jueves, 17 de octubre de 2013

Arshile Gorki. El punto de partida: sus años en Armenia

Arshile Gorky nació bajo el nombre de Vosdanik Adoian, el día 15 de Abril de 1904, en Khorkom; un pequeño pueblo en la costa sudoriental del lago Van, en la provincia de Van; Armenia. Vosdanik fue el tercero de cuatro hijos y el único hijo varón de la señora Shushanik der Marderosian y su marido; el señor Sedrak Adoian. Vosdanik (nombre que proviene de "Vosdan"; la ciudad natal de su madre) era el heredero de una distinguida dinastía familiar, ya que su madre era descendiente de largas generaciones de sacerdotes apostólicos armenios y su padre, era un granjero propietario de extensos campos. Recibió más adelante el nombre de Manuk, en honor a su abuelo paterno, puesto que, de acuerdo a la tradición armenia, el hijo mayor debía recibir el nombre del patriarca del clan cuando éste falleciera.

Los Adoian fueron una familia unida que vivió junta en Khorkom hasta 1908; año en el cual Sedrak Adoian decidió dejar a su familia en Armenia y dirigirse a Estados Unidos con el fin de escapar a la conscripción para el servicio militar turco, que lo hubiera obligado a luchar en contra de sus  propios hermanos armenios. Sedrak Adoian desapareció de la vida de su hijo cuando éste tenía tan sólo cuatro años de edad, y no volvió a reaparecer sino pasados ya doce años. De este modo, vemos que fue entonces Shushanik; su madre, quien jugó un papel central en la formación de la personalidad y los intereses del niño. Todas las fuentes la retratan como una mujer  amable, cariñosa y devotamente religiosa; como una mujer que estaba muy orgullosa de ser armenia. En años posteriores Gorky la recuerda de la siguiente manera:

"Mother's thoughts were so correct, so valid for so many things in life and especially nature [...] She was the most aesthetically  appreciative, the most poetically incisive master I have encountered in all my life [...] Mother was a poetess of aesthetics. Mother was queen of the aesthetic domain" [Lader, Melvin P. "Gorky". Abbeville. New York, 1985, p. 12].

Una estrecha e íntima relación vinculó a Gorky con su madre; fue una figura que lo acompañó durante toda su vida, quedando plasmada en algunas de sus más brillantes obras. Ya desde muy pequeño, se hicieron evidentes las dotes creativas de Gorky. Tallaba flautas de madera para sus hermanas y amigos, modelaba esculturas a partir de la arcilla que obtenía de las orillas del lago Van y se dice que  comenzó a pintar a los seis años de edad. En 1910, dos años después de la partida de su padre, la familia se mudó a la antigua ciudad de Van, en donde vivieron por unos pocos meses. "Van en este mundo, el paraíso en el próximo" [Waldman, Diane, op.cit., p. 13]. Como muy claramente evoca este proverbio, la tierra de Van posee una belleza muy particular, y esta imagen estará muy presente en las pinturas de Gorky acerca de la naturaleza. En Van, Vosdanik estudió en el colegio apostólico armenio Husisian. Esta región, uno de los más antiguos asientos de la cultura del mundo, con su vasto repertorio de manuscritos antiguos, pinturas murales, esculturas y arquitectura, proporcionó al joven Gorky un rico legado artístico a partir del cual elaborar su pintura.
Ese mismo año la familia Adoian se mudó nuevamente a Aikesdan; un suburbio al este de Van en el cual se instalaron hasta el año 1915. El famoso monasterio de Varak, ampliamente reconocido por su colección de manuscritos medievales armenios, se encontraba bastante cerca y el joven Gorky lo visitaba con frecuencia. Desde 1910 a 1915, Vosdanik asistió al colegio misionero americano en Aikesdan. En el año 1912, en la ciudad de Van, Gorky y su madre posaron para el fotografo local. Esa foto fue enviada a su padre en América y se convirtió en la inspiración para dos obras maestras, tituladas "El artista y su madre", que en la segunda etapa pasaré a analizar. Arshile Gorky estuvo expuesto al arte armenio desde muy temprana edad; estuvo en contacto con iglesias medievales, con manuscritos y objetos decorativos. Arshile recuerda haberse parado, maravillado, frente a las inmensas pinturas doradas en los muros de la iglesia de Vosdán, en el momento en que eran iluminadas por las velas procesionales, revelando imágenes de reyes, caballos y enemigos en batallas. También ejercieron gran influencia sobre él, las inscripciones cuneiformes abstractas en las piedras que hacían de tumbas, y la monumental iglesia de la Santa Cruz (Surp Khatch), en la isla de Akhtamar, en la zona del lago Van. En 1941, Gorky escribió :
  "If one were, on the pain of death, to select precisely the one edifice that remains the master of all art, the choice could only be Akhtamar, that jewel established in our crown of beauty. I vow before it " [Lader, op.cit., p. 13].

