martes, 16 de noviembre de 2010

Barón Gapriel

William Saroyan

En la Novena Avenida de San Francisco, entre las calles Irving y Judah hubo un constructor de armarios que vivía sobre su taller. Lo llamaban, a la antigua usanza del país, Barón Gapriel, o señor Gapriel. Su apellido era Jivarián, y también era de Bitlis. Escribía poemas.
Le pregunté cómo había sido que había empezado a escribir poemas, un constructor de armarios como él, y muy bueno, por cierto.
–Bueno, verás, William, cuando estoy sentado en el banco, haciendo mi trabajo, mi cabeza no está muy ocupada, es todo cuestión manual y de vista, de modo que mi cabeza me habla, me dice cosas, y en seguida me pongo a escucharla. Oigo que mi cabeza me dice una palabra, dos palabras, una línea, otra línea, y por la noche, después del trabajo escribo lo que me ha dicho mi cabeza. Así es como ocurrió.
Era un hombre de estatura mediana, fornido, con un algo que recordaba al tronco de un gran árbol. Tenía las espaldas anchas, las manos grandes, los dedos bien formados y muy fuertes. Sus ojos contenían una mezcla de una gran pena terrible y una diversión continua y juguetona.
Sus hijos estaban en la universidad, porque ésa era la responsabilidad que creía tener con ellos, hacer lo posible para que estuvieran tan bien preparados para llevar una buena vida como fuera posible: dos hijos y una hija. A su esposa la había conocido en América, pero también era de Bitlis. Cada tarde, sobre las tres, le llevaba una bandeja de latón, en la cual descansaba una pequeña taza de café turco, una porción de delicia turca y un vaso de agua fría.
Sonreía y decía bajito:
–Un momento de descanso para el señor.
Dejaba la bandeja en un lugar vacío del banco de trabajo y subía, porque sabía que cuando estaba en su taller era un artista, un pensador, y no deseaba ninguna conversación banal que se entrometiera con su creación de armarios y composición de poemas.
En esa época había hambruna en la tierra, podría decirse, al estilo de los escritores del Antiguo Testamento. Con toda seguridad corría poco dinero, y muchas familias pobres se empobrecieron aún más. De todos modos, se conseguía llevar a la mesa abundantes comidas por muy poco dinero; mi familia también, en el segundo piso del 348 de la calle Carl, a sólo ocho calles del taller Barón Gapriel Jivarián. Yo tenía veintidos años y me desesperaba bastante no tener un empleo fijo. Al igual que no tener nada publicado, a pesar de que trabajaba escribiendo cada día, y también casi cada noche.
Por eso, como no tenía ingresos ni por lo tanto dinero, caminaba mucho y bebía mucho agua, hasta la hora de la cena, cuando en los platos se apilaban montañas de arroz guisado con cebolla morena cortada, para que mi hermano y yo pudiéramos comer abundante si no elegantemente, por decirlo así.
Me encantaba aquel plato, todavía me gusta. Y mucho después de hacerme rico, solía pedir a alguien que me guisara una buena cacerola, o le pedía al chef de un restaurante que me preparara una buena olla para el día siguiente. Y finalmente aprendí a prepararlo yo, y podía comerlo siempre que me apetecía, estuviera donde estuviera.
En mis paseos, solía pasar por el taller del constructor de armarios, y un par de veces me vio y me hizo ademán de que pasara, después de lo cual dijo:
–Bien, eres justo el hombre que quería ver, William. Eres escritor, aunque aún no seas famoso. Utilizas la lengua inglesa. Yo también soy escritor, bien, quizá no exactamente escritor, pero en todo caso escribo mis poemas. Y lo hago en armenio. Éste es el poema que escribí anoche.
Y entonces me leyó un poema que yo consideré sabio y humano, e increíble, no para que lo hubiese escrito un constructor de armarios, sino para que lo hubiese escrito cualquiera.
