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lunes, 9 de mayo de 2016

La Mano

Un joven le pidió a un padre la mano de su hija y la recibió en una caja; era su mano izquierda.

PADRE: Me pediste su mano y ya la tienes. Pero, en mi opinión, querías otras cosas y las tomaste.
JOVEN: ¿Qué quiere usted decir con eso?
PADRE: ¿Tú qué crees que quiero decir? No me negarás que soy más honrado que tú, porque tú cogiste algo de mi familia sin pedirlo, mientras que cuando me pediste la mano de mi hija, yo te la di.
En realidad, el joven no había hecho nada deshonroso. Simplemente, el padre era suspicaz y mal pensado. El padre consiguió legalmente hacer responsable al joven del mantenimiento de su hija y le exprimió económicamente. El joven no pudo negar que tenía la mano de la hija… aunque, desesperado, la había enterrado ya, después de besarla. Pero la mano iba para dos semanas.
El joven quería ver a la hija, e hizo un esfuerzo, pero se encontró bloqueado por los comerciantes que la asediaban. La hija estaba firmando cheques con la mano derecha. Lejos de haberse desangrado, estaba lanzada a toda marcha.
El joven anunció en los periódicos que ella había abandonado el domicilio conyugal. Pero tenía que probar que lo hubiera compartido antes. Aún no era «un matrimonio», ni en el juzgado ni por la iglesia. Sin embargo, no había duda de que él tenía su mano y había firmado un recibo cuando le entregaron el paquete.
—Su mano, ¿para qué? —preguntó el joven a la Policía, desesperado y sin un céntimo—. Su mano está enterrada en mi jardín.
—¿Es que, encima, es un criminal? ¿No solamente desordenado en su manera de vivir, sino, además, un psicópata? ¿No le habrá usted cortado la mano a su mujer?
—¡No! ¡Y ni siquiera es mi mujer!
—¡Tiene su mano, pero no es su mujer! —se burlaron los hombres de la ley—. ¿Qué podemos hacer con él? No es razonable, puede que incluso esté loco.
—Encerradle en un manicomio. Además, está arruinado, por tanto tendrá que ser en una institución del Estado.
Así que encerraron al joven y, una vez al mes, la chica cuya mano había recibido venía a mirarle a través de la alambrada, como una esposa sumisa. Y, como la mayoría de las esposas, no tenía nada que decirle. Pero sonreía dulcemente. El trabajo de él comportaba una pequeña pensión que ella cobraba ahora. Ocultaba su muñón en un manguito.
Debido a que el joven llegó a estar tan asqueado de ella que no podía ni mirarla, le trasladaron a una sala más desagradable, privado de libros y de compañía, y se volvió loco de verdad.
Cuando se volvió loco, todo aquello que le había sucedido, el haber pedido y recibido la mano de su amada, se le hizo inteligible. Comprendió la horrible equivocación, crimen incluso, que había cometido al pedir algo tan bárbaro como la mano de una chica.
Habló con sus captores, diciéndoles que ahora comprendía su error.
—¿Qué error? ¿Pedir la mano de una chica? Lo mismo hice yo cuando me casé.
El joven, sintiendo entonces que estaba loco sin remedio, puesto que no podía establecer contacto con nada, se negó a comer durante muchos días y, al fin, se tumbó en la cama de cara a la pared y murió.

Patricia Highsmith
"Pequeños cuentos misóginos"

