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jueves, 6 de agosto de 2020

El paraíso tras el último peldaño

¿Qué decir del clima de Seván? Coñac como divisa de oro guardada en el cajón secreto del sol de montaña 

ÓSIP MANDELSTAM 



Armenia esconde sus maravillas en las alturas. A menudo, tras una escalera. Aquí la belleza es recompensa y, en invierno, blanca y resbaladiza. El camino desde Ereván hacia el lago Sevan, salpicado de jachkras y monasterios resume el sur armenio y explica que Mandelstam recuperase la inspiración tras cuatro años de sequía poética.
Llegamos a la estación de Abovyan en busca de un autobús con destino a Martuni, un lugar próximo al lago Sevan. El conductor abandona el corrillo de fumadores que se ha formado en el centro de la estación, abre la puerta corredera de su marshrutka y no sabemos reaccionar. Los cristales negros del autobús-furgoneta nos habían impedido ver cabeza alguna, pero en esa marshrutka no cabe ni un brazo más; sin embargo, bajo su punto de vista, todavía hay sitio para nueve personas. Mujeres, hombres y niños nos miran fijamente desde dentro y nosotros los miramos a ellos. Nuestro aspecto españolas, italianas, francesas, checa y eslovaco pasa inadvertido cuando vamos solos por la calle, pero es fácil imaginar que un nutrido grupo de chavales con mochila en el Cáucaso en invierno levanta la misma expectación que cualquier turista al uso. Que todos vivamos en Ereván y hayamos improvisado esta salida después de conocernos hace apenas unas horas es algo que ellos ignoran: nuestro aspecto es el de forasteros a los que hay que mirar con la extrañeza del poeta que va a las estaciones a imaginar la vida de los que van y vienen, un asombro universal que en cualquier mirada del mundo refleja la misma pregunta: ¿Qué habrán venido a hacer aquí? Y para eso no hace falta ser Yesenin, que usaba las estaciones de tren como escenario para sus recitales, sino haber nacido en el lugar al que el otro llega.
En un país que logra escapar a la esclavitud de los relojes, saber cuándo va a llegar el próximo autobús roza lo utópico. Incluso en la capital, el proceso por el cual se toma un autobús es simple y no responde a ataduras temporales de ningún tipo: llegar a la parada y esperar. La suerte ocurre o no ocurre y, esta vez, no hay otra marshrutka prevista durante las próximas horas que nos lleve a nuestro destino. O perdemos la oportunidad después de llegar hasta aquí o aguantamos el trayecto de setenta kilómetros de pie, doblados, ocupando un espacio que todavía no existe y que tendremos que ganar a base de golpes sutiles. ¿Nos engaña nuestra percepción del espacio? ¿Nos hace creer nuestra cultura que ocupamos más de lo que necesitamos? Ese es nuestro silencioso dilema hasta que irrumpe un hombre con una furgoneta vacía, un destino abierto y una dentadura incompleta, coronada por un bigote inquieto que no para de moverse y que nos saca de nuestro letargo.
Patverov habla ruso y me mira fijamente a los ojos como si de mí dependiese cerrar un trato que no entiendo. El hombre nos ofrece ir hasta el lago, pasar el día con nosotros, parar donde queramos y dejarnos en Ereván. ¡Música! es la única parte del trato que entendemos algunas. Lo dice elevando la voz, enfatiza su exclusividad y por veinte mil drams (unos treinta y siete euros) aceptamos su oferta mientras Patverov sigue gritando: ¡Música, música, música!
