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sábado, 9 de mayo de 2020

GENOCIDIO BELGA EN EL CONGO

(1890-1905). Mientras Leopoldo II dictaba “normas” arbitrarias que expropiaban propiedades y recursos a los pueblos congoleños, permitía que su brutal ejército privado (la Fuerza Pública), cometiera todo tipo de atrocidades incluido el sistemático uso de torturas, secuestros y asesinatos que tenían el fin de aterrorizar literalmente a la población, para someterla más fácilmente a las ambiciones del rey.

Las incalculables riquezas que alberga el territorio congolés han sido objeto permanentemente de la codicia de reyes, imperios coloniales, multinacionales, políticos y aventureros de las más diversas categorías, siempre dispuestos a privar a los pueblos de sus recursos naturales.

En el siglo XIX, durante el reparto europeo de África, el Congo fue entregado al rey Leopoldo II de Bélgica (1835-1909), quien lo gobernó durante décadas, como si se tratara de su hacienda privada.

Eufemísticamente se le denominó Estado Libre del Congo. El dominio belga fue sanguinario, incluso para los brutales estándares del colonialismo europeo en África. En la búsqueda de caucho y marfil, los belgas asesinaron a más de 15 millones de congoleses en los primeros 30 años de su dominio.
La historia de la explotación de los recursos económicos del Congo mientras fue propiedad de Leopoldo II, es una de las historias más sangrientas de la historia contemporánea.

fuente:
https://www.instagram.com/p/B_5YJ6nlyg9/?igshid=1fn0rkw3g1wbi


jueves, 15 de agosto de 2019

El hundimiento del valor de la vida humana



Dicen que Stalin dijo: «La muerte soluciona todos los problemas. No hay hombre, no hay problema». Después de la muerte no habría ni hombre ni problema; pero era inevitable que hubiese un cadáver.

La eliminación de cadáveres fue un drama de alcance nacional durante todo el período del bolchevismo duro, que terminó en 1953. En diciembre de 1918, cuando el régimen, en respuesta a la crisis, monopolizó la industria funeraria, había montañas de cadáveres (y manadas de perros con la panza llena) delante de los cementerios de todas las ciudades importantes, y el olor de los hospitales se percibía a varias calles de distancia; con el deshielo de primavera llegaron las epidemias de todos los años. «Morir en Rusia en estos tiempos es fácil —escribe el autor de un diario—, el entierro es lo difícil». A raíz de la nacionalización de los camposantos, el entierro pasó a depender del soborno, un proceso surrealizado por la hiperinflación: 

El entierro de Ninotchka, en noviembre de 1919, costó 30.000 [escribe el autor de otro diario]; el del tío Edward, en diciembre de 1921, 5.000.000; el de M. M., en marzo de 1922, 33.000.000.

Al régimen le gustaba la incineración. Entre otras cosas, debilitaba la autoridad de la Iglesia ortodoxa, que prescribía manifiestamente la inhumación. Además, era un procedimiento moderno, «un mundo nuevo de llamas y cenizas, industrializado y científico...

Otra solución fue el enterramiento colectivo. Se cree que en las fosas de Butovo, en las cercanías de Moscú, hay 100.000 cadáveres; y se calcula que hay 200.000 en otra necrópolis de la era estalinista, en Bikovna, Ucrania. En 1919, para asestar otro golpe a la religión, se abrieron los sepulcros de los «santos» medievales con objeto de analizarlos científicamente. Los cadáveres que según la doctrina de la Iglesia estaban incorruptos, envueltos en olor de santidad y llorando eternamente resultaron ser montones de polvo y huesos. «El culto de los muertos y de estos muñecos debe terminar», decía la orden del Ministerio de Justicia. La medida dejó de aplicarse en enero de 1924, cuando Lenin sufrió el último ataque. Se importó de Alemania un potente refrigerador y la Comisión de la Inmortalidad trabajó sin descanso durante seis meses, vigilando con angustia la aparición de moho en la nariz y los dedos de Lenin. La ciencia declaró incorruptible el cadáver, que fue consagrado como un icono. En Kolymá, el Auschwitz estaliniano del Ártico, se produjo un extraño descubrimiento, ya después de la guerra, gracias a la erosión natural: «Una fosa, una fosa común de presos, una fosa de piedra, abarrotada de cadáveres intactos de 1938, se deslizaba por la ladera, poniendo al descubierto el secreto de Kolymá». Los cadáveres se trasladaron a otra fosa común con palas mecánicas. Varlam Shalamov estuvo alli. 

