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miércoles, 11 de mayo de 2016

Conversión o Destrucción!


Como suele suceder, la gente esta equivocada, escribe Jean-Francois Revel: lo que puso de manifiesto el fracaso del comunismo "no fue precisamente la caida del Muro de Berlin en 1989, sino su construccion, en 1961."
El 13 de agosto de 1961 comenzó a construirse el Muro de Berlín.
Que pasaba en 1961? Que en Alemania Oriental "democrática"(la RDA) el comunismo fracasaba. Las personas subsistían en una vida muy gris y mediócre, con empleos improductivos y miserables, hastiadas de propaganda partidista oficial y vigilancia policiaca, sin cosas elementales, como pasta dental, toallas sanitarias, azúcar, jabón,  etc.
Todo el mundo era pobre bajo "la construcción del socialismo". E igual en Polonia, Hungria , Checoslovaquia y todos los paises tras la Cortina de Hierro, un cerco de guardias armados establecidos en las fronteras del "campo socialista", y que dividía a Europa en dos mitades. Desde luego lo mismo ocurría en la Unión Sovietica.
Y en Europa Occidental? Al lado del fracaso comunista, en 1961 pasaba lo que muchos no quieren recordar: el éxito de la economia libre. Muy visible -por lo súbito y el contraste- en la rápida recuperación de los paises vencidos: Alemania occidental (la RFA) e Italia. Sus economías , arruinadas por décadas de controles totalitarios y seis años de guerra (1939-45), progresaban en los 50, y disfrutaban de una riqueza y nivel de vida sin precedentes.
No gracias al Plan Marshall, como los comunistas repiten hasta hoy, sino al régimen de economia libre que adoptaron los democrata-cristianos Ludwig Erhard en Alemania, y Luigi Einaudi en Italia. Aunque no fue cosa exclusiva de ese partido: Japón, un país ni siquiera cristiano, también prosperaba por aquellos años en el sistema de economía libre, una herencia indudable de la llamada civilización occidental y cristiana. En Europa hoy la gente no quiere recordar siquiera este lenguaje, porque es muy malagradecida con las fórmulas que en el pasado le proporcionaron el bienestar que hoy disfruta.
Pero volvamos a 1961. El contraste entre riqueza y pobreza era muy grande sobre todo en Berlín, una ciudad enclavada en la Alemania roja en ese tiempo, y a su vez dividida en dos sectores. La gente se pasaba al sector occidental, con papeles quienes los tenían, o sin ellos. El comunismo era un fiasco, tal y como Mises anticipara en Socialismo (1922). Porque Socialismo equivale a Destrucción: la destrucción de los mecanismos naturales del mercado que crean la riqueza a través de los precios libres, la competencia abierta entre las empresas, y los contratos que formalizan los intercambios voluntarios entre las personas. Así los recursos se asignan eficientemente, se crea la riqueza y se distribuye a través de los "ingresos factoriales" (sueldos y salarios, intereses y rentas, utilidades y beneficios). El Socialismo es la pura destrucción de esos resortes y engranajes de la maquinaria económica. Resultado: pobreza. 
Porque sobrevive la mal llamada utopia socialista? ("Utopía es algo deseable pero no posible; mas el socialismo es cosa posible y para nada deseable!).
Porque mucha gente sigue engañada.
Hay que desengañarla sobre el socialismo. Y hay que darle información sobre economía y liberalismo, y explicarle las realidades.
Hay que ayudarle a un proceso de transformación mental, que los griegos llamaban "metanoia", y que los traductores de la Biblia denominan "conversión". Si la gente no hace su tarea de conversión, el socialismo seguirá adelante con su labor de destrucción. Por eso hoy tenemos en Venezuela una situacion crucial: Destrucción o Conversión.
Quiénes debemos convertirnos? Todos nosotros, pero en particular:
- Los cristianos. Porque después del desastre del marxismo, en este siglo XXI el socialismo vuelve a revestirse de ropaje seudo-cristiano, como en el siglo XIX. Los cristianos-católicos y evangélicos- deben entender algo muy serio: el socialismo es anticristiano; y el modelo político bíblico no es el Gobierno omnipresente y omnipotente, sino el Gobierno limitado, dedicado a unos pocos negocios públicos, y separado de las actividades privadas.
-Los Chavistas de buena fé, que aún quedan, y muchos. Quienes se ilusionaron y votaron por Chávez confiados en que el cambio era para mejor y no para peor. Deben saber que la corrupción no es la causa del problema. Y que el problema no es Chávez y el chavismo sino el socialismo; y que la salida es la construcción de una economía libre, único sistema capaz de crear riqueza y prosperidad para todos.
- Los antichavistas de buena fé, que no están meramente en una carrera tras de puestos publicos. Deben saber lo mismo. Y que tampoco la salida es un retorno al pasado. Deben saber que así como el amor con hambre no dura, la democracia tampoco, por que sin la prosperidad y el bienestar que solo trae una economía libre, la democracia se cae o se pervierte. Y que la "economía mixta" (o tercera vía) es un fracaso que ya experimentamos en Venezuela.
Ademas, los "neo" liberales deben aprender a distinguir el liberalismo auténtico y genuino, y que no fueron  las "reformas" de los 90, cuyo fracaso es culpable de la marea roja socialista en la que se sume hoy el continente.
-No enrolados. Más de un tercio de los venezolanos adultos no creen en el Gobierno y tampoco en la Oposición.
Pero eso no significa que todos seamos "indiferentes o apáticos", como lo califican algunas encuestas. Muchos estamos preocupados, y a la búsqueda de una alternativa, porque estas dos que hay ahora- Gobierno y actual oposición- simplemente no terminan de dar la talla.
Pero también hay verdaderos indiferentes o apáticos: han perdido ya toda esperanza, y están haciendo maletas, o preparándose para emigrar. Ya no buscan la salida para Venezuela. Se han desinteresado por la politica venezolana porque no ven futuro. Deben saber que si hay futuro : Economía Libre. Pero pasa por la Conversión, la de las mentes. De otro modo la Destrucción seguirá su rumbo. Tenemos que buscar un Rumbo Propio, que elimine el Estatismo de raíz: La Desestatizacion.
Néstor Suarez
nsuarez07@hotmail.com