Paramos para repostar en una estación de servicio. Patverov nos pide que bajemos de la marshrutkaAhora es cuando se va con nuestro dinero y nos deja aquí, bromeamos. Suponemos que no es la forma armenia de proceder ni se arriesgaría a perder clientes en pleno invierno. Para un hombre armenio, solo su identidad está por encima de su palabra, y aquella depende en gran medida de esta. Patverov ya ha cerrado un trato. Aunque no deja de ser curioso que él pueda fumar junto al surtidor y tirar las colillas sin miramiento mientras nosotros tenemos que permanecer alejados. ¿Qué hace fumando con una mano mientras sujeta la manguera con la otra? El extranjero ávido de respuestas tendrá que aprender a contenerse en Armenia y dejar de hacerse preguntas. No intentes comprender, esto es el Cáucaso, suelen decir los oriundos. Aquí las cosas son sencillas: son, están, ocurren. Tratar de ir más allá es hablar a una pared soviética.
Aparan es el pueblo cuyos habitantes protagonizan la mayor parte de los chistes armenios. Algo así como Lepe en España. Sus habitantes son al resto de los armenios lo que los gallegos a los argentinos. Los chistes son los mismos, pero cambian los gentilicios, como si algo tan universal como burlarse del otro fuese un fenómeno local y propio. Una de las historias que circulan de boca en boca y de mesa en mesa, sugiere que Patverov no es de Aparan: A uno de Aparan le preguntan: ¿Fumas delante de tu padre? Y él dice: ¿Por qué no voy a fumar, si papá no es un bote de gas?
Tras un lento repostar, Patverov arranca su marshrutka, se acerca fingiendo intenciones de atropello y partimos hacia el Parque Nacional de Sevan, disfrutando de la música prometida.
En Gavar —o Kyavar, como pronuncian los locales—, Patverov dice que estamos en el pueblo más antiguo de Armenia. Si la primera mención del país data de hace más de cuatro mil años, estamos en un pueblo realmente viejo.
En el mercado, unos alegres carniceros exponen carne fresca al aire libre y las fruteras colocan ritualmente la fruta en torno a los hombres del pueblo, que pasan la mañana entretenidos echando partidas de nardi. Los juegos de mesa en Armenia son tan importantes que el ajedrez es asignatura obligatoria en los colegios. El armenio desarrolla y demuestra su inteligencia deslizando piezas sobre un tablero. Tal es su dedicación que los mejores ajedrecistas del mundo han crecido en el seno de una familia armenia, desde Petrosian hasta Kaspárov, quien comparó la popularidad del ajedrez en Armenia con la del fútbol en Latinoamérica.
Pasamos a un café y una mujer nos envía a una habitación apartada, quizá por albergar la mesa más grande. La mujer llega con más tazas de café de las que hemos pedido y una bandeja empapada. Deja las tazas chorreantes sobre la mesa mientras comemos algo de fruta. Pagamos trescientos drams por cada café armenio —un café realmente oriental que cada país del Este reivindica como propio— y nos marchamos.
El suelo está cubierto por una capa de hielo asesina. Pasamos con miedo y sigilo para despistar las miradas de los vendedores ante la eventual caída que todos parecemos temer. Una señora extiende una manzana buscando la atención de Michal. Sin tener muy claro si es un detalle desinteresado o una estrategia amable para ganar clientes, nuestro hombre pregunta si es un regalo para él y la señora asiente con una sonrisa mientras los otros vendedores observan la escena y murmuran un largo ¡Ooooh!, al unísono, que en todos los idiomas significa lo mismo.
Cerca del mercado, se eleva la iglesia de la Santa Madre de Dios, junto a la que nos espera un impaciente Patverov, un armenio afectado por la curiosa enfermedad de la prisa.