Shalamov estuvo allí:
La pala recogía los cadáveres congelados, miles de cadáveres esqueléticos. Ninguna de sus partes se había descompuesto: las manos crispadas, los dedos de los pies reducidos a muñones purulentos a causa de la congelación, la reseca piel surcada de arañazos ensangrentados, los ojos inflamados por el hambre […]
Y entonces me acordé del fuego voraz de la leña de arbusto, del vistoso florecimiento de la taiga en verano, cuando se esforzaba por ocultar entre la hierba los actos de los hombres, buenos y malos. Si yo olvido, la hierba olvidará. Pero el hielo y la piedra no olvidarán. 

Extractos del libro: 
"Koba el temible" 
Martin Amis

domingo, 17 de julio de 2016

Ararat



"...Armenia es su silencio. La misma nostalgia revelándose en millones de ojos. Esa que necesita dos lugares para nacer y solo uno para morir. Armenia sería un monte si ser armenio hoy no consistiese en añorar el Ararat, en contemplarlo al otro lado de una frontera o no haberlo visto nunca. Lo propio y lo ajeno queda aquí reflejado en dos cumbres, Masis y Sis, que se clavan en el cielo.
El Ararat es tímido por la mañana. Se despereza con la paciencia de sus hijos en una tierra en la que el tiempo pasa despacio, que siempre quiso arrugar el mapa y acercarse a Occidente, aunque nunca se dejó contagiar por su prisa..."

"...Desayunar ante el monte en el que, según la Biblia, habría quedado varada el arca de Noé, no es algo trivial. A menudo, el monte se muestra etéreo y no deja alternativa a la espera tenaz. Así es como las cosas empiezan a merecer la pena. Lo supe la primera vez que intentamos darnos los buenos días en pleno amanecer en el monasterio de Jor Virap, junto a la frontera turca: al Ararat hay que ganárselo..."

"...Desde casi cualquier rincón de Ereván, una mole de cinco mil metros se impone como una presencia protectora y sosegadora. Es un remanso de paz que surge de los edificios, allí donde empiezan las antenas. Pero merece la pena verlo tocar el suelo y, para eso, no hay mejor lugar en Armenia que el Monasterio de Jor Virap. Allí, San Gregorio el Iluminador pasó trece años confinado en una mazmorra por extender el cristianismo en el lugar que se convirtió en el primer país cristiano de la historia, dando así nombre al monasterio: Pozo Profundo. Fue Terdat III, el mismo rey que le encarceló, quien aceptó el cristianismo como religión oficial en el año 301 y convirtió a San Gregorio en el fundador y primer Katolicós de la Iglesia apostólica armenia..."

"...La enemistad entre los padres de Gregorio y Terdat III llevó al rey a condenar a muerte al santo hasta doce veces. Dicen que de todas aquellas condenas se salvó gracias a la mediación de una mujer que, a diario, acudía a su mazmorra a llevarle un pedazo de pan. Tristeza y locura llevaron al rey a aislarse en el bosque y, al borde de la licantropía, Gregorio le habría devuelto a la cordura, tal y como la hermana del rey habría visto en sueños. Aquel milagro le salvó la vida y le devolvió la libertad..."

