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El hundimiento del valor de la vida humana

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Dicen que Stalin dijo: «La muerte soluciona todos los problemas. No hay hombre, no hay problema». Después de la muerte no habría ni hombre ni problema; pero era inevitable que hubiese un cadáver. La eliminación de cadáveres fue un drama de alcance nacional durante todo el período del bolchevismo duro, que terminó en 1953. En diciembre de 1918, cuando el régimen, en respuesta a la crisis, monopolizó la industria funeraria, había montañas de cadáveres (y manadas de perros con la panza llena) delante de los cementerios de todas las ciudades importantes, y el olor de los hospitales se percibía a varias calles de distancia; con el deshielo de primavera llegaron las epidemias de todos los años. «Morir en Rusia en estos tiempos es fácil —escribe el autor de un diario—, el entierro es lo difícil». A raíz de la nacionalización de los camposantos, el entierro pasó a depender del soborno, un proceso surrealizado por la hiperinflación:  El entierro de Ninotchka, en noviembre de 1919, costó 30....

¿Qué crédito merece esa historia de que Churchill bebió brandy armenio toda su vida y de ahí su longevidad?

Aquel día de la famosa foto en Yalta, Stalin le había regalado una botella de Dvin a Churchill. Al parecer, el inglés se aficionó a ese brandy y aseguraba que era el mejor del mundo. Cuando le preguntaban por su longevidad, cuentan que la atribuía a beber una botella de brandy armenio al día, entre un par de razones más. Churchill llegó a conocer tan bien el Dvin que un día detectó un cambio en su sabor y directamente llamó a Stalin a ver qué pasaba. No iba desencaminado, porque el que había sido el encargado de su producción hasta entonces acababa de ser exiliado a Siberia. Así que Stalin, para contentar a Churchill, lo liberó y le devolvió su puesto de trabajo. f: www.jotdown.es

Poema a Stalin

Vivimos sin sentir el país bajo nuestros pies, nuestras voces a diez pasos no se oyen. Y cuando osamos hablar a medias, al montañés del Kremlin siempre evocamos. Sus gordos dedos son sebosos gusanos y sus seguras palabras, pesadas pesas. De su mostacho se burlan las cucarachas, y relucen las cañas de sus botas. Una taifa de pescozudos jefes le rodea, con los hombrecillos juega a los favores: uno silba, otro maúlla, un tercero gime. y sólo él parlotea y a todos, a golpes, un decreto tras otro, como herraduras, clava: en la ingle, en la frente, en la ceja, en el ojo. Y cada ejecución es una dicha para el recio pecho del oseta. Osip Mandelstam