sábado, 26 de octubre de 2013

El Oso

Esta historia habla de un sastre, un zar y su oso. 
Un día el zar descubrió que uno de los botones de su chaqueta preferida se había caído.
El zar era caprichoso, autoritario y cruel (cruel como todos los que enmarañan por demasiado tiempo en el poder), así que, furioso por la ausencia del botón mandó a buscar a su sastre y ordenó que a la mañana siguiente fuera decapitado por el hacha del verdugo.
Nadie contradecía al emperador de todas la Rusias, así que la guardia fue hasta la casa del sastre y arrancándolo de entre los brazos de su familia lo llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí su muerte.
Cuando, cayo el sol un guardiacárcel le llevó al sastre la última cena, el sastre revolvió el plato de comida  con la cuchara y mirando al guardiacárcel dijo – Pobre del zar.
- El guardiacárcel no puedo evitar reírse - ¿Pobre del zar?, dijo pobre de ti tu cabeza quedará separada de tu cuerpo unos cuantos metros  mañana a la mañana.
- Si,  lo sé pero mañana en la mañana el zar perderá mucho más que un sastre, el zar  perderá la posibilidad de que su oso la cosa que más quiere en el mundo su propio oso aprenda a hablar.
- ¿Tú sabes enseñarle a hablar a los osos?, preguntó el guardiacárcel  sorprendido.
- Un viejo secreto familiar... – dijo el sastre.
Deseoso de ganarse los favores del zar, el pobre guardia corrió a contarle al soberano su descubrimiento:
¡¡El sastre sabía enseñarle a hablar a los osos!!
El zar se sintió encantado. Mandó rápidamente a buscar al sastre y le ordenó:
-¡¡Enséñale a mi oso a hablar nuestro idioma, me gustaría complaceros pero la verdad, es que enseñar a hablar a un oso es una ardua tarea y lleva tiempo... y lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo...
-El zar hizo un silencio, y preguntó ¿cuánto tiempo llevaría el aprendizaje?
- Bueno, depende de la inteligencia del oso... Dijo el sastre.
- ¡¡El oso es muy inteligente!! – interrumpió el zar
– De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia.
-Bueno, musitó el sastre... si el oso es inteligente... y siente deseos de aprender... yo creo... que el aprendizaje duraría... duraría... no menos de...... DOS AÑOS. 
El zar pensó un momento y luego ordenó: 
- Bien, tu pena será suspendida por dos años, mientras tanto  tú entrenarás al oso. ¡Mañana empezarás!
- Alteza  - dijo el sastre – Si tu mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza, mañana estare muerto, y mi familia, se las ingeniará para poder sobrevivir. Pero si me conmutas la pena, yo tendré que dedicarle el tiempo a trabajar, no podré dedicarme a tu oso... debo mantener a mi familia.
- Eso no es problema – dijo el zar – A partir de hoy y durante dos años tú y tu familia estarán bajo la protección real. Serán vestidos, alimentados y educados con el dinero de la corte y nada que necesiten o deseen, les será negado... Pero, eso sí... Si dentro de dos años el oso no habla... te arrepentirás de haber pensado en esta propuesta... Rogarás haber sido muerto por el verdugo... ¿Entiendes, verdad?.
- Sí, alteza.
- Bien... ¡¡Guardias!!  - gritó el zar –Que lleven al sastre a su casa en el carruaje de la corte, denle dos bolsas de oro, comida y regalos para sus niños. Ya... ¡¡Fuera!!. 
El sastre en reverencia y caminando hacia atrás, comenzó a retirarse mientras musitaba agradecimientos. 
- No olvides  -  le dijo el zar apuntándolo con el dedo a la frente – Si en dos años el oso no habla...  – Alteza... -
...Cuando todos en la casa del sastre lloraban por la pérdida del padre de familia, el hombre pequeño apareció en la casa en el carruaje del zar, sonriente, eufórico y con regalos para todos.
La esposa del sastre no cabía en su asombro. Su marido que pocas horas antes había sido llevado al cadalso volvía ahora, exitoso, acaudalado y exultante...
Cuando estuvo a solas el hombre le contó los hechos.
- Estás LOCO – chilló la mujer – enseñar a hablar al oso del zar. Tú, que ni siquiera has visto un oso de cerca, ¡Estás, loco!
Enseñar a hablar al oso... Loco, estás loco...
- Calma mujer, calma. Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer, ahora... ahora tengo dos años... En dos años pueden pasar tantas cosas en dos años.
En dos años... – siguió el sastre -  se puede morir el zar... me puedo morir yo... y lo más importante... por ahí el ¡¡oso habla!!