HERIDAS DEL VIENTO
CRÓNICAS ARMENIAS CON MANCHAS DE JUGO DE GRANADA
Virginia Mendoza

domingo, 17 de mayo de 2015

Rafael Lemkin: La Soledad Del Justo


elpais.com | 14 de febrero 2014

En el principio, estuvo la sensibilidad. En la autobiografía de Rafael Lemkin (1900-1959), destaca la excepcional continuidad entre sus vivencias juveniles y el enorme esfuerzo teórico y personal que desarrolló hasta su muerte, buscando alzar una barrera jurídica eficaz contra las matanzas del siglo.
Lemkin es primero un niño judeo-lituano que pasa horas solitario viviendo “con el ritmo de la naturaleza”, se conmueve con la persecución de los cristianos en Quo vadis? y disfruta de la convivencia pacífica de grupos étnicos en su lugar natal, al este de Polonia, no lejos de los pogromos del Imperio ruso. Luego, a pesar de la conmoción provocada por los ejércitos que lo cruzan en la Gran Guerra y en la sucesiva sovieto-polaca, el esfuerzo de destrucción se centró en los ejércitos, no en la población civil. Distinción capital. De ahí el sobresalto que le provoca, ya en los años 20, saber que durante la guerra, los militares nacionalistas turcos exterminaron en Anatolia a cientos de miles de armenios. Para el joven Lemkin, el descubrimiento llega gracias a las declaraciones y a los documentos exhibidos en el proceso celebrado en Alemania contra un joven armenio que mató en la calle a Talaat Pashá, el ministro otomano que en abril de 1915 puso en marcha el asesinato de un pueblo.
El 22 de agosto de 1939, al dar instrucciones a sus generales para la invasión, Adolf Hitler asienta su proyecto de conquista y destrucción de Polonia sobre un antecedente bien concreto: “¿Quién se acuerda del aniquilamiento (Vernichtung) de los armenios? La sensibilidad de Lemkin ante el mismo episodio histórico, su sentido de la justicia, le lleva a una conclusión opuesta: al considerar la eliminación deliberada de cientos de miles de inocentes, “me di cuenta de que una ley contra este tipo de asesinatos raciales o religiosos debía ser adoptada por el mundo”. Había adivinado con antelación la lógica de Hitler, expuesta en la reunión de 1939: no era su objetivo mover unas fronteras, sino aniquilar físicamente al adversario “para conquistar el espacio vital que precisamos”. Análoga voluntad de exterminio aplicará a los judíos. Hitler y Lemkin coinciden al elegir como antecedente histórico a Gengis Khan.
La prueba de que hay delitos que nos afectan a todos es el Holocausto, el mayor crimen del siglo XX
Por reacción ante la tragedia armenia, el filólogo Lemkin cede paso al jurista. El resto de su vida se dedicará a dar consistencia conceptual y normativa al que en 1941 Churchill llamó “el crimen sin nombre”, confiando en difundir la conciencia generalizada de que no se trataba del problema específico del país donde suceden los hechos, dado que tales masacres premeditadas conciernen a toda la humanidad. Cada grupo nacional, racial, religioso o étnico forma parte del “cosmos humano” y su destrucción, total o parcial, afecta a todos: “Cuando una nación es destruida, no es la carga de un barco lo que es destruido, sino una parte sustancial de la humanidad, con una herencia espiritual que toda la humanidad comparte”.
El holocausto fue el crimen colectivo de mayor entidad en el siglo XX, la trágica prueba de esa necesidad. No el único. Por otra parte, de ceñirnos a la dimensión homicida de los crímenes contra la humanidad, será imposible percibir que los mismos resultan de unos antecedentes, de unas ideologías y de unos intereses asesinos, convergentes en el caso del nazismo, y que además el exterminio puede asumir otras dimensiones, tales como la cultura de un pueblo o la destrucción de sus elites. La gestación del concepto de genocidio requería aunar la precisión con la complejidad.
Convertido ya en jurista relevante dentro de su país, Lemkin abordó una primera sistematización de sus ideas al enviar un informe a la Conferencia de Unificación del Derecho Penal, celebrada en Madrid en 1933. Al percibir la carga en profundidad contenida en la ponencia, justo cuando Varsovia buscaba la amistad de Hitler, el ministerio polaco impidió su asistencia. En el texto, el tanteo terminológico es aun visible, si bien los contenidos resultan inequívocos. Lemkin habla de “barbarie” y de “vandalismo”. Ambos conceptos se encuentran asociados. El primero remite a “acciones exterminadoras” por motivos “políticos y religiosos” de variada índole: masacres, pogromos, “acciones emprendidas para arruinar la existencia económica de los miembros de una colectividad”. La última frase alude de forma críptica a un genocidio concreto, el decidido por Stalin contra Ucrania en 1932-33, tema aun hoy muy vivo, donde las brutales requisas de grano provocan millones de muerte por hambre, y de paso, según la pauta leninista de 1921, tiene lugar la eliminación de los intelectuales. No se trata, como en el Gran Salto Adelante maoista de un monumental error, sino de un designio de aniquilamiento. Es lo que individualizará al genocidio. De forma complementaria, el “vandalismo” anticipa la noción de genocidio cultural.
