sábado, 2 de noviembre de 2013

Apología de la flatulencia IV

Rubén Monasterios

Lo del daño cerebral alegado por Cela, es verídico: lo saben los doctores desde tiempos remotos. Hipócrates, el padre de la medicina, advirtió contra la nociva práctica de retener los peos; el sabio Quintiliano lo expuso claramente en uno de sus tratados: “Un pedo que, para salir, ha realizado esfuerzo vano trasladando su ímpetu a las entrañas desgarradas, a menudo causa la muerte”. Tirarse pedos es un recurso salutífero del organismo para prevenir numerosas enfermedades:
dolor hipocondríaco, furor uterino, cólico, pasión idílica y ¡pare usted de contar! Cuando reprimimos los flatos, o algo entorpece su salida, deben dar vuelta y atacan directamente al cerebro, y como efecto de la enorme cantidad de vapores que transportan, corrompen la imaginación y vuelven a la persona melancólica y frenética.

Afortunadamente, en la modernidad nadie está obligado a soportar esos agobios; de fallar la farmacología antiflatuléntica, la ciencia pone a disposición de quien quiera usarla una prenda íntima confeccionada en 1935 por Coco Chanel,  a partir del diseño del proctólogo austrohúngaro Biela Weimar; su propósito es ayudar a las personas afectadas por incontenentia crepita pestiferum, o sea, por la incapacidad de retener sus gases intestinales pestíferos. Es una especie de  calzoncillo cuya parte trasera, hecha de un material especial, opaca el sonido de los cuescos; va provisto de un filtro en ese mismo lugar para evitar la difusión de su aroma. Desde luego, sólo controla las flatulencias normales; nada puede hacer tratándose de pedos wagnerianos.
Celebridades como  Balzac y Cela se valieron del pedo con el propósito de épater le bourgeois,  que es  una manera elegante de decir: joder al apacible vecino; en tal propósito también ejemplifican el uso del  viento orgánico como recurso para alterar el orden; en efecto, es un medio de protesta; simular vocalmente un pedo es una manera tajante de expresar  repudio por un personaje público; dejar  escapar un  sonoro viento  detiene la verbosidad y libera la asamblea del agobio de un orador de esos que  prolongan indefinidamente su discurso soporífico. ¡Nadie  se atreve a continuar una perorata después de ser interrumpido por un  buen pedo! Como suele ser celebrado con risas, el personaje más solemne y pomposo pierde su gravedad ante hilarante acontecimiento; su sonido armonioso e imprevisto disipa el aletargamiento de los espíritus y el olor puede dispersar la más compacta reunión.
En la protesta específicamente política, el papel del vapor intestinal es invalorable; de hecho, es un vero  símbolo de la libertad.
Tal cualidad del flato fue reconocida por los estoicos, los más refinados entre los filósofos griegos; convencieron a sus adversarios que la democracia sólo se consolidaba de suspenderse la  represión no sólo de los pedos, sino también de los eructos.
En sentido opuesto, el pedo y su pariente cercano, el eructo, también son significantes de satisfacción; entre los chinos pearse y eructar  son las formas más correctas de expresar a los anfitriones  profunda gratificación y agradecimiento por una comida opípara, y son gestos  que todo el mundo celebra con alegría.
No es necesario remontarnos a tan remotas latitudes para encontrar normas sociales semejantes; en Venezuela son propias de los marabinos o maracuchos, y de los zulianos en general, tanto que exaltan la costumbre en una de sus formas de canción folclórica, la gaita; citamos algunas estrofas de una de las más significativas, titulada ¡Mirá, mirá, maracucho!:

(Estribillo)
Mirá, mirá, maracucho,
este viento de Perucho!
¡Mirá, compadre Perucho,
los peos del maracucho!
¡Mirá, mirá, que son muchos
los amigos maracuchos
que aplauden al que se pea!
y aunque usted no me lo crea,
que no ven como exabrupto
la producción de un  eructo.
Doce peos y tres eructos
brotados por los conductos,
pa’ el zuliano son certeza
de energía y fortaleza;
así muestran su contento
por el abastecimiento.
¡Y al complacido anfitrión
llenan de satisfacción!