Y le di las gracias y me fui a la playa a caminar y recoger piedras, como si fueran palabras, o monedas. Cuatro años más tarde, me salí con la mía, y se publicó mi primer libro; permítaseme ahora, casi cuarenta años más tarde, loar a Dios, loar a Jesús, loar al sol, loarlo todo y a todos. A pesar de que los poemas del buen constructor de armarios no se publicaron nunca, Dios nos ayudó a todos.
1978

Armenak de Bitlis

William Saroyan

Bueno, hace un par de meses fui a visitar tu tumba en el cementerio situado junto a la vía del tren en San José, California, y mientras estaba frente a la parcelita numerada recordé la primera vez que la visité.
Fui con tu hermano menor, Mihran, cuando yo tenía diecisiete o dieciocho años y él treinta y siete treinta y ocho, hace ahora cuarenta años. Tu hermano lloraba, y yo, con esta bocaza que heredé de la otra rama de la familia, de tu mujer, tu viuda, mi madre, la rama tumultuosa de la familia, dije:
-¿Por qué lloras? El no está ahí.
Y me reí, por el gusto que me daba estar en un lugar como aquél en un día de verano tan hermoso, porque era estupendo estar vivo y porque yo no creía en la muerte, no podía creer en ella, no creía que tu estuvieras muerto, por ejemplo, o que alguien hubiera muerto alguna vez.
Tu hermano quedó consternado por mis palabras y por mi risa, y como los sollozos que estaba tratando de ahogar no le dejaban hablar con claridad, me dijo:
-Entonces, ¿dónde está?
Bueno esto empeoró las cosas, pues Mihran siempre tuvo una especie de formalidad y una ingenuidad que le llevaban a hacer unas preguntas que a los demás les resultaban muy graciosas.
-Pues en muchos sitios -respondí-. Nadie acaba en la tumba; sólo los huesos o el polvo están ahí. El hombre sigue estando siempre en los lugares en los que ha estado. Allí donde nació, donde pasó la niñez y la adolescencia. También sigue estando donde viajó, en los trenes, en los barcos, y sigue estando en los libros que leyó. Yo tengo los libros de mi padre y sus libros están llenos de él.Yo vine aquí sólo para ver dónde pusieron sus huesos. Mi padre no está muerto. Si yo estoy aquí, él también.
Bueno, estas teorías son muy discutibles; pero esto no hace al caso.
Durante mucho tiempo, recordé tan sólo aquel pedazo de tierra cubierta de hierba, bajo los árboles, junto a la carretera, y (más allá de la carretera) la vía del tren. No es que pensara: <<Allí está mi padre>>, o <<Allí están los restos de mi padre>>, o cosas por el estilo. Sólo recordaba que yo había estado allí.
Ahora bien, cuando era un niño que empezaba a querer entender las cosas, creía que un día, muy pronto, te vería subir por una calle y que yo sabría que era tu hijo, de tres, cuatro, cinco, seis, siete u ocho años. Seguí creyendo que vendrías, hasta que tuve once o doce años y luego la idea se me olvidó por comleto. No es que dejara de creerlo, es que lo olvidé, lo solté y se me fue durante mucho tiempo; y luego, de pronto, volvió, y por aquel entonces yo era ya un hombre hecho.
Yo no conocía más que alegrías, una salud de hierro, confianza absoluta, toda clase de ideas, noche y día, y movimiento constante, interior y exterior, y continuas idas y venidas. Empecé a viajar en cuanto tuve un poco de dinero; pero la primera salida importante fue financiada por tu hermano Mihran, que en 1928, poco antes de que yo cumpliera los veinte años, me prestó doscientos dólares, con los que me fui a Nueva York con el ómnibus Greyhound. Se los devolví, desde luego, pero siguió haciéndome préstamos, incluso cuando yo había ganado veinte o treinta veces más que él en toda su vida, y yo seguía devolviéndoselos, menos una o dos veces, en que tardé varios años en hacerlo, y temo que al final él me haya prestado más de lo que yo le he devuelto.
Yo tenía ya bastantes años, casi los que tú tenías al morir, en 1911, cuando empecé a creer otra vez que cualquier día subirías por una calle y vendrías a mi encuentro.