*     *     *


Los primeros jachkars salpican un infinito manto de nieve que se funde con el cielo nublado. Es el cementerio de Noratus. En su parte más antigua, alberga una agrupación de casi ochocientas de estas típicas cruces armenias talladas en piedra, lo que lo convierte en el mayor conjunto de jachkars del mundo después de que Azerbaiyán destruyese el de Jugha, entre 1998 y 2005. Tan inmenso es este cementerio que, cuentan, el príncipe armenio Gegham ordenó a su guarnición colocar sus cascos y espadas sobre cada cruz para simular, en la lejanía, un imponente ejército que amedrentase al enemigo. Y así fue como un ejército de tumbas disfrazadas de soldados habría hecho huir a los turcos otomanos. Una estrategia similar a la de los caballeros de Valencia que, colocando sobre Babieca el cadáver de su señor, extendieron la leyenda de que el Cid había ganado batallas después de muerto. Ambos ganaron, como mínimo, un poco de esperanza.
En el cementerio de Noratus el tiempo pasa por la muerte. Las antiguas cruces, talladas desde el siglo IX, dan paso a tumbas más recientes y sofisticadas: enormes sepulcros que son salas de estar al aire libre con mesas y asientos de piedra. El valor del cementerio reside en la visible evolución del arte del jachkar pero, sobre todo, en la forma en la que los diseños en torno a las cruces describen la cultura y la historia del país. 
Decía Kapuściński que estas cruces han sido el símbolo de la existencia del pueblo armenio, que marcaban las fronteras y, a veces, indicaban el camino. La victoria, el agradecimiento, la delimitación del territorio y hasta la muerte han sido plasmados en estas cruces desde que Armenia se convirtió en el primer país cristiano de la historia. 
Además de dibujos del difunto ejerciendo su profesión, algunos jachkars incluyen el símbolo de la eternidad, una espiral dentro de un círculo que hace referencia al sol y que sustituyó a la hoz y el martillo del escudo nacional después de que Armenia se independizase de la Unión Soviética, en 1991. Los monumentos fúnebres más elaborados incluyen, además, el tonir —una oquedad en el suelo donde que se cuece el pan—, algún joravats —típicas brochetas de carne y verdura a la barbacoa— y el saz —instrumento de cuerda tradicional—. En alguna lápida incluso quedan restos de vidrio, ya que, según una antigua tradición, romper un cristal simbolizaba la pérdida del miedo. Los pedazos de cristal se depositaban en la parte inferior de la tumba y, después, se vertía agua sobre la parte superior. Tal es la variedad de elementos que guarda este cementerio que en la pared de una de las capillas se inscribió una desgravación fiscal de siete líneas que especifica, con todo detalle, las condiciones del acuerdo por el que el shana —recaudador de impuestos— y el demetar —jefe de la aldea— quedaban exentos del pago de algunas tasas.
En el monasterio de Sevan, una pareja acaba de darse el sí, quiero. Ascendemos por unas escaleras eternas y congeladas que las invitadas han subido con tacones de veinte centímetros. De entre los coches adornados con lazos blancos sale un lustroso perro negro. O la amabilidad armenia es extensible al mundo canino o Armen, como decidimos llamar a nuestro nuevo guía, huele la comida que guardamos en las mochilas y nos acompaña durante todo el trayecto.
Cuando llegamos a una de las capillas del monasterio, aparece un joven de ojos escondidos y risueños con una garrafa de agua de cinco litros rellena de brandy y una tableta de chocolate. Extiende unos vasos de plástico sobre la mesa —clara muestra de la hospitalidad armenia es que siempre aparece una mesa en algún rincón y alguien dispuesto a llenarla— y nos ofrece el aperitivo con una sonrisa. Es su forma de presentarse. Dice que se está preparando para acceder al ejército, pero está en un monasterio perdido en la montaña esperando conversación y alguien a quien invitar a un trago de brandy.
Se ha dicho que el brandy armenio jugó un papel relevante en Yalta, cuando Churchill, Stalin y Roosvelt se repartían el mundo. Antes de la histórica foto en la que aparecen los tres mandatarios sentados, Stalin había regalado a Churchill una botella de Dvin. Tras degustarlo, Churchill estaba convencido de haber probado el mejor brandy del mundo y no solo lo dijo aquel día, sino que atribuía su longevidad a fumar puros, almorzar con puntualidad y beber una botella de brandy armenio al día. Cuentan los armenios que Churchill detectó que un día, el coñac al que se había acostumbrado tenía un sabor distinto. Llamó a Stalin, quien había exiliado a Siberia al artífice de un nuevo sistema de producción de brandy en la Unión Soviética. Stalin, tras atender las quejas de Churchill, liberó a aquel hombre, que recuperó su puesto.