Hasta este momento, podemos decir que los primeros años de Gorky en Armenia fueron felices y apacibles, en un entorno que amaba y, muy importante también, en contacto con el arte que amaba. Gracias al estímulo y apoyo de su madre que compartía con él, su particular visión del mundo. Estos años felices serán recreados y anhelados constantemente a través del pincel de Gorky. El fin de la infancia de Gorky llegó abruptamente con la guerra. El sitio de Van por parte de los turcos comenzó en 1914 y forzó a los Adoian a huir de Aikesdan el 15 de Junio de 1915. Partieron, enterrando sus pertenencias en la tierra de su hogar, pensando que pronto se les permitiría regresar. Sólo se llevaron consigo una muy pequeña suma de dinero y raciones de pan para unos pocos días. Miles de armenios fueron obligados a escapar de las masacres turcas, en el contexto del genocidio, hacia la Armenia Caucásica. Durante ese terrible peregrinar, muchos de los refugiados, exhaustos por la marcha pronto murieron por enfermedades o desnutrición. Los Adoian y otros sobrevivientes buscaron refugio en la catedral de Echmiazdin, en donde la tasa de mortandad había alcanzado para diciembre de 1915, la apabulladora cifra de cuatrocientos muertos por día. La familia permaneció allí por tres semanas, para luego continuar la marcha hacia Yerevan.

Entre las masacres, la guerra y la desnutrición causadas por los turcos, Gorky, sus hermanas y su madre, lograron mantener una magra existencia en la Armenia Caucásica. En 1916, las dos hermanas mayores de Gorky se fueron a América, mientras que Gorky y su hermana Vartoosh permanecieron con su madre. Pero a partir de ese momento, las condiciones de la familia Adoian, gradualmente empeoraron. A fines de 1918, Shushanik cayó  gravemente enferma y murió de inanición, a la edad de treinta y nueve años, en los brazos de su pequeño hijo. Arshile y Vartoosh (cargando en sus memorias lo destructivo e irracional de la historia del hombre), gracias a la ayuda de una vieja amiga de la familia, pudieron llegar a América junto a su padre en 1920.

Arshile Gorky:
Una experiencia armenia en la diáspora
Lic. Maria de la Paz Albarracín



Arshile Gorky: Una experiencia armenia en la diáspora I



Lic. Maria de la Paz Albarracín

Introducción
Gorky fue, a la vez, un gran pintor y aspirante a poeta. Fue un hombre de muchos estados de ánimo y variadas facetas; supo ser tímido, cálido, exhuberante y temperamental. Fue un padre cariñoso, un maestro compasivo y un estudiante de los grandes pintores del pasado. Arshile Gorky fue un hombre orgulloso y melancólico, que experimentó el sufrimiento y la más extrema pobreza durante sus últimos años en su Armenia natal; secuelas de estos acontecimientos se advertirán constantemente a lo largo de sus obras.

Hombre de muchas contradicciones, Gorky sentía pasión por su herencia armenia y amaba el arte del pasado, pero a su vez, estaba envuelto en una lucha interna para crear una nueva dirección en la pintura. En esa búsqueda, "Arshile Gorky produjo algunas de las más sublimes pinturas de nuestros tiempos" [Waldman, Diane, "Arshile Gorky. A retrospective (1904-1948)", Carol Fuerstein, Nueva York, 1981, p. 60].

Las alusiones a Armenia se vislumbran constantemente a lo largo de su obra, ya sea en la temática, en los títulos de sus obras, en su utilización del color, e incluso en sus propias palabras a través de las cartas enviadas a su hermana Vartoosh. Sinceramente, este es el aspecto que más me interesa analizar. El tema de la identidad de Arshile Gorky es bastante complejo  puesto que para él mismo fue un gran problema. Gorky fue un alma armenia que se esforzó por insertarse en su nuevo contexto americano, haciéndose pasar por un exiliado ruso, pero nunca lo logró. Creyó que como Armenio nunca iba a ser aceptado en New York y, por ese motivo, trabajó con ahínco para ocultar su verdadera identidad. Sin embargo, lo que logró con esto fue perderse a sí mismo, transitando duros y angustiantes caminos de adaptación . Arshile, en América, no fue ni americano, ni ruso, ni armenio; fue sencillamente un hombre solo. Por esto se dice que Gorky fue un verdadero  "maestro del disfraz", tanto en lo que se refiere a su vida personal como a su trabajo. (continua)





miércoles, 16 de octubre de 2013

Zelig y Woody Allen: la crisis de identidad y su relación con los trastornos de personalidad



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La vi cuando estudiaba cine, en Quito. Quedé en estado de shock. Había visto una de las mejores películas de Woody Allen y encontrado un nombre para mi enfermedad

Yo soy un poco Zelig.