Tal vez más que creer que esto pasaría, empecé a recordar que mucho tiempo atrás había creído que iba a pasar. <<Mi padre lo hará porque es mi padre>> —me decía, de niño—; no va a dejar de venir sólo porque esté muerto. Ya encontrará él la forma de levantarse y subir por cualquier calle para venir a buscarme. Porque él es mi padre y porque nosotros somos como somos, podremos hacerlo. Sabemos que no se puede, que va contra las leyes; pero mi padre lo hará. Y entonces, ¿qué dirá la gente? Dirán: "Estuvo muerto diez años y luego volvió. Sencillamente. No era un fantasma, ni era un doble; era él mismo, en persona, que volvió. Volvió para pronunciar el nombre de su hijo". Esto es lo que dirán.>> Y lo pensaba mientras andaba por ahí, armando jaleo en los lugares públicos y haciendo que la gente se apartará de mí con asombro y hasta con miedo, como si yo fuese algo más que un hombre que hablaba fuerte y tenía ganas de reír.
Y después, entre unas cosas y otras, volví a olvidarlo durante mucho tiempo. Me acordaba, pero no hacía mucho caso de mi recuerdo, no sé si porque no resultaba o porque yo no acababa de ver claro cómo iba a ocurrir entonces, al cabo de más de treinta años. Bruscamente, en 1939, dejé de ser incansable, dejé de ser inagotable y algo le pasó a la risa, a los chistes, al barullo, al ir y venir, al viajar, al comer, al beber, al divertirse y al trabajar y a la fama y al dinero. Tenía treinta y un años cuando empecé a sentir una horrible tristeza que iba conmigo a todas partes. Quizá se debía a que la guerra se nos venía encima otra vez. Y pensaba: <<Hay demasiada gente en las calles. Si ahora mi padre volviera se perdería entre todo ese histerismo; si nos encontrásemos cara a cara no me conocería, tendría miedo de todo el mundo, y también miedo de mí.>>
Conocí a una muchachita y me casé con ella, y ella tuvo un hijo, y yo lo miré y lo olí y le escuché y le hablé, y en mi pensamiento ocurrió algo muy simple, esto: <<Aquí está él, y muy pronto le veré subir por una calle y se parará delante de mí y me hablará, tal como yo sabía que iba a ocurrir. Este viejo que tiene ya ocho horas es mi padre.>>
Pero luego lo dejé correr. No creí que resultara. No era exactamente lo mismo, aunque en realidad había en ello algo que no podía descartarse del todo.
Cuando, después de la guerra, volví a ver a mi hijo, él ya tenía dos años; pero no me conoció, aunque también puede decirse que yo le conociera a él. En los primeros meses de su vida su llanto me llenaba de inquietud, porque no era como el de los otros niños.
Cuando volví de Europa, furioso, confuso, enfermo, desesperado y tan muerto como vivo, mi hijo me miró y se echó a llorar. Lo primero que pensé es: <<Aquí está mi pobre padre, muerto a los treinta y seis años, que ha vuelto y está enfadado. ¿Enfadado conmigo por haberle traído aquí otra vez? ¿He hecho mal? ¿He cometido algún crimen contra él?
Luego nos separamos; pero entonces había ya una niña junto al hijo, y ellos se quedaron con su madre y yo me puse a pensar: ¿Cómo estarán, qué les pasará, cómo se las arreglarán, estarán bien?>>
Entonces yo era más viejo de lo que tu fuiste nunca. Estábamos en 1949. Yo tenía cuarenta y un años, y depresión nerviosa. Una depresión total, pero eso no importa, está ocurriendo a todas horas, puede ocurrirle a cualquiera, incluso diría que a mí me parece que tiene que ocurrirle a todo el mundo, pero cuando le toca a uno entonces es distinto, no es simplemente una cosa de la que se habla, es una cosa que te está pasando, y que es espantosa, y tienes que ser muy duro y tener mucha suerte para seguir viviendo.