*     *     *

Con el chico, aparece un hombre que hace las veces de guía turístico de manera improvisada y gratuita. Nos cuenta que bajo el monasterio discurre un pasadizo que permitía a los armenios refugiarse y huir de las invasiones mongolas. La historia de su país está plagada de invasiones, de vecinos hostiles, unas veces por motivos religiosos y otras, simplemente, porque Armenia es al Cáucaso lo que el niño vulnerable de la clase es a sus compañeros.
Todo ello transcurre bajo la atenta mirada de una señora que parece proteger el monasterio y que cambia de puerta a medida que nos desplazamos. Con media cara oculta bajo un pañuelo rojo intenso que le rodea la cabeza, nos cuenta que es viuda y que sus hijos buscan una vida mejor en Suiza. Probablemente guardar las puertas de esa capilla y esperar a los curiosos que se acercan al monasterio es lo más estimulante que puede hacer durante el día. 
El lago Sevan se derrama sobre un paisaje en el que montañas nevadas se mimetizan con las nubes simulando el infinito. Antes llamado Mar de Gegham, es el único de los tres grandes lagos de la Armenia histórica que permanece en territorio armenio. El nombre del lago es la herencia de Van, que ahora es el lago más grande de Turquía. Por su oscuridad, cuentan los armenios que un grupo de personas llegado de las proximidades de Van llamó al lago Negro Van.
Una de las leyendas más conocidas en Armenia trascurre en Van. En la isla Aghtamar vivía una princesa llamada Tamar, una mujer que se dedicaba a esperar al plebeyo del que se había enamorado. Cada noche, él tenía que llegar hasta ella a nado, guiado por la luz con la que la princesa iluminaba el agua. El padre de Tamar, enterado de aquellas visitas, dejó al muchacho sin luz en mitad del lago. Su cuerpo quedó varado en la orilla y la forma de su boca insinuaba que las palabras Akh Tamar se habían congelado en sus labios. El grito, dicen, aún se escucha por las noches.
El lago quedó al otro lado de la frontera, pero la leyenda se mudó a Sevan. Cerca del lago se colocó una estatua de Tamar que, brazos en alto, sujeta la antorcha con la que iluminaba el camino a su amado.
Cuando llegamos al punto más elevado del monasterio de Seván, el cielo se despeja y nos ofrece uno de los lagos más altos del mundo en todo su esplendor. Aunque la mano del hombre ha sido devastadora a lo largo de los años, a medida que el agua descendía iban apareciendo algunas reliquias de la antigüedad, como los jachkars más arcaicos que un día cubrió el agua donde Mandelstam se reencontró con sus musas. Nunca volvió a dejar de escribir. 

"HERIDAS DEL VIENTO"
CRÓNICAS ARMENIAS CON MANCHAS DE JUGO DE GRANADA
Virginia Mendoza.-


sábado, 27 de junio de 2020

Caracas, 1936

Caracas, 1936. Cuadra entre las esquinas de Gradillas y La Torre. El tranvía hace su correspondiente parada y los caraqueños disponen de un servicio de transporte eficiente y ecológico.

Desde épocas de la colonia, el transporte público en Caracas fue a tracción animal.
Era curioso lo educado que estaban los animales. Cuando un pasajero sonaba la campanita antes de llegar a la parada, estos se detenían sin tener que decírselo, y si nadie sonaba la campanita, estos seguían su marcha.
En las esquinas muy empinadas, como existen varias en La Pastora, se veía una mula sola esperando apartada y al llegar el tranvía esta se ponía ella sola delante y el cochero la enganchaba y así subía la calle empinada arrastrada por tres mulas (en lugar de las usuales dos), luego al llegar a la esquina final, la desenganchaban y ella volvía sola al punto de partida a esperar el otro tranvía.
Cuando llegaron los tranvías eléctricos, la capital estaba muy orgullosa, sus empresas los mantenían en perfecto estado y limpios, sus choferes y colectores siempre estaban uniformados y de punta en blanco.
Los recorridos entre los diferentes lugares tenían precios variables, una vuelta al Paraíso costaba 10 céntimos, a Sabana Grande o Chacao valía 50 céntimos, a los Dos Caminos y a Los Chorros un bolívar, y hasta Petare había que pagar Bs. 1,50.
Cuentan que era sabroso tomar el tranvía a las 9 de la noche cuando se regresaba del trabajo. El tranvía recorría la calle real de la Candelaria y se veían las ventanas de las casas abiertas e iluminadas con sus familias cenando o conversando.
Los tranvías eléctricos circularon por Caracas hasta 1947. Después fueron depositados en el terreno de la esquina de Cervecería; allí permanecieron hasta 1951 cuando fueron deaguazados y vendidos como chatarra.