Como viene a ser evidente, existe una estrecha relación entre el pedo y el eructo; son, como dijimos, parientes cercanos, aunque con relevantes diferencias; la más obvia  radica en los orificios por donde se produce  la  emisión; una ingeniosa cuarteta del acervo folclórico los alude en los siguientes términos:

El eructo, siendo más galano,
es un viento que  sale por la  boca
en tanto el pedo, que no es  tan ufano, es un aire aventado por el ano.

Y en esos ingenuos versos también se  hace sentir un prejuicio generalizado: atribuyen al eructo la cualidad de “más galano”, vale decir, más distinguido, más elegante… en resumen, le confieren un  estatus por alguna razón superior al del pedo.
Es un hecho que la gente común soporta al primero mejor que al segundo, quizá  debido al sitio por donde salen, por cuanto la boca se exhibe inevitablemente, exceptuadas las mujeres islámicas fundamentalistas; siendo  bella, es un componente notable de la estética facial, y en tal sentido es un reclamo sexual a primera vista, en tanto el ano, por la propia configuración anatómica de los primates, aunque es un precioso agujerito “húmedo y contráctil”, como lo acota Neruda, está escondido, y de él se desprende un olor desagradable para los más delicados;  sin embargo, a partir de que el eructo salga por la boca, no debemos colegir su superioridad ante el pedo; lo cierto es que desde toda perspectiva el flato es mucho más valioso, tal como se pone de manifiesto en este ensayo; incluso, es más poético; Antonio Machado lo definió en Soledades, en los siguientes término: “El pedo es  una voz interior que no podemos evitar escuchar”; jamás se ha escrito tan sublime frase respecto al eructo.
También viene a lugar tomar en cuenta que con el eructo no tiene sentido la más placentera de las combinaciones fisiológicas: orinar y largar un viento al unísono; mear sin tirarse un buen peo, es como ir a la playa y no ver el mar;  al respecto, existe un aforismo de los antiguos fisiólogos que reza:
Mingere cum bomba res
Gratíssima lumbis est.
(Mear tirándose un peo, gratísima cosa es.)
Pero existen diferencias más trascendentes, inherentes al proceso de su generación, consecuente configuración y desarrollo en el organismo; el eructo es un simple gas estomacal; el pedo, en cambio, es gas intestinal, y responde a un conjunto de fenómenos bioquímicos y fisiológicos mucho más complejo; lo produce la combustión del bolo alimenticio cuando ocurre la asimilación de los alimentos; la hediondez propia de la flatulencia se debe, en lo esencial, a la putrefacción, como efecto la acción de bacterias, de alimentos que no son  digeridos, y por esa razón  no del todo absorbidos e incorporados a nuestro organismo. Ese conocimiento viene de tiempos remotos; véase la siguiente descripción de la dinámica  del flato debida a Skorpios, un fisiólogo griego del s. IV a.C.; la ciencia moderna la considera del todo válida. Como era propio de los filósofos y demás científicos de la Antigüedad, expone el saber en versos:

Un vórtice de aire comprimido
que buscando la adecuada  forma
de escapar de donde yace retenido,
en pestífera bomba se transforma:
hincha y recorre el tubo enfurecido,
hasta que al fin, origina el beneficio
de salir, silencioso o con ruido,
cuando encuentra al cabo el orificio
que al terminar el tubo tiene todo ente,
sea tal individuo animal, o gente.

El falto también es un excelente aliado del humor; el peo en sí, ya es cómico, y los chistes que lo aluden se cuentan entre los más agudos; a manera de ilustración, recordemos un par de ellos, de los clásicos:
Alguien pregunta: “¿Sabe usted por qué huelen los peos?” El interrogado responde: “Bueno, por los gases pestilentes que contienen”… “¡No!” –replica el primero–. “Es para que  los sordos también puedan gozar de ellos”…
(Continuará)

viernes, 1 de noviembre de 2013

Un giorno...



