramas! Es una hembra esencialmente fitófaga o herbívora, por no calificarla de ramera, que es un vocablo indecente. Su ramofagia sólo la altera la ocasional ingestión de bocadillos de pollo o de salmón. El arroz, las pastas, el ñame, las arepas, las papas… ¡ay!, están prácticamente ausentes de mi mesa desde que me sometió a su dominio.

¡Ensaladas! Yo no comía semejante cosa desde los ocho años.

No terminan con la dieta mis agobios. Mi mujer me ha hecho violentar mis sagrados votos de hernialista, imponiéndome el ejercicio. Así pues, muy contra mi voluntad, para evitar despertar su ira, superé la condición de sedentario clásico, para quien la más notable movilización consistía en un letal triángulo cuyos ángulos son la computadora, el sillón frente al televisor y la cama. Me hace caminar como un perdido en un laberinto, con el consecuente dolor de los músculos acostumbrados a la inercia, sólo aliviado mediante los masajes. ¡Gracias a Dios!, el administrar buenos masajes es una de las facetas de su espíritu de geisha.

Encuentro necesaria una pequeña digresión destinada a explicar el origen y contenido de la doctrina mencionada. El curioso nombre de hernialismo responde al incidente que dio origen a esa doctrina en Barquisimeto a mediados del siglo pasado. Dos vagos reposaban un almuerzo opíparo regado con cerveza, tendidos en sendas hamacas. A propósito de mitigar el pesado calor meridiano característico de la Ciudad de los crepúsculos, abrieron de par en par una ventana que daba a la calle y daba paso a la brisa fresca venida del río Turbio. Un ignorado sujeto, de tránsito por ahí, seguramente dirigiéndose a realizar algún trabajo obreril bajo ese sol rajatablas, los vio desde la calle. No fue capaz de reprimir su odio clasista y les gritó “¡Coños ´e madre, les va a salir una hernia!”. Y se fue corriendo. Los injustamente insultados salieron de su modorra e intercambiaron una mirada. Uno de ellos dijo: “¿Qué te parece? ¡Nos va a salir una hernia!” Y el otro respondió acomodándose en su chinchorro:

─ Bueno, seremos hernialistas“.

Con esa frase inmortal comenzó a tramarse un pensamiento entre filosófico y religioso inspirado por la ataraxia de los epicúreos, estoicos y escépticos griegos de la remota antigüedad. Es la disposición del ánimo gracias a la cual una persona, mediante la disminución de la intensidad de sus pasiones y deseos, y la fortaleza frente a la adversidad, alcanza el equilibrio y finalmente la felicidad, que es el objetivo de estas tres corrientes filosóficas. La ataraxia es, por tanto, tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad en relación con el alma, la razón y los sentimientos. Lo mismo el hernialismo, con el añadido del dolce far niente, o sea, el ocio creativo.

Pero eso no es todo; la mujer también insiste ladillosamente en que me bañe diariamente, amenazándome con negarme sus favores en caso contrario. En su frenesí higiénico, no toma en cuenta que el exceso de agua se lleva consigo las grasas naturales que protegen la piel, y al entrar por los agujeros naturales del cuerpo diluye los humores que corren por el organismo, propiciando enfermedades, la locura y la muerte. De modo que el baño, antes practicado por mí una vez al mes, más o menos, vino a ser diario por el mandato de esta mujer. Claro, gracias a mi sagacidad, yo me mojo el pelo para hacerle creer que me bañé; pero la muy cuaima sospechó y tomó la costumbre de olfatearme los sobacos. Por suerte, no despido ningún olor fétido por esa parte. Menos mal que no se le ocurrió olerme el trasero, porque en solidaridad con mis compatriotas no me lo limpio desde que los que manejan el guiso agarraron al pajarito más duro y lo zamparon a cocinarse en el comistrajo, en medio de la olla. 
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Forma sobre Fondo

Por Juan Nuño
La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos,
Caracas, Monte Ávila, 1990

Aseguraba Proust que se podía enamorar de alguien por la forma como tomara la taza del té. Los incapaces de percibir matices dirán que son cosas de afeminados: los hombre de verdad se enamoran de algo concreto: unas caderas o una dote. Seres sustantivos frente a seres modales. Vieja oposición entre el qué y el cómo. El griego tuvo razón al afirmar que el universo procede del agua; se limitó a decir el qué. Lo que vale es explicar cómo se forman las cosas a partir del agua. En principio, todos los humanos coinciden en creer que una sociedad justa es la que no contiene ni oprimidos ni opresores. Pero ¿cómo lograrlo? Hay amantes que se dan por satisfechos con querer y expresarlo ritualmente: la gracia está en la forma de hacerlo. Querer es muy fácil: basta con declararlo. Lo que cuenta, lo que queda, es el modo de querer. Lo sustantivo es siempre factual, inerte, muerto; lo modal pertenece al reino de lo imaginario, lo vivo, lo creado. Y desde Gracián, un credo: «nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado».Todo arte es modal: hasta la más rastrera fotografía es una forma de cambiar lo dado.

¿Qué importa que la famosa y reclinada odalisca tenga una vértebra de más o que la celebérrima sonrisa sea enigmática, dispépsica, o inexistente? No se mira el qué,se atiende al cómo. Quizá por eso aún la medicina sigue siendo, en el fondo, más arte que ciencia: no es tan sólo que haya enfermos en lugar de enfermedades, sino que por sobre todo hay médicos en vez de tratamientos. Todo depende del modo, que si estuviera reducido al qué sobrarían los galenos: bastarían máquinas y manuales. Hay una vecindad nada extraña entre médicos y cocineros: cualquiera puede quemar un trozo de carne; cualquiera puede hacer que cura. El arte está en cómo hacerlo: el buen médico es el mejor chef del cuerpo humano: un artista al servicio de la salud, como el otro le está al de la gourmandise.

Por lo mismo, la filosofía es la antítesis del arte: disciplina eminentemente sustantiva. Tanto, que le dio por buscar la esencia de las cosas y, en definitiva, el ser de todo. A Sócrates le irritaba que le hablaran de la virtud del militar o la del zapatero o incluso, en abstracto, la del hombre: lo que andaba buscando era la esencia de la virtud. Siempre la manía reductora del qué, la pérdida de cualidades, los modos, las maneras, la forma de presentarse, no simplemente ser. Contra el refrán, el hábito hace al monje. Y en ocasiones, lo deshace. Se han necesitado muchos siglos para que a ciertos filósofos, obsesionados con el lenguaje, les interese el modo, lo que llaman, con ta habitual pedantería del oficio, «fuerza ilocucionaria» de toda expresión. Pruébese a decir «usted cree» en distintos tonos: afirmativo, interrogativo, dubitativo, para ver cómo se obtienen diferentes resultados: siempre el modo otorga significado al verbo. Por eso triunfan los retóricos, los políticos, especialmente hábiles en el estilo o forma de decir las cosas. Por eso las mujeres ceden ante Don Juan, más por su labia que por su figura. Por eso ningún niño cree a sus padres cuando prometen algo para un mañana inexistente, modo de salir del paso. Por eso Lenin se equivocó de medio a medio: en lugar de «¿qué hacer?» tenía que haberse planteado «cómo hacerlo». Por eso, por ahora, el capitalismo gana la partida: engaña mejor, envuelve sus productos en un empaque atractivo, seductor, modal. Forma sobre fondo.