Fuente: https://www.instagram.com/p/CB9DfPLHHZ5/?igshid=9nipe7utr4r5


sábado, 7 de septiembre de 2019

Un país a los coñazos

Un país a los coñazos
J. L. Maldonado
-extracto-

En un país en donde los diputados —me disculpan que insista con el término— se caen a coñazos (es que suena sabroso y duele cuando es contigo); se insultan a diestra y siniestra sin importar que te vean por televisión a nivel nacional, qué puede pedírsele al ciudadano común que ve en sus “elegidos” por voto popular semejante ejemplo.  Es como el padre que le dice al niño que no pelee en el colegio, pero le cae a palos al pobre carajito por un quítame esas pajas. A esto debo sumarle que ahora estallan algunas refinerías en el oriente y el occidente del país, lo cual no es poca cosa; se inundan las avenidas porque revientan las tuberías de agua o porque la lluvia inclemente hace lo suyo (en esta ciudad mea un zancudo y todo colapsa), entre otros avatares que ya conocemos de sobra y que vienen a redondear la suma de nuestros problemas.

Inquieta que después de tanto petróleo —una suerte de maldición—, el país se caiga a pedazos (que rima además con el término en cuestión). Duele, este caos duele. No hay partidismo que justifique esta debacle. No hay que ser de un bando o del otro para darse cuenta que el camino transitado hasta ahora estaba errado. “Hoy da” indignación vernos en una titánica lucha de unos contra otros; “Hoy da” rabia ver que la corrupción cabalga a rienda suelta y en la asamblea se pelotean el sustantivo como papa caliente; “Hoy da” pánico ver como el periodismo es arrinconado por un contrincante que es tan venezolano como uno. El país está tan golpeado como las dos mujeres del metro y se parece mucho a aquel mítico combate narrado por Miguel Thoddé entre el venezolano Betulio González y el mexicano Miguel Canto  (ojo, cultura popular, yo no había nacido): “—¡Pega Betulio! ¡Vuelve a pegar Betulio! ¡Sigue pegando Betulio! ¡De nuevo pega Betulio! (...) Señores, se cayó Betulio”.


martes, 20 de agosto de 2019

10 maneras de pedir "la parada" en Caracas




por: J. L. Maldonado, palabrasyescombros.blogspot.in

Viajando en buseta, bus, por puesto, camionetica, guagua y demás calificativos que pueda tener la unidad de transporte terrestre, expongo las diversas maneras en que los usuarios le indican al conductor que han llegado a su destino:

1. Déjeme ahí mismito: esto quiere decir que, más allá de la parada reglamentaria, el usuario le dice al conductor déjame donde te dé la gana pero no muy lejos. El diminutivo es este caso aplica como una especie de buen trato y cordialidad. Incluso algunos conductores optaron por imprimir el costo del pasaje mínimo junto a la referida frase “de ahí mismito”.

2. Déjame en la esquina: algunos osados después de hacer su solicitud le añaden “por favor”, en un acto casi de reflexión en donde se reconoce que no es lugar para pararse, pero qué más da, Venezuela es Venezuela, en la esquina estoy más cerca de mi destino que si me dejan en la parada –dirán.

3. Por donde pueda: aquí siempre me pregunto, por donde pueda qué cosa. Por donde pueda, escupe por la ventana?; por donde pueda se rasca la nariz o nos aturde más con la música? (con respecto a la música parece que todos están sindicalizados con el reguetón o el vallenato). Como el “por donde pueda” le resulta más cómodo al conductor, éste determina dejar al pasajero donde se le dé la real gana, motivo por el cual el impaciente usuario termina diciendo “llévame pa’ tu casa” y la transacción del costo por el pasaje termina a regañadientes.

4. Déjeme aquí: a diferencia del punto tres, este resulta todo lo contrario. Este destaca por su carácter impositivo. Es aquí y ahora, en donde se esté, en mitad de la avenida, delante de los fiscales –que nunca hacen nada o cuando mucho lo que hacen es entorpecer mucho más el tráfico. Algunos conductores se arriesgan a omitir la petición, dicho en criollo, a hacerse los locos y a dejarlos en un lugar cerca de la parada (nunca en ella, claro).