Un giorno un uomo ricco consegnò un cesto di spazzatura ad un uomo povero, l'uomo povero gli sorrise e se ne andò con il cesto, lo svuotò e lo lavò, e poi lo riempì di fiori bellissimi, ritornò dall'uomo ricco e glielo diede, l'uomo ricco si stupì e gli disse:

"Perchè mi hai dato questi fiori bellissimi se io ti ho dato spazzatura?".

E l'uomo povero disse:

"Ogni persona dà ciò che ha nel Cuore".

Rabbia e Paura

Un uomo giunse in Cina. Quando entrò nel Paese – deve trattarsi di una storia antichissima – proprio alla frontiera, vide una folla di gente. Due individui si stavano quasi per uccidere. Gridavano, facendo grandi balzi l’uno verso l’altro, con gesti furiosi e con le spade sguainate. In realtà non stava succedendo nulla: era come in un film, sembrava solo un gioco. Il nostro viaggiatore non riusciva a cogliere la minima rabbia sui loro volti. I loro sguardi erano calmi e sereni, i loro volti distesi; entrambi sembravano saldi e centrati.

Perchè, dunque, tutto questo urlare, questo lampeggiare di spade, e questi balzi e queste urla e questi attacchi a sorpresa? Nessuno veniva colpito, e nessuno cercava di fermarli. La folla stava a guardare pacifica quella sceneggiata.

Dopo un pò l’uomo cominciò a stancarsi e ad annoiarsi. Si desidera sempre che accada qualcosa di emozionante. Alla fine, uno dei due andò in collera: divenne rosso in volto, i suoi occhi presero a fiammeggiare… e quel punto la folla si dileguò e la lotta finì.

Il nuovo arrivato non riusciva a crederci, non capiva cos’era successo. Chiese a uno dei presenti: “Cosa significa? Non ho capito cos’è successo… erano tutti e due pronti ad ammazzarsi, ma quando è giunto il momento dell’azione, quando uno dei due si era veramente alterato e aveva perso la sua freddezza, a quel punto tutto è finito.. come mai?"

Gli venne risposto: “Sono entrambi taoisti, seguaci di Lao Tzu, e nelle scuole taoiste esiste questo criterio: nell’istante in cui una persona va in collera, è sconfitta. A quel punto non è più necessario lottare, ha rivelato la sua impotenza, la sua paura. Questo è sufficiente! La sua rabbia dimostra che è un codardo. A quel punto la lotta finisce: l’altro si è guadagnato la vittoria, è il vincitore, perchè è rimasto distaccato. Non è stato possibile distoglierlo dal suo centro. Non è stato possibile scalfirlo nella sua integrità. E’ rimasto integro!".

Apología de la flatulencia III

Rubén Monasterios

En tiempos de la Colonia  los pedos comenzaron a considerarse actos de mala educación en la alta sociedad de Caracas; sin embargo,  el  flato seguía presente en el organismo humano, obviamente… ¡Porque el peo es como Dios, intangible, pero eterno y omnipresente!; al respecto, viene al caso citar los siguientes versos de Lope de Vega; es un parlamento de su comedia La dama boba, eliminado por los censores de tiempos más recientes:

¡Seamos hombres, o gentiles damas
niños, adultos, ancianos o ancianas;
Seamos bellos, o esperpentos feos
todos, sin excepción, largamos  peos!