Durante varios años, no volví al cementerio de San José, aunque pase en coche por la carretera que cruza por allí cerca y me acorde de la tumba y miré varias veces en aquella dirección. Ya no pensaba en ello como antes; sólo pasaba en el coche y mis recuerdos me seguían hechos pedazos, tratando de darme alcance y volver a juntarse.
Y así mucho tiempo. A veces me despertaba sobresaltado, como si despertara de la muerte, y trataba de ordenarlo todo, preguntándome: <<Vamos a ver, ¿dónde estoy? ¿Dónde están los míos? ¿Dónde está mi padre? ¿Dónde está mi hijo?>> Y entoces poco a poco, todo volvía y yo sabía lo que sabe todo hombre que aún esté vivo. Me levantaba, encendía un cigarrillo, echaba whisky en un vaso, y mientras inhalaba el humo y tragaba el whisky, trataba de pensar.
Veía de vez en cuando a mí hijo, y a su hermana, y hablaba con él y con ella; pero éramos extraños; en realidad, yo no los conocía, ni a él ni a ella, ni te conocía a ti, ni me conocía a mí mismo.
Y un día, en Nueva York, yo subía por la Quinta Avenida. Venía de la Calle 44. Adrede había omitido escribir a mi hijo para decirle que iría a Nueva York, porque él casi nunca contestaba mis cartas y cuando lo hacía sus cartas me parecían extrañas. En una hasta me decía que mis cartas le fastidiaban. De modo que dejé de escribirle.
Cuando le vi bajar por la Quinta Avenida yo sabía que aquél era mi hijo; pero no importaba, y decidí seguir andando y dejar las cosas como estaban. No había nada que decir. Está ocurriendo a todas horas. ¿Quién es padre de quién? ¿Es alguien el padre de alguien? ¿No será alguna descabellada idea del mundo el padre de todos los hombres? <<Ya ha cumplido quince años, es tan alto como yo y está bajando hacia mí por la Quinta Avenida; pero yo no me pararé. Yo le habré visto y él a mí no.>>
Y entonces pensé: <<En realidad, es como si mi padre estuviera bajando por la calle hacia mí, tal como siempre imaginé, sólo que ahora yo le veo y él no me ve, será como si pasara un desconocido, ni más ni menos, y está bien que así sea.>>
Yo avanzaba sin dejar de mirarle y cuando estuvimos a un metro el uno del otro, entre docenas de personas, él me vio a mí como yo estaba viéndole y yo seguí calle arriba y él siguió calle abajo. Yo no sonreí y el no sonrió. Yo no moví la cabeza y él no movió la cabeza. Y no me importó, y no me importó que a él no le importara.
Y entonces sucedió aquello; pero no sucedió exactamente igual a como yo lo había imaginado durante tanto tiempo.
Yo iba andando en línea recta, cuando alguien vino corriendo entre la gente hasta situarse a mi lado y al alcanzarme casi gritó:
-¡Papá!
Yo me paré y él me dijo:
-¡Por Dios, papá! Has pasado por mi lado, me has visto y no te has parado. Yo debía estar soñando o algo así, porque no estaba seguro de que fueras tú. Creí que forzosamente debía ser otro. ¿Por qué no te has parado, papá? ¿Por qué no me has dicho nada? ¿Por qué no me has llamado?
-Óyeme, hijo -le dije-. Sí, te he visto; tú ibas a algún sitio y he pensado que no debía pararte, ni llamarte. Ahora sé que vas a algún sitio; de modo que vete ya porque yo también tengo que irme.
No estaba enfadado y él lo sabía y me entendió.
-¿Puedo llamarte al hotel?
-Cuando tú quieras.
Él siguió por la Quinta Avenida abajo y yo por la Quinta Avenida arriba.
Hacía muchos años que yo paraba en el mismo hotel, y él lo sabía, y aquel mismo día, muchas horas después, alrededor de las once de la noche, me llamó y hablamos, y una hora después él fue al hotel y salimos y estuvimos paseando y hablando.