5. Me deja en la puerta de…: esta solicitud puede variar de acuerdo al lugar y al usuario. Por lo general suele ser utilizada por personas de la tercera edad o jóvenes flojos que les da ladilla hasta caminar, razón por la cual piden que lo dejen en la puerta del edificio tal, o un poco más allá del árbol X.

6. Me deja en el rayado: quién carajo le dijo a la gente que esas rayas blancas sobre las avenidas son para descargar pasajeros. No señor, esas tiras blancuzcas, por lo general bastante gruesas, forman parte del adorno citadino, del complejo arte urbano que tiñe el asfalto. En otros países suelen ser utilizados para que los peatones crucen las calles y avenidas.

7. Me deja al pasar o al cruzar: algunos usuarios con las condiciones físicas para hacerlo, se lanzan a su destino apenas sienten que la unidad de transporte baja la velocidad y han cruzado la calle.

8. En la próxima parada: otra solicitud abierta. ¿La parada que viene, en la esquina, en el edificio...? Dónde, se preguntará el conductor. Esa cosa con dos palos y un travesaño que por lo general soporta un par de campañas publicitarias en los laterales de cualquier producto y que en algunos casos posen un pequeño banco para que los usuarios tomen asiento cómodamente, conocidas como parada o terminales, aquí cumplen cuatro funciones menos para la cual fueron hechas: uno, dormitorio de indigentes (también de meadero); dos, lienzo futurista para los grafiteros que no pelan una para plasmar sus coloridas y gigantes firmas; tres, diana gigante en donde van a parar los conductores ebrios después de media noche y cuatro, paraguas colectivo.

9. Me deja por la parada: es decir, literalmente el conductor dejaría al usuario en ese lugar imaginario (porque en Caracas parece serlo) y lo sustituiría, lo canjearía, “por” la parada, adentrando ese mamotreto inútil dentro del trasporte llevándose por el medio a quien fuera.

10. Me deja “en” la parada: esta sería la frase más precisa con la cual los usuarios del transporte público anunciarían que han llegado al llegadero, pero –siempre hay un pero– la “parada”, esa especie de entelequia citadina en donde los usuarios de a pie deberían tomar o bajarse del autobús, está en el imaginario de cada conductor. Es por ello que deberíamos decirles a los “profesionales del volante” (las comillas van un breve halo de sarcasmo) déjeme en “su” parada.

Están son las diez maneras básicas de cómo los venezolanos (al menos los caraqueños) solicitamos que nos dejen “en” la parada. Un punto no tan simpático que no quiero pasar por alto y que es común a las diez enumeraciones anteriores, es que cuando algún usuario se baja en su destino y el transporte apenas lleva veinte metros andando, siempre –o casi siempre- salta alguien diciendo “ay señor, déjeme por aquí”.

Si usted tiene otra manera de pedir "la parada", pues dígalo por aquí.

Foto: Sofía Jaimes Barreto 


lunes, 19 de agosto de 2019

Petare

Petare, en Caracas, es el barrio más grande y peligroso de América Latina.⁣⁣
⁣⁣
Sus 500.000 habitantes viven en una estructura de casas precarias acumuladas una encima de la otra en una superficie de solo 40 km2. Tiene, además, la triste condecoración de ser el barrio más peligroso de la ciudad más peligrosa del planeta.⁣⁣

Las terribles condiciones higiénicas, la ausencia de los servicios básicos y la incompetencia del transporte público hacen que la vida en este lugar sea extraordinariamente ardua.⁣⁣
⁣⁣
La falta de una estructura laboral efectiva, los terribles sueldos y el abandono estatal han llevado al decaimiento del tejido social; el resultado es una de las tasas de delincuencia y homicidios más altas de todo el planeta.⁣⁣

El dinero fácil, la venta de drogas y las armas se asocian al estatus social y poder, centenares de jóvenes se ven seducidos por el camino de la criminalidad como último recurso para mantenerse a flote.⁣⁣