Y ese prodigioso fenómeno fisiológico ocurre al menos trece veces al día. Siendo, pues, inevitable la expulsión de los pedos, las damas mantuanas siempre andaban en compañía de una pequeña esclava, a la que atribuían los vientos largados por ellas; además, para poner en evidencia su reprobación del gesto, le daban unos pescozones por la indecencia.
De ahí viene la expresión “paga peos”.
Al pueblo llano, en cambio, no le inquietaban las flatulencias; en Venezuela, hasta principios del siglo diecinueve, la gente  común seguía la sana práctica de orinar, defecar, largar flatos y fornicar en los teatros; no obstante, en 1834 la municipalidad de Caracas promulgó un fatídico Reglamento de Policía del Teatro que prohibió tales conductas, so pena de cárcel y multas. Los empresarios, en oposición a esa ordenanza, alegaron que coartaba la libertad del soberano; que no había razón para privar al público del precioso derecho de ponerse el sombrero, fumar tabaco, pearse y mear donde se le antojase, cosa que no estaba prohibida ni a los perros; y que si las señoras no querían ver ni oler, que cerraran los ojos y se taparan las narices. Ese decreto represor de la libertad hasta el día de hoy no ha sido derogado.
Lamentablemente, en el marco de la civilización occidental moderna el pedo es una indecencia, y no faltan quienes, sin fundamento científico alguno, lo consideren  un factor de contaminación ambiental; alegan los Verdes que si bien, individualmente apreciada, la producción de gas intestinal es una cantidad insignificante: unos seiscientos mililitros/día, según lo reseñamos antes, multiplicada por los siete mil millones de almas de la humanidad íntegra, arroja un volumen monumental de tres mil novecientos millones de litros al día, una masa apestosa y letal que impregna la atmósfera; y eso sin tomar en cuenta a los animales, en especial los herbívoros. Razón suficiente –dicen los promotores de la idea– para entender lo absurdo de la frase que decimos corrientemente: “Voy a salir de casa a coger un poco de aire fresco”.
Atribuyen aterradores efectos a la concentración cada vez mayor de gases intestinales en la atmósfera, desde su  influencia en el aumento del tamaño del agujero en la capa de ozono, hasta la incidencia alarmante del cáncer y  otras diversas enfermedades respiratorias y cerebrales. Con el crecimiento en progresión geométrica de la población mundial, esa concentración alcanzará su nivel crítico en la primera mitad del siglo veintiuno, y entonces todos moriremos ahogados en la masa pútrida; la humanidad se extinguirá, como ocurrió con los dinosaurios. El argumento apocalíptico es del todo falaz; se desploma al no tomar en cuenta la sutil naturaleza de la flatulencia, cuyo efecto es su rápida disolución en la atmósfera del  planeta; puede, en consecuencia, la humanidad seguir peándose en paz por toda la eternidad.

La tendencia antiflatuléntica radicalizada con la Revolución Francesa, y todavía hoy propugnada por educadores y movimientos ecologistas, en realidad empieza a cobrar forma en Europa a mediados del s. XV, muy probablemente debido a la influencia de la obra del  humanista Erasmo de Rotterdam, el ensayista de temas cívicos más popular en la Europa de esa época. Fue Erasmo uno  de los  acérrimos enemigos de las ventosidades; las condenó en su tratado De civilitate morum puerilium (1528), dedicado al entrenamiento social de los párvulos; ahí acuña la frase “una tos para tapar un pedo”, convertida en aforismo universal que hace mofa de los ridículos esfuerzos de la gente por disimular lo inocultable. “No es socialmente admisible valerse de triquiñuelas, como toser, mover la silla, mirar desaprobatoriamente al perro, como culpabilizándolo,  o hacerse el loco para disimular un cuesco; es imposible, porque si no suena, hiede, y con harta frecuencia hace las dos cosas”; –afirma Erasmo, ya continuación  incurre en la siguiente insensatez– “en aras de la civilidad, lo que debe hacer el niño bien educado es retener los gases comprimiendo el vientre para no ofender a las personas  presentes”.
Erasmo sentó la pauta continuada por todos los demás autores de manuales de urbanidad y buenas costumbres del mundo; entre ellos, el venezolano Manuel Antonio Carreño, autor del más conocido de esos textos didácticos, de enorme influencia en la educación de los niños de América en el siglo diecinueve. Sin lugar a dudas, Carreño es uno de los principales culpables de la repugnancia  por los flatos.

Tanto como detractores, también siempre ha habido campeones del pedo.  El genial Honorato de Balzac declaró una vez que él era tan famoso, que podía permitirse cualquier cosa en sociedad, incluso tirarse un peo, y la gente lo toleraría y hasta lo festejaría.
Camilo José Cela llegó más allá y llevó a la práctica lo dicho por Balzac como una simple suposición; Cela se peaba en cualquier parte con el mayor desparpajo, alegando que reprimir las ventosidades intestinales ocasiona daño cerebral.
Una de las  mejores anécdotas suyas gira en torno a un cuesco…
Estando sentado en un banquete al lado de una dama que le caía muy mal, el Premio Nobel se tira un sonoro pedo; a continuación le dice a la señora, a media voz, pero lo suficientemente alto como para ser escuchado por los comensales del entorno: “No se preocupe, señora, diremos que he sido yo”.
(Continuará)...