Poco después, salí para Europa; todos los años voy y vengo, y un día, al volver a San Francisco, encontré una carta de alguien de la Universidad estatal de San José, por la que me invitaban a ir allí a hablar. Y de repente me acordé de aquel pedazo de tierra del cementerio de San José y contesté que sí, que iría y me quedaría dos o tres días. Cuando llegué, me fui directamente al cementerio, entré en la oficina y una señora sacó el registro y me dio el número y me dijo cómo podía llegar hasta allí, y yo fui hasta allí y me encontré delante de tu tumba y me quedé mirando la hierba.
Sólo quería estar allí.
Recordé la primera vez que fui, con tu hermano Mihran, el día en que él lloró y yo me reí.
Padre, cuando yo estaba allí, tenía cincuenta y ocho años, mi hijo, veintitrés, tu hermano había muerto el año anterior, a los setenta y siete años, y tus huesos seguían teniendo treinta y seis años. No estoy seguro, no podría jurarlo, pero me parece que entonces me dije, o pensé, o sentí: <<Sí, mi padre está ahí, muerto.>>
Tengo la impresión de que me equivocaba, pero pensé, o dije, o sentí, o creí, algo por el estilo. Pero no tenía pena. Supongo que no la tenía porque tampoco la había tenido cuando era niño y creía que cualquier día te vería subir por una calle, venir hacia mí y llamarme. Esto nunca ocurrió; pero algo ocurrió. Seguramente no significará mucho; pero me ha parecido que haría bien en decirlo, antes de que volviera a olvidarlo.

La Muerte de un Presidente

Rubén Jaén Centeno
"Memorias de un Cirujano del Corazón"

Cuando, por cualquier circunstancia, nos vemos envueltos en acontecimientos de gran repercusión, nos percatamos de que la verdad, cuyo valor tanto se destaca en nuestra enseñanza, es en apariencia un exabrupto, que crea problemas y estorbos para el desarrollo normal del sistema social establecido. Esta realidad, que parece una blasfemia en el llamado mundo civilizado, ha sido reconocida desde hace siglos por otros pueblos cuya filosofía es totalmente diferente. Algunas tribus de Africa, por ejemplo, tienen una moral muy peculiar, como pude apreciar durante mi permanencia allí. Para ellos, pueblos de orgullo infinito y mentes complicadas, engañar al enemigo es una victoria, y las palabras carecen de significado: el sí, puede ser no, y la promesa, una emboscada. Si el ingenuo cae en la trampa, hay motivo para celebrar, y todo ello es corriente y aceptado en unos grupos humanos que, por otra parte, tienen la costumbre de cederle sus esposas a los amigos como señal de aprecio y cortesía. Esta diferencia total en el comportamiento ha conducido al fracaso incluso a los conductores de las grandes potencias, los cuales insisten en negociar con ciertos países como si la moral llamada occidental fuera universalmente aceptada.
Para los habitantes de Venezuela, es bueno reconocer que, aunque nuestros dirigentes no tengan conceptos antropológicos sobre la verdad, la modalidad africana se aplica fielmente, quizás por la gran variedad de razas que componen nuestra nacionalidad. Los españoles, muy influenciados por los árabes, son anarquistas por excelencia. Angel Ganivet, quien hizo estudios profundos sobre las raíces de la conducta de los ibéricos, observó: "En la Edad Media, nuestras regiones querían reyes propios, no para estar mejor gobernadas, sino para destruir el poder real: las ciudades querían fueros que las eximieran de la autoridad de los reyes, ya achicados; y todas las clases sociales querían fueros y privilegios a montones. Entonces estuvo nuestra Patria a dos pasos de realizar su ideal jurídico: que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana". Si le agregamos a este individualismo desbordado las frustraciones de los negros y de los indios, y un toque árabe, tendremos un pueblo de temperamento explosivo y de manejo harto difícil.