Fuente: Hechos Latinoamericanos  (Instagram)


miércoles, 27 de mayo de 2015

Venezolanos: la nueva “invasión” de Panamá

Por Tamoa Calzadilla

Ciudad de Panamá.- Atrás quedaron los días en los que llegaban clientes curiosos a  la barra “¿Y cómo es un cachito?” “¿Qué trae una empanada?”. Roberto Arias se fajaba. “Están rellenos, salados, pero dulces, en medialuna”… pruébalos. Ya no. Este miércoles de julio a las 9 de la mañana, se da el lujo de salir de su puesto en la caja registradora a atender la visita en una de las 10 mesas que dispuso en su panadería “Los venezolanos”, ubicada en Vía Argentina, Los Cangrejos, en Ciudad de Panamá, desde hace ocho años. Chama, pana, bróder, “epa qué majn”. “Dame dos de cazón, ahí”. El movimiento no cesa. El calor se afinca por encima de los 30 grados. A esa hora es preferible la parte de adentro, bajo el sosiego del aire acondicionado. Pabellón, carne mechada, jugos. Pero no solo por eso es un reducto de Venezuela en ese hogar prestado que es Panamá para muchos. Hay banderas tricolor, un cuatro y afiches de Norkys Batista, humoristas criollos, salseros que están de paso por la ciudad y son referencia obligada en esas cuatro paredes donde se está cerrando un negocio en la mesa uno. Uno de los hombres se levanta y se acerca a Roberto con un apretón “él también es de Caracas. Va y viene”.
II
Los venezolanos han llegado como una oleada avasallante a Ciudad de Panamá y en menos de cinco años modificaron hábitos de consumo e impactaron algunos rubros de la economía de manera invasiva. Les reprochan que ponen propina adicional en las mesas, cuando ya está incluido el 7% del servicio; también que aumentaran el pago del servicio doméstico. Una clase media profesional se abre espacios en puestos laborales importantes y un “nuevoriquismo” creciente compra excéntricos apartamentos y oficinas frente al mar. Llegaron a hacer negocios y surfean en la expansión financiera y comercial, en esa suerte de paraíso fiscal. La urbe es un contraste de un cuidado casco viejo, con adoquines y edificios bajos, y una fila de apiñados rascacielos, entre los que destacan el famoso edificio Trump y el atornillado BBA. Es una ciudad que fue cocinada a fuego alto, con centros comerciales y emporios que cinco años atrás eran un terraplén.
III
A pesar de su nombre, Mike Brokker es venezolano y lleva 18 años en el país de Rubén Blades y Mano e´ piedra Durán. “Yo he visto de todo, vi a los gringos irse y a los venezolanos llegar”. Dos movimientos migratorios importantes para los habitantes, que disfrutan y padecen la nueva “invasión”. Brokker tiene una posada, está contento, y ya no tan solo. Entre un café y otro, con amigos coterráneos que se comen un pabellón, se atreve a comentar que no todo es tan bueno: “los venezolanos trajeron la ‘coima’ en todas partes, que es como le dicen aquí a los sobornos, los ‘peajes’, la ´matraca.´ Existía la corrupción, pero aquí el venezolano acostumbró al policía de tránsito a meterle unos dólares en el pasaporte que le presentaba, para salirle al paso a una multa”.
IV
La puerta se abre de sopetón y una mujer rubia saluda afectuosamente a Roberto, cruzan unas palabras, le despacha unas arepas y él le desea suerte. Él, que se graduó en el caraqueño Instituto Europeo del Pan (Iepan) y que estudió el mercado panameño durante 3 años; él, que se lanzó a la aventura en 2008 con un par de socios y luego compró sus partes, terminó por cambiar algunas cosas de su idea inicial: no vende charcutería, “porque no hay manera de cambiar la cultura panameña de hacerlo en el supermercado” y ofrecer arepas. “La gente asocia a Venezuela con las arepas y a la tercera vez que me preguntaron empezamos a hacerlas y no hemos parado”.
Al principio 85% era público venezolano el que se asomaba al mostrador atraído por el olor de la nostalgia. El otro 15% eran panameños y extranjeros con paladar aventurero. “Hoy en día la relación es 65%-35%”.
Dos mesas más allá, la rubia cierra negocios por teléfono, también en “criollo”. Guarda prolíficas historias de coterráneos que compran hasta 3 apartamentos en efectivo. Han hecho mucho dinero en estos últimos 15 años.