Tales delitos no son propuestos para castigar, sino para impedir que se produzcan mediante su tipificación en el Derecho Internacional, al tener conocimiento los posibles criminales de que su acción no quedaría impune. La misma propuesta formulará en 1942 Lemkin a Roosevelt para frenar el judeocidio de Hitler, “Paciencia”, respondió el presidente. De haber sido aprobada la iniciativa de Lemkin, las condenas de Nuremberg no se hubieran pronunciado sobre el terreno movedizo de normas establecidas ex post facto.
Los grandes exterminios de la historia se derivan de un designio de aniquilamiento
En 1939, una azarosa huida desde Varsovia a Estados Unidos le permitió emprender la campaña contra los crímenes nazis. Pudo entregarse a la investigación para comprobar su hipótesis de que las políticas de exterminio incluyen una sobreexplotación económica, con el fin de reemplazar a los pueblos sometidos por la raza dominante. Lo mismo que Hitler ordenaba realizar a sangre y fuego en agosto de 1939. En 1944 publica El poder del Eje en la Europa ocupada,que ve nacer el término “genocidio”, presente ya en las acusaciones de Nuremberg. Los ingleses lo rechazarán, ejerciendo una oposición permanente a su aprobación y regulación. “Nuevas concepciones exigen nuevos términos”, responde Lemkin. Genocidio es “la puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento”.
De ahí el reconocimiento de las variantes religiosa, política, cultural, del genocidio; las dos últimas serán rechazadas con sello británico, en un ambiente donde las principales potencias parecían satisfechas con la sentencia de Nuremberg, que no utilizó el término. Lemkin tuvo que emplearse a fondo, en una interminable serie de contactos personales, para que en 1948 la Asamblea de la ONU aprobase la Convención contra el genocidio, y luego fuera ratificado país por país.
Distribuidas en varios centros, quedan veinte mil páginas inéditas de Lemkin, incluida una historia del genocidio y de los colonialismos genocidas, con acentos lascasianos, a partir de su visión del tratamiento del Este europeo por Hitler (o por Mussolini en Etiopía) como colonia de poblamiento para los conquistadores y de despoblación forzada para los autóctonos. Había sido el patrón aplicado por Hitler para la germanización de Polonia.
Todo confluía hacia la exigencia de una jurisdicción universal, esbozada como “interestatal” ya en 1933. La Convención contra el Genocidio hizo nacer el Tribunal Internacional de Justicia, de acuerdo con la idea lemkiana de que el ataque contra un grupo humano equivale a atentar contra la humanidad, y por ello la ley contra el genocidio debiera ser adoptada “por todas las naciones del mundo”. El genocidio, escribió en 1946, “debe ser considerado un crimen internacional”. En definitiva, implicaba un enfrentamiento “del mundo consigo mismo”.
El tiempo del holocausto había sido de terrible sufrimiento para Lemkin, con la muerte de sus padres en Auschwitz; más tarde, en plena guerra fría, aunque confirmara su vocación de soledad, peor fue el aislamiento padecido. En los años 50, apartado del puesto universitario en Yale, se consagró por entero a la lucha por su causa, hundiéndose en la pobreza. Un infarto puso fin a su vida en 1959. “Creer en una idea exige vivirla”, escribió y cumplió siguiendo a Tolstoi.
Antonio Elorza es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

viernes, 25 de octubre de 2013

Turquía en Europa? No!!

Abdulá Öcalan, líder del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK, en turco), condenado a cadena perpetua tras ser abolida la pena de muerte en 2002. El PKK es una organización comunista-socialista, nacionalista y separatista fundada en 1974. En sus primeros años reivindicaba la independencia y, en la actualidad, la autonomía kurda y el reconocimiento de su lengua. Considerada por Estados Unidos, la Unión Europea y Turquía como una organización terrorista, el conflicto armado se ha cobrado más de 30.000 muertos, según las estimaciones de las autoridades. Sus orígenes se remontan a 1920, cuando en el Tratado de Sévres con el imperio otomano se preveía la creación de una región autónoma kurda y el reconocimiento de la responsabilidad por el genocidio armenio, pero Atatürk se negó a ratificar el tratado cuando llegó al poder y logró que se sustituyera por otro en el que desaparecía la referencia a la autonomía kurda y al genocidio armenio. Tras alguna revuelta del pueblo kurdo, el conflicto estalló con toda su virulencia a partir de la creación del PKK.