Si los súbditos son díscolos, los gobernantes latinos tienen ejemplo de sobra para ejercer el poder de una manera muy particular, como lo prueba el documento que firmó el rey Felipe II de España en la ciudad de Aranjuez, el 27 de mayo de 1568, con las condiciones impuestas a los futuros colonizadores de la provincia de Nueva Andalucía, en la parte oriental de lo que hoy es Venezuela. Su Majestad envía para esa empresa "cuatro navíos armados y aderezados, dos de ellos de doscientas toneladas y los otros dos, de a ciento y quinientos hombres en ellos, ciento de ellos casados -formaba parte de este grupo mi antepasado el Capitán Francisco Centeno- y los demás, gente de mar y de guerra", bajo el comando del Muy Ilustre Señor Diego Fernandez de Serpa. Y sigue el monarca: "las descubriréis y poblaréis y haréis otras cosas necesarias, todo ello a vuestra costa y mención, sin que Nos y los Reyes que después Nos vinieren, seamos obligados a satisfacer ni pagar los gastos que en ella hubiere". A continuación asigna al Gobernador y Capitán General "por vuestra vida y la vida de otro hijo y heredero vuestro que nombraredes, con dos mil ducados de quitación, los cuales habeis de cobrar y ser pagados con los frutos y rentas de dichas tierras porque, no los habiendo, no seamos obligados a pagarlos de nuestra Real Hacienda". En otras palabras, un dignatario con títulos que llenarían una página, dirigente de uno de los imperios más poderosos del mundo, mandaba a sus súbditos a descubrir y conquistar tierras de posibilidades desconocidas, y le asignaba a su comandante un salario teórico que debía buscar como pudiera porque ni el propio Rey ni sus sucesores podían pagarlo. No es de extrañar que, con esa conducta, repetida mil veces a través de los siglos, los actuales aspirantes al poder y al dinero no tengan muchos escrúpulos para conseguirlos.
El asesinato del teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta de Gobierno de Venezuela, es un ejemplo notable del resultado de esta serie de distorsiones. Pertenecía a una clase social alta y había sido educado en Europa. Para la oficialidad venezolana, nunca estuvo integrado del todo a sus cuadros, y hasta se hablaba de su condición de "asimilado", término un poco despectivo que se aplica a los profesionales -médicos, ingenieros, etc-, que son aceptados en las Fuerzas Armadas con una condición temporal. Distinguido y culto, era visto con agrado por el escritor-presidente Rómulo Gallegos, quien nunca imaginó que su amigo también participaría en la conspiración que lo derrocó en el mes de noviembre de 1948.
Por otra parte, Rafael Simón Urbina, un personaje que se movió siempre en ambientes de guerrilla, intentos de revolución y venganzas personales, había acumulado contra Delgado Chalbaud un sentimiento de odio derivado de verdaderas o pretendidas actitudes de desprecio. De ahí que como era una persona audaz y de gran valor, fuera el preferido por todos los que querían expulsar a Delgado de su posición en la Junta de Gobierno.
Los acontecimientos demostraron que el militar, formado en Francia, no pensaba mucho en el peligro de los guerrilleros y en la posibilidad de una emboscada. Como viajaba sin escolta, fue fácil para los conspiradores secuestrarlo a pocas cuadras de su casa. Para todos los que estudiamos el caso y hasta leímos el grueso expediente, se trataba de un secuestro con intenciones de enviarlo al extranjero, más que de un asesinato premeditado. En efecto, no había ninguna razón para llevarlo a un sitio apartado, porque la ejecución hubiera podido ser inmediata y la huida más fácil. Muchos creemos que las segunda parte del plan era embarcarlo en un avión y mandarlo al exilio, pero quiso el destino que un disparo accidental causara una herida grave en la pierna de Urbina, y así todo se le fue de las manos.
En la mañana del 13 de noviembre de 1950, uno poco antes de las ocho de la mañana, recibimos una llamada en el Hospital Militar -en esa época ubicado en la esquina de Poleo, Caracas- para alertar al personal sobre la llegada del Presidente de la Junta de Gobierno, herido, junto con su edecán, en un atentado. A los pocos minutos, en medio de una gran conmoción, un grupo de personas trajo el cuerpo del teniente coronel Delgado Chalbaud, cubierto sólo de unos calzoncillos cortos de color blanco y, sobre el pecho y la cara, la parte superior de un traje de dama, de los llamados de dos piezas, que se le había colocado para evitar las miradas de los curiosos. Su esposa Lucía, que lo acompañaba, era la propietaria del traje mencionado y se cubría con una chaqueta militar de talla muy grande y con las presillas de teniente coronel. Luego supimos que pertenecía a un oficial de apellido Angulo, quien se la había cedido por respeto y en aras del pudor.
