Un país a los coñazos
J. L. Maldonado
-extracto-
En un país en donde los diputados —me disculpan que insista con el término— se caen a coñazos (es que suena sabroso y duele cuando es contigo); se insultan a diestra y siniestra sin importar que te vean por televisión a nivel nacional, qué puede pedírsele al ciudadano común que ve en sus “elegidos” por voto popular semejante ejemplo. Es como el padre que le dice al niño que no pelee en el colegio, pero le cae a palos al pobre carajito por un quítame esas pajas. A esto debo sumarle que ahora estallan algunas refinerías en el oriente y el occidente del país, lo cual no es poca cosa; se inundan las avenidas porque revientan las tuberías de agua o porque la lluvia inclemente hace lo suyo (en esta ciudad mea un zancudo y todo colapsa), entre otros avatares que ya conocemos de sobra y que vienen a redondear la suma de nuestros problemas.
Inquieta que después de tanto petróleo —una suerte de maldición—, el país se caiga a pedazos (que rima además con el término en cuestión). Duele, este caos duele. No hay partidismo que justifique esta debacle. No hay que ser de un bando o del otro para darse cuenta que el camino transitado hasta ahora estaba errado. “Hoy da” indignación vernos en una titánica lucha de unos contra otros; “Hoy da” rabia ver que la corrupción cabalga a rienda suelta y en la asamblea se pelotean el sustantivo como papa caliente; “Hoy da” pánico ver como el periodismo es arrinconado por un contrincante que es tan venezolano como uno. El país está tan golpeado como las dos mujeres del metro y se parece mucho a aquel mítico combate narrado por Miguel Thoddé entre el venezolano Betulio González y el mexicano Miguel Canto (ojo, cultura popular, yo no había nacido): “—¡Pega Betulio! ¡Vuelve a pegar Betulio! ¡Sigue pegando Betulio! ¡De nuevo pega Betulio! (...) Señores, se cayó Betulio”.
No vivimos mucho tiempo, y cuando empezamos a saber algo, o a conocer el modo de descubrirlo, ya nos movemos a toda velocidad, como si esquiáramos, por una pronunciada pendiente nevada, adelantando a unos en el descenso, y cruzándonos con otros que ascienden, y realmente hay poco tiempo para conocerse y charlar. Lo más que podemos hacer es gritar alguna cosa al pasar...
sábado, 7 de septiembre de 2019
Un país a los coñazos
viernes, 30 de agosto de 2019
Historias subterráneas
Reviso mi monedero. Tengo un bolsillo lleno de tickets de Metro de los de color amarillo de hace tiempo, cuando todavía se vendían. Compraba muchos para no estar haciendo cola tan seguido. Los guardé allí cuando dejaron de cobrar la entrada. No se pagó durante mucho tiempo. Los volví a buscar ahora, que a veces cobran. Es aleatorio. La diferencia es que los de antes tienen la banda magnética, están bien cortados y son de un material de mejor calidad. Los de ahora parecen de mentira o de juego. Son de cartón chimbo y rectángulos irregulares.
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Le entrego un ticket al miliciano —un anciano integrante del cuerpo de milicias civiles de apoyo a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana—. A los milicianos les asignan ciertos trabajos especiales. En este caso su única labor es recibir y romper tickets de Metro todo el día. Lo ve, le da vuelta y me detiene:
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—Este no sirve.
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—¿Por qué?
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—No es de los que estamos vendiendo.
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—Pero yo lo había comprado hace tiempo e igual lo van a romper.
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El miliciano lo piensa y me deja pasar.
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—Pero será mejor que vaya comprando tickets nuevos porque esos que tiene ya no sirven.
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Rompe el ticket y lo tira en la papelera que tiene detrás del torniquete. •
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Fuente: Historias que laten