La suprema felicidad


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Humor en serio

 

Quiero comenzar ofreciendo, a los promotores de la idea, disculpas por el tema seleccionado esta semana, pero es lo que se denomina en el argot periodístico “un tema servido en bandeja”. Pelar este boche es algo que los lectores no perdonarían nunca por toda la eternidad y mas allá. Sé que a los funcionarios involucrados, curiosa y contradictoriamente, les hace sumamente infelices que uno hable del asunto, pero aun a riesgo de ser catalogado de “estúpido”, la cuestión merece algunos comentarios.

No es por defender al imperio verdadero, pero es inevitable que la BBC, el mundo entero y sus alrededores, al menos, muestren  asombro crítico por el hecho de que en un país donde la gente se cae literalmente a coñazos por un kilo de harina de maíz y un piazo e’ pollo podrío, donde se calculan 25.000 homicidios para el 2013, los puentes se caen y la electricidad falla permanentemente, entre otras muchas otras calamidades cuya sola enumeración nos llevaría toda la edición de este diario (cuyo papel, dicho sea de paso, también escasea), las autoridades creen un Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo.

Si uno no los conociera bien, luego de 15 años de continuos y sistemáticos padecimientos, uno podría pensar que se trata de una joda e incluso de una ironía calculada. Pero no, uno sabe que es en serio la propuesta y seguramente muy honesta, lo que  hace aun mucho más grave el asunto, porque denota que no se están dando cuenta de lo que sucede en Venezuela en esta grave hora. Esta uno tentado a creer que en verdad los conductores del país piensan que todo este desastre que padecemos lo han producido, con su capacidad para el mal y el saboteo criminal,  Henrique Capriles, Leopoldo López y María Corina Machado, la recién creada trilogía satánica, muy a propósito del día de Halloween.

Sobre esto de la felicidad y los gobiernos viene a cuento la anécdota que una vez le escuché a Facundo Cabral cuando contaba que un presidente de Argentina se acercó su madre y le dijo:

¿Señora Sara, soy el presidente, dígame qué puedo hacer por usted?

Y la señora respondió:

- Con que no me joda es más que suficiente.

La verdad que en países como los nuestros, uno no aspira, ni con mucho, a que un gobierno le haga a uno feliz.  Uno se daría por satisfecho con la fortuna de que los gobernantes no nos hagan demasiado infelices. Y es que la felicidad colectiva, organizada desde el poder, es un truco demasiado peligroso si se acepta, porque termina siendo la felicidad de los que están con quien gobierna y para ello, hay que llevarse en los cachos a todos los demás.  Los pueblos que han comprado esta idea han terminado, casi siempre, envueltos en terribles tragedias: en nombre de la felicidad de España, Franco encabezó una guerra civil en la que murieron un millón de españoles, en nombre de la felicidad en Ruanda el gobierno hegemónico hutu asesino a un millón de tutsis y del llamado mar de la felicidad ya han huido más de un millón de cubanos, que prefieren correr el  riesgo de ser devorados por tiburones al de ser felices al gusto de los hermanos Castro. La felicidad, al final, es individual o no es. O, dicho de otra manera, es felicidad de todos y cada uno, es suma, no división, una suma en la que cada uno importa demasiado en su dignidad y en el respeto a sus derechos. Quizá, a fin de cuentas,  la misión de los gobiernos es crear condiciones colectivas para que la felicidad individual se produzca, para que cada quien pueda buscarla sin que lo asesinen en la calle,  consiguiendo comida para alimentarse, colegios buenos para mandar a los niños, luz eléctrica para poder leer libros en la noche y hospitales para que te curen y puedas seguir siendo feliz transitando por amplias alamedas de libertad para vivir, pensar y amar.

Laureano Márquez
Politica | Humor
Diario Tal Cual
viernes 01 de noviembre del 2013