En el recinto de emergencia estábamos los doctores Enrique González Eraso, anestesista; Alberto Padua, transfusor; y yo, además de otros médicos de la Institución. Apenas le vi la cara al infortunado oficial, me percaté de que había fallecido y así se lo hice saber a su esposa, quien tuvo una reacción violenta muy comprensible si tomamos en cuenta su angustia e indignación. Exigió con voz alterada que se comenzara el tratamiento y, sin más argumentos, el doctor Padua colocó una transfusión en una vena del pie, y el doctor González Erao comenzó la administración de oxígeno. La señora de Delgado permaneció allí todo el tiempo de nuestro inútil esfuerzo, de pie, con cara impasible y sin derramar una lágrima. Poco a poco se convenció de lo inevitable cuando le mostramos que el oxígeno que pasaba por la máscara salía por un orificio en la parte derecha del cráneo.
Retiramos los instrumentos y permanecimos en silencio. Nos encontrábamos ante un espectáculo lamentable: un hombre en la plenitud de su vida, perfectamente proporcionado y en excelentes condiciones físicas, yacía en aquella camilla con tres heridas mortales: una en el abdomen, otra en el tórax, y la última en el cráneo. Además había otra lesión, causada por un instrumento contundente, en la parte posterior del cuero cabelludo, y un hematoma redondo en una mejilla, como si allí se hubiera apoyado, con gran fuerza, el cañón de un revólver.
A lo pocos minutos hizo acto de presencia el doctor Rudolf Jaffe, patólogo de merecida fama internacional, quien procedió a efectuar la autopsia. Como no había otro especialista en el ramo, me vi en la obligación de ayudarlo, y así pudimos comprobar que el proyectil que había entrado en la cavidad abdominal causó la rotura de la aorta, y que la herida del tórax también era mortal porque había desgarrado la aurícula izquierda y provocado una enorme hemorragia. Es interesante destacar que el cerebro no tenía sangramiento debido a que la bala había hecho impacto luego de la muerte, sin ninguna sangre circulante, porque todo el volumen sanguíneo lo había perdido por las heridas de la aorta y el corazón.
En el expediente los acusados afirman que la muerte se había producido durante un forcejeo. Es posible, pero no se entiende la necesidad de hacerle dos disparos mortales a un hombre desarmado, para luego rematarlo con el clásico tiro de gracia. Horas más tarde algunos de los indiciados llegaron al Hospital Militar, en estado de embriaguez, y esa condición podría explicar ese asesinato inútil. Pero lo cierto es que todos estaban envalentonados y en franca actitud agresiva que se prolongó por muchos días, al menos en los que estuvieron hospitalizados y que, de continuo, insultaban a los guardias y al personal, como si estuvieran seguros de una libertad pronta y de contar con la protección de alguien muy importante a quien nunca delataron. Más tarde, quizás porque la investigación no se profundizó, las cosas tomaron el camino criolla: la mentira se convirtió en verdad y los miembros de la gavilla pasaron años en prisión. De todas maneras se había eliminado a un ser incómodo, un estorbo para ciertos planes, en afortunada ¿coincidencia? que facilitó muchas cosas.
Pero la tragedia de falsedades tenía que continuar. Como se dijo antes, el presunto jefe de la conspiración había recibido un proyectil de calibre 45 en la pierna y su estado era grave por la pérdida de sangre, lo que le obligó a buscar asilo en la Embajada de Nicaragua.