jueves, 18 de noviembre de 2010

Sarkís Sumbulián

Siempre tuve tendencia a fijarme en las personas que hacían cosas como dibujar o pintar, porque me parecía que utilizaban un lenguaje que no estaba seguro que no fuera mejor que el lenguaje de las palabras.
Si alguien sabía tocar un instrumento musical, me quedaba absolutamente asombrado y rebosante de admiración, aunque el instrumento fuera una armónica de diez centavos y la pieza el Yankee-Doodle.
Lo que pasó es que acabé sintiéndome favorablemente dispuesto a intentar pintar con lápices y pinturas, o a hacer música con cualquier tipo de instrumento que pudiera comprar por una moneda de diez centavos, porque estaba clarísimo que no tenía un dólar para tirar en una armónica Hohner auténtica, por ejemplo, en lugar de una imitación de diez centavos, hecha en alguna fábrica descontrolada donde se hacían imitaciones de cualquier cosa para una venta rápida, un uso rápido y un deterioro rápido.
Los dibujos que hacía con lápices eran agradables de contemplar, sobre todo al día siguiente, cuando ya había olvidado lo que intentaba plasmar.
Las pinturas también eran aceptables cuando me limitaba a hacer animales, casas, caminos y humo, y no intentaba plasmar ideas. Era bastante bueno haciendo pinturas de colores y masas, que es lo que a los niños les gusta hacer, pero una implícita admiración de los adultos por la literalidad les impide hacer.
Todo el mundo sabe que hay todo tipo de artistas aficionados en todas las comunidades del mundo. Son personas que hacen cosas que normalmente no se pueden vender, para las que no existe una medida real con la que valorarlas, y para las que no existe demanda.
En Fresno había un gran artista de esta clase, un joven moreno llamado Sarkís Sumboulián, que utilizaba pluma y tinta oara hacer pinturas de grandes castillos épicos en lo alto de grandes montañas y entre grandes nubes amenazadoras. Y ponía títulos bastante buenos a sus cuadros: Träumerie, por ejemplo. Y claro, alguien preguntaba: «¿Qué quiere decir eso?» Y él constaba: «Träumerie en alemán significa sueño»
Sarkís Sumboulián había dibujado otro de sus sueños. Se lo había inspirado la música de Schubert, pero él mismo en su cabaña de la calle M en el barrio armenio, sentado a la mesa después de comer mientras el resto de la familia leía periódicos o hablaba, lentamente empezó uno de sus dibujos a pluma y tinta, y trabajó sin descanso durante dos o tres horas, hasta que lo terminó. En un lugar adecuado, en el rincón más bajo de la intensa pintura, escribió con finas letras: Träumerie de Sarkís Sumboulián, Fresno, diciembre de 1918.
En aquella època tendría unos veinte años y ya no iba a la escuela. Había un diploma del instituto en la pared de la sala de la casita, y él contribuía a los gastos familiares buscando trabajo en el almacén de embalaje de fruta, en algunos grandes almacenes, o en un despacho, haciendo cosas que cualquiera puede hacer.
Pero era un artista. No era un don nadie.
Terminaba un nuevo dibujo cada semana.
El papel costaba un penique la hoja y venía en blocs de cincuenta, pegados por la parte de arriba: cuando se terminaba un dibujo, se arrancaba la hoja del bloc.
Normalmente, llevaba la pintura directamente a Mihrán, el hermano pequeño de mi padre, y la contemplaban juntos durante un largo rato. Pinturas de órgano, las llamaba yo. De lo más hondo de todas ellas rezumaba el rugido de un lastimoso quejido.
Sarkís Sumboulián sufrió una crisis nerviosa, pero dijeron que se había vuelto loco. A los veinticuatro años, se marchó de la ciudad.
Un día, Mihrán me dijo:
–Está en Londres, Sarkís Sumboulián está en Londres, está pintando cuadros en Londres, me escribió esta carta en armenio.
Y eso fue todo. Nunca supe qué hizo finalmente Sarkís Sumboulián en Londres, o en cualquier parte. Quizá sólo murió.

Cartas desde la Rue Taitbout
William Saroyan
1978