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miércoles, 12 de agosto de 2020

La Plaza Francia o Plaza Altamira



La Plaza Francia o Plaza Altamira está ubicada en la urbanización Altamira al este de la ciudad de Caracas. Fue construida a principio de la década de 1940 e inaugurada el 11 de agosto de 1945 con el nombre de Plaza Altamira.

Posteriormente, en 1967 se oficializa el cambio de nombre de Plaza Altamira por Plaza Francia, luego de un convenio entre las ciudades de Caracas y París para tener una Plaza Francia en Caracas y una Plaza Venezuela en París.


Fue diseñada por el urbanista Luis Roche, quien era el dueño de esta zona caraqueña. Roche tenia el deseo de que la obra contara con un elemento emblemático y así fue como ordenó la construcción del Obelisco de la plaza con la intención de que fuera “mas alto que la Catedral de Caracas”, de esta manera el esbelto Obelisco se convirtió en el primer proyecto de esa naturaleza diseñado para el área metropolitana.

Destaca en la Plaza, el Obelisco de Altamira, símbolo del Municipio Chacao, el Espejo de Agua y una fuente que cae hacia el fondo de la Plaza que se ha convertido en una pequeña área comercial y donde se encuentra la Principal Salida del Metro de Caracas en la Estación Altamira.


Fuente: .https://www.instagram.com/p/CDwbcPWHwZz/?igshid=ttn1u5iq1v27

jueves, 5 de septiembre de 2019

Verónica a las tres

Una tarde, en una terraza del San Ignacio, fui a tomarme unos tragos con Verónica. Ella me recibió con la primera frase de Aurelia: “el sueño es una segunda vida”, luego se abstrajo, qué predecibles pueden llegar a ser las mujeres. Verónica siempre lo hace cuando la sobrepasan los vapores de la intensidad. ¿A cuál sueño te refieres? Riposté. ¿”Al tenebroso subterráneo” o a esa expectativa imposible, lamemorabilia, los paisajes que deseamos habitar cuando estamos plantados en la realidad? No sé. No sé, sonrió e iluminó su mirada. Tómate un trago conmigo y cuéntame ¿Me ayudarías a hacer realidad una fantasía? Pasó la mano por debajo de la mesa y me acarició el muslo, quedé en silencio, disfrutando su mano y una cálida erección que hablaba por mí. Sí, dile que sí, vamos a ver en qué lío me mete, gritaba. Terminé el trago, me paré, solté un billete sobre la mesa, siempre en silencio, sin mirar a Verónica, le di la espalda y me perdí por las galerías del centro comercial.

Anduve caminando un rato, crucé una calle, después otra, pasé frente a un hotelito viejo, e imaginé que allí estarían muriendo, en ese preciso momento, todas las fantasías de los amantes. Bajé al metro y me dejé llevar a los vagones del tren por la gente, el azar es perfecto, terminé muy cerca de mi casa, mediaba la tarde y los almendrones parecían chamuscarse bajo el sol deleznable y sucio del invierno tropical. Comencé a pensar que mi vida se estaba convirtiendo en una cadena incontestable de aburrimientos, había llegado al punto en que no quería arriesgar nada, porque nadie realiza su fantasía, ni siquiera pagando por ella, si no, pregúntenle al diablo, las fantasías se desdibujan y reaparece la realidad.

Me senté en un banco de la plaza, vi mi entrepierna, sentí compasión y le hablé. Siempre será mejor quedarnos con la duda, nunca sabremos en qué hueco nos habríamos metido. ¿Ves? Luego de la erección llega la calma.

Israel Centeno
Foto: Sofía Jaimes Barreto


viernes, 30 de agosto de 2019

Historias subterráneas

Reviso mi monedero. Tengo un bolsillo lleno de tickets de Metro de los de color amarillo de hace tiempo, cuando todavía se vendían. Compraba muchos para no estar haciendo cola tan seguido. Los guardé allí cuando dejaron de cobrar la entrada. No se pagó durante mucho tiempo. Los volví a buscar ahora, que a veces cobran. Es aleatorio. La diferencia es que los de antes tienen la banda magnética, están bien cortados y son de un material de mejor calidad. Los de ahora parecen de mentira o de juego. Son de cartón chimbo y rectángulos irregulares.

Le entrego un ticket al miliciano —un anciano integrante del cuerpo de milicias civiles de apoyo a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana—. A los milicianos les asignan ciertos trabajos especiales. En este caso su única labor es recibir y romper tickets de Metro todo el día. Lo ve, le da vuelta y me detiene:

—Este no sirve.

—¿Por qué?

—No es de los que estamos vendiendo.

—Pero yo lo había comprado hace tiempo e igual lo van a romper.

El miliciano lo piensa y me deja pasar.

—Pero será mejor que vaya comprando tickets nuevos porque esos que tiene ya no sirven.

Rompe el ticket y lo tira en la papelera que tiene detrás del torniquete. •

Fuente:  Historias que laten