A las pocas horas, el dolor ocasionado por la fractura de la tibia y del peroné se hizo intolerable y apareció la amenaza de gangrena. Un médico militar de alta graduación lo examinó y ordenó su traslado a un hopital para darle tratamiento, a lo que se opusieron tanto el herido, veterano en esas lides y que se imaginó lo que le esperaba, como sus angustiados familiares. Sin embargo, las autoridades presentes le aseguraron que sería llevado al hospital privado Centro Médico de Caracas y así lo confirmó el médico mencionado quien, de buena fe, empeñó su palabra para que el herido aceptara esa solución.
Una caravana salió de la Embajada… pero bruscamente dejó la vía que conducía al Centro Médico y se dirigió hacia Catia, hacia la carcel, muy probablemente en medio de las protestas del revolucionario crónico.
Como de costumbre, los médicos del Hospital Militar seguíamos acuartelados, mientras los políticos hacían sus trágicas travesuras. A las seis de la tarde se recibió una llamada para que preparáramos con urgencia el quirófano, porque era necesario amputarle la extremidad inferior al señor Urbina. Llamé al anestesista de turno y puse sobre aviso al enfermero Lara, persona extraordinaria e imprescindible por su capacidad de servicio. Preparamos el pabellón de cirugía y nos sentamos a esperar. Transcurrieron dos horas y nada sucedió. A las tres horas una nueva llamada nos informó que el quirófano ya no era necesario, porque no habría operación. Una simple orden que nos hizo comprender que nuestro posible paciente había sido enviado, como se dice en el argot militar, a "otro destino".
En la madrugada conocimos la versión oficial: Urbina había sido muerto mientras intentaba escapar de la guardia policial que lo conducía en automóvil al Hospital Militar. El incidente había ocurrido en el cerro llamado del Atlántico. No hicimos comentario alguno, pero sabíamos que pronto conoceríamos la verdad porque, en Venezuela, no es posible mantener secretos.
Mi amigo Blas Bruni Celli era patólogo del Hospital Vargas de Caracas, y habíamos hecho una buena relación por su gran ayuda en mis trabajos de cirugía experimental. Probablemente sabía acerca de mi frutrado papel como cirujano de Urbina y una mañana me citó a su oficina. "Rubén, te voy a eneñar algo muy curioso. Es una foto histórica que tiene para ti un gran interés". Extrajo de una gaveta una fotografía, en blanco y negro que motraba la cabeza de un hombre de unos sesenta años, de nariz larga, flaco y de pelo canoso, atravesada por una sonda de metal, uno de cuyos extremos salía por la frente y el otro por la región occipital. En otras palabras, el trayecto de los tiros de gracia. "Sabes quién es esta persona?" Hice un gesto negativo. "Pues bien, éste era tu paciente, el que ibas a amputar en el Hospital Militar". No pude evitar un comentario: "La verdad Blas, es que esos policías tienen muy buena puntería porque lograron este impacto tan noble, en medio de un violento forcejeo y dentro de un automóvil".
Para un joven de veinticuatro años, los hechos que había presenciado no eran, ciertamente, una lección moral. El día anterior había recibido el cadáver de Delgado Chalbaud con tres heridas de bala, una de ellas, también de gracia; había visto la terrible reacción de su viuda y de su primo y amigo, el teniente coronel Jiménez Velásquez, y, para remate, días más tarde, después del pomposo entierro del ascendido en forma póstuma a coronel, sería testigo de la discusión en el hospital sobre lo que se haría con las vísceras del oficial fallecido, las cuales se encontraban desde el día de la autopsia en una lata de metal grande, de las usadas para el yeso de traumatología. Finalmente, luego de pasar por varias dependencias del Instituto, éstas llegaron a su destino final: el crematorio. Sic transit gloria mundi.

viernes, 25 de junio de 2010

Un dia, una habitación

Somos animales viles y egoí­stas que se arrastran por la Tierra, pero como tenemos cerebro, de vez en cuando podemos aspirar, con gran esfuerzo, a hacer algo que no sea del todo malo. "Un día, una habitación"
House M.D.

Rubaiyat - 01

La aurora: felicidad y pureza. Un inmenso rubí cintila en cada copa.
Coge dos ramas de sándalo: haz con una de ellas un laúd y deja que
la otra te perfume.