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Sarkís Sumbulián

Siempre tuve tendencia a fijarme en las personas que hacían cosas como dibujar o pintar, porque me parecía que utilizaban un lenguaje que no estaba seguro que no fuera mejor que el lenguaje de las palabras. Si alguien sabía tocar un instrumento musical, me quedaba absolutamente asombrado y rebosante de admiración, aunque el instrumento fuera una armónica de diez centavos y la pieza el Yankee-Doodle. Lo que pasó es que acabé sintiéndome favorablemente dispuesto a intentar pintar con lápices y pinturas, o a hacer música con cualquier tipo de instrumento que pudiera comprar por una moneda de diez centavos, porque estaba clarísimo que no tenía un dólar para tirar en una armónica Hohner auténtica, por ejemplo, en lugar de una imitación de diez centavos, hecha en alguna fábrica descontrolada donde se hacían imitaciones de cualquier cosa para una venta rápida, un uso rápido y un deterioro rápido. Los dibujos que hacía con lápices eran agradables de contemplar, sobre todo al día siguien...

Armenak de Bitlis

William Saroyan Bueno, hace un par de meses fui a visitar tu tumba en el cementerio situado junto a la vía del tren en San José, California, y mientras estaba frente a la parcelita numerada recordé la primera vez que la visité. Fui con tu hermano menor, Mihran, cuando yo tenía diecisiete o dieciocho años y él treinta y siete treinta y ocho, hace ahora cuarenta años. Tu hermano lloraba, y yo, con esta bocaza que heredé de la otra rama de la familia, de tu mujer, tu viuda, mi madre, la rama tumultuosa de la familia, dije: -¿Por qué lloras? El no está ahí. Y me reí, por el gusto que me daba estar en un lugar como aquél en un día de verano tan hermoso, porque era estupendo estar vivo y porque yo no creía en la muerte, no podía creer en ella, no creía que tu estuvieras muerto, por ejemplo, o que alguien hubiera muerto alguna vez. Tu hermano quedó consternado por mis palabras y por mi risa...