En 2008 y 2009, adquirían viviendas con cupos Cadivi de viajero. “Se traían a toda la familia y raspaban ese tarjetero”, confiesa alguno que pasó solo a saludar por el local. Es de los que por ahora va y viene, mientras da el paso definitivo de emigración.
V
Las cifras calculan unos 150 mil paisanos en Panamá. Hay restaurantes en el casco viejo de comida típica panameña cuyos dueños ¿son?  Exacto: venezolanos. Hubo una “calle del hambre” que sorprendió las costumbres centroamericanas, pero actualmente se está reubicando. Está el cartelón amarillo con azul profundo de Daka, la empresa perseguida en plena jornada gubernamental de rebajas, a finales de 2013. “Aquí hay más de 200 bancos, yo hice estudio de mercado antes de venir, hay hasta uno chino, y por supuesto, venezolanos como Banesco”, suelta Roberto, mientras detrás de él, las empleadas atienden con destreza el “hueco” que deja en la barra por minutos. “Todos mis empleados son panameños, todas las cocineras hacen empanadas, cachitos y arepas, hay una que está conmigo desde el principio”.
VI
Debajo del mostrador hay periódicos y muchos volantes de todo tipo. Ahí se consiguen ofertas, opciones teatrales, alquileres… “¡Coño, hermano! ¿Cómo está la vaina? tengo algo para ti”. La panadería es también una suerte de oficina de empleos, “me acaban de decir de un trabajo para fotógrafo, de 1.500 dólares mensuales”, comenta el periodista venezolano José Antonio Gil, quien cubre internacionales en “La estrella de Panamá”. Claro, hay alquileres que te pueden costar eso y más en zonas céntricas. Para pagar la mitad, hay que buscar en las afueras.
Mónica Giugni, dueña del portal www.venezuelapana.com, se incorpora a una mesa. Vivía en La Trinidad y trabajaba en un negocio familiar cuando un panameño radicado en España la flechó por chat. Tuvieron un hijo y se fueron a Panamá a probar suerte, “me gustaba saber que era un país que estaba en crecimiento y que se ganaba en dólares”. Hoy en día vive sola con su hijo panameño y se convirtió en pieza fundamental en los eventos y conexiones de paisanos. “Me dio una depre, me hacía falta mi gente y decidí crear el portal, ahora conozco a todo el mundo, suelo ayudar gente”. Le suena el teléfono y se extravía un rato en términos legales y consejos. “Me llaman por la página para preguntarme sobre estatus legal, procesos de migración, consultas de visados y todo”.
VII
“Paz”, “tranquilidad”, “seguridad”, sueltan de buenas a primera los venezolanos desde este reducto del continente americano, como respuesta a lo que consiguieron al llegar. “La familia”, “El Ávila”, “los panas”, se les antoja cuando responden por lo que dejaron. “Estamos mejor”, esleit motiv en la conversación. Sin ambages, con gestos que buscan bien adentro de lo que sienten y piensan. Sin embargo, de los más de 10 consultados, solo una dice que no quiere volver. El resto, aunque no le pone fecha, lo apunta en las ganas. “Claro uno siempre quiere volver, ojalá algún día pueda volver y estar bien en mi país”, acuña Roberto, quien no ha dejado de saludar clientes y atender un par de urgencias.
Atrás dejó su apartamento en La Candelaria y aquella Venezuela tan convulsa de 2002, cuando pensó en emigrar por primera vez, un año después de pisar Panamá por pocos días. Dejó su empleo en institución oficial, donde empezaba una cacería de brujas contra quienes no pensaban en rojo.

VIII
El taxista que conduce al aeropuerto internacional Tocumén reconoce el acento. “Tengo varios clientes venezolanos, fijos. son bien ‘chéveres”, bromea. A través de los traslados y sus propias teorías, la “invasión” comenzó a sentirla 5 años atrás. “Mientras vengan a dar trabajo está bien. Aquí les llamamos ‘los vale’ porque usan esa expresión para todo. La expresión nuestra que más se les parece es ¡Vaya a la vida!”. Empieza a escucharse en las escuelas y calles “¡Vaya a la vida vale!”; y por supuesto, una mentada bien puesta y a elevado volumen.