domingo, 17 de mayo de 2015

Rafael Lemkin: La Soledad Del Justo


elpais.com | 14 de febrero 2014

En el principio, estuvo la sensibilidad. En la autobiografía de Rafael Lemkin (1900-1959), destaca la excepcional continuidad entre sus vivencias juveniles y el enorme esfuerzo teórico y personal que desarrolló hasta su muerte, buscando alzar una barrera jurídica eficaz contra las matanzas del siglo.
Lemkin es primero un niño judeo-lituano que pasa horas solitario viviendo “con el ritmo de la naturaleza”, se conmueve con la persecución de los cristianos en Quo vadis? y disfruta de la convivencia pacífica de grupos étnicos en su lugar natal, al este de Polonia, no lejos de los pogromos del Imperio ruso. Luego, a pesar de la conmoción provocada por los ejércitos que lo cruzan en la Gran Guerra y en la sucesiva sovieto-polaca, el esfuerzo de destrucción se centró en los ejércitos, no en la población civil. Distinción capital. De ahí el sobresalto que le provoca, ya en los años 20, saber que durante la guerra, los militares nacionalistas turcos exterminaron en Anatolia a cientos de miles de armenios. Para el joven Lemkin, el descubrimiento llega gracias a las declaraciones y a los documentos exhibidos en el proceso celebrado en Alemania contra un joven armenio que mató en la calle a Talaat Pashá, el ministro otomano que en abril de 1915 puso en marcha el asesinato de un pueblo.
El 22 de agosto de 1939, al dar instrucciones a sus generales para la invasión, Adolf Hitler asienta su proyecto de conquista y destrucción de Polonia sobre un antecedente bien concreto: “¿Quién se acuerda del aniquilamiento (Vernichtung) de los armenios? La sensibilidad de Lemkin ante el mismo episodio histórico, su sentido de la justicia, le lleva a una conclusión opuesta: al considerar la eliminación deliberada de cientos de miles de inocentes, “me di cuenta de que una ley contra este tipo de asesinatos raciales o religiosos debía ser adoptada por el mundo”. Había adivinado con antelación la lógica de Hitler, expuesta en la reunión de 1939: no era su objetivo mover unas fronteras, sino aniquilar físicamente al adversario “para conquistar el espacio vital que precisamos”. Análoga voluntad de exterminio aplicará a los judíos. Hitler y Lemkin coinciden al elegir como antecedente histórico a Gengis Khan.
La prueba de que hay delitos que nos afectan a todos es el Holocausto, el mayor crimen del siglo XX
Por reacción ante la tragedia armenia, el filólogo Lemkin cede paso al jurista. El resto de su vida se dedicará a dar consistencia conceptual y normativa al que en 1941 Churchill llamó “el crimen sin nombre”, confiando en difundir la conciencia generalizada de que no se trataba del problema específico del país donde suceden los hechos, dado que tales masacres premeditadas conciernen a toda la humanidad. Cada grupo nacional, racial, religioso o étnico forma parte del “cosmos humano” y su destrucción, total o parcial, afecta a todos: “Cuando una nación es destruida, no es la carga de un barco lo que es destruido, sino una parte sustancial de la humanidad, con una herencia espiritual que toda la humanidad comparte”.
El holocausto fue el crimen colectivo de mayor entidad en el siglo XX, la trágica prueba de esa necesidad. No el único. Por otra parte, de ceñirnos a la dimensión homicida de los crímenes contra la humanidad, será imposible percibir que los mismos resultan de unos antecedentes, de unas ideologías y de unos intereses asesinos, convergentes en el caso del nazismo, y que además el exterminio puede asumir otras dimensiones, tales como la cultura de un pueblo o la destrucción de sus elites. La gestación del concepto de genocidio requería aunar la precisión con la complejidad.
Convertido ya en jurista relevante dentro de su país, Lemkin abordó una primera sistematización de sus ideas al enviar un informe a la Conferencia de Unificación del Derecho Penal, celebrada en Madrid en 1933. Al percibir la carga en profundidad contenida en la ponencia, justo cuando Varsovia buscaba la amistad de Hitler, el ministerio polaco impidió su asistencia. En el texto, el tanteo terminológico es aun visible, si bien los contenidos resultan inequívocos. Lemkin habla de “barbarie” y de “vandalismo”. Ambos conceptos se encuentran asociados. El primero remite a “acciones exterminadoras” por motivos “políticos y religiosos” de variada índole: masacres, pogromos, “acciones emprendidas para arruinar la existencia económica de los miembros de una colectividad”. La última frase alude de forma críptica a un genocidio concreto, el decidido por Stalin contra Ucrania en 1932-33, tema aun hoy muy vivo, donde las brutales requisas de grano provocan millones de muerte por hambre, y de paso, según la pauta leninista de 1921, tiene lugar la eliminación de los intelectuales. No se trata, como en el Gran Salto Adelante maoista de un monumental error, sino de un designio de aniquilamiento. Es lo que individualizará al genocidio. De forma complementaria, el “vandalismo” anticipa la noción de genocidio cultural.
Tales delitos no son propuestos para castigar, sino para impedir que se produzcan mediante su tipificación en el Derecho Internacional, al tener conocimiento los posibles criminales de que su acción no quedaría impune. La misma propuesta formulará en 1942 Lemkin a Roosevelt para frenar el judeocidio de Hitler, “Paciencia”, respondió el presidente. De haber sido aprobada la iniciativa de Lemkin, las condenas de Nuremberg no se hubieran pronunciado sobre el terreno movedizo de normas establecidas ex post facto.
Los grandes exterminios de la historia se derivan de un designio de aniquilamiento
En 1939, una azarosa huida desde Varsovia a Estados Unidos le permitió emprender la campaña contra los crímenes nazis. Pudo entregarse a la investigación para comprobar su hipótesis de que las políticas de exterminio incluyen una sobreexplotación económica, con el fin de reemplazar a los pueblos sometidos por la raza dominante. Lo mismo que Hitler ordenaba realizar a sangre y fuego en agosto de 1939. En 1944 publica El poder del Eje en la Europa ocupada,que ve nacer el término “genocidio”, presente ya en las acusaciones de Nuremberg. Los ingleses lo rechazarán, ejerciendo una oposición permanente a su aprobación y regulación. “Nuevas concepciones exigen nuevos términos”, responde Lemkin. Genocidio es “la puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento”.
De ahí el reconocimiento de las variantes religiosa, política, cultural, del genocidio; las dos últimas serán rechazadas con sello británico, en un ambiente donde las principales potencias parecían satisfechas con la sentencia de Nuremberg, que no utilizó el término. Lemkin tuvo que emplearse a fondo, en una interminable serie de contactos personales, para que en 1948 la Asamblea de la ONU aprobase la Convención contra el genocidio, y luego fuera ratificado país por país.
Distribuidas en varios centros, quedan veinte mil páginas inéditas de Lemkin, incluida una historia del genocidio y de los colonialismos genocidas, con acentos lascasianos, a partir de su visión del tratamiento del Este europeo por Hitler (o por Mussolini en Etiopía) como colonia de poblamiento para los conquistadores y de despoblación forzada para los autóctonos. Había sido el patrón aplicado por Hitler para la germanización de Polonia.
Todo confluía hacia la exigencia de una jurisdicción universal, esbozada como “interestatal” ya en 1933. La Convención contra el Genocidio hizo nacer el Tribunal Internacional de Justicia, de acuerdo con la idea lemkiana de que el ataque contra un grupo humano equivale a atentar contra la humanidad, y por ello la ley contra el genocidio debiera ser adoptada “por todas las naciones del mundo”. El genocidio, escribió en 1946, “debe ser considerado un crimen internacional”. En definitiva, implicaba un enfrentamiento “del mundo consigo mismo”.
El tiempo del holocausto había sido de terrible sufrimiento para Lemkin, con la muerte de sus padres en Auschwitz; más tarde, en plena guerra fría, aunque confirmara su vocación de soledad, peor fue el aislamiento padecido. En los años 50, apartado del puesto universitario en Yale, se consagró por entero a la lucha por su causa, hundiéndose en la pobreza. Un infarto puso fin a su vida en 1959. “Creer en una idea exige vivirla”, escribió y cumplió siguiendo a Tolstoi.
Antonio Elorza es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.