Leonard Zelig nació a finales del siglo XIX. Su infancia, marcada por la pobreza de su padre, el olvidado actor judío Morris Zelig, y la presencia de una madrastra severa y frondosa, fue violenta. Aunque la familia vivía en un departamento alquilado, ubicado sobre una sala de bolos, eran los dueños del establecimiento los que constantemente se quejaban por el ruido.

El pequeño Leonard –nadie le dijo Lenny o Lou sino hasta mucho después– pasó buena parte de su niñez castigado. Lo castigaban por cualquier cosa, incluso por abrir la boca para defenderse de los niños antisemitas que lo acosaban en las calles de su barrio. El castigo consistía en encerrarlo en un armario oscuro durante horas y, cuando estaban realmente enfadados, sus padres se encerraban en el armario con él.

Como suele pasar cuando se habla de traumas, todo indica que de esos días viene la crisis de identidad que luego lo haría tan famoso y que fue advertida, antes que nadie, por Francis Scott Fitzgerald durante una fiesta en Long Island. Esa tarde, el autor de El gran Gatsby registró en su diario la presencia y transformación de Leonard Zelig, a quien llama "un tal Leon Selwyn, o Zelman". Era 1928.

El verdadero Zelig, el que conocemos ahora, del que hay fotos y grabaciones de audio y carteles y hasta un documental de 80 minutos, nació mucho después. Fue alrededor de 1981 en la isla de Manhattan, cerca del Central Park, en la cabeza de Woody Allen. Por esos días el cómico que solía reunir sus bromas en películas como Bananas o El dormilón ya era considerado un cineasta, había ganado dos premios Oscar con Annie Hall y deslumbrado a Cannes con Manhattan. También había fracasado con Recuerdos, para muchos, su versión fallida de 8½, de Fellini, para quien escribe, su mejor película hasta la fecha. El caso es que Woody Allen empezaba a ser Woody Allen y se había propuesto filmar dos películas al mismo tiempo. La una, Comedia sexual de una noche de verano, se estrenó en 1982 y pasó inadvertida. La otra, Zelig, se estrenó al año siguiente y fue un éxito.

Yo la vi cuando estudiaba cine, en Quito, en la clase de producción de documental. ¿Zelig es un documental o una película? Y quedé en estado de shock. Había visto mucho Woody Allen y le hacía propaganda entre mis compañeros diciendo cosas como "tienes que ver Maridos y mujeres", o "tienes que ver Desmontando a Harry", pero desconocía la existencia de Zelig. El siglo XXI recién comenzaba y mientras la gente hablaba de Danny Boyle o David Fincher o Sam Mendes yo insistía con el viejo Woody. Entre clase y clase pasaba las horas en la biblioteca, encerrado en los estrechos cubículos destinados para audiovisuales, viendo una a una sus películas en disco láser, es decir que miraba la mitad y luego daba vuelta al disco y todo eso que ahora parece tan ridículo y primitivo. Pero nunca había visto Zelig.  

El shock fue doble. Había visto una de las mejores películas de Woody Allen, una de las mejores películas que hubiese visto, punto, y había encontrado un nombre para mi enfermedad. Leonard Zelig tenía la… ¿facultad?, ¿discapacidad?, ¿virtud?... de convertirse en quien tuviera a la mano, bastaba que pasara cinco minutos con un asiático para que sus ojos se rasgaran o que le diera la mano a un obeso para que su estómago se hinchara. Yo no. Quizás mentía para caer bien, pero no más que el promedio (sobre todo si tomamos en cuenta que Woody Allen boxeó con un canguro en televisión para complacer al público en 1966). Lo que sí tenía era un personaje, un tipo de veinte años o menos que había llegado de la costa para estudiar a 2.800 metros sobre el nivel del mar. Peor aún, para estudiar cine cuando ya era bastante freak que un costeño, de pueblo, supiera leer y escribir. Sentía que tenía que probarme ante los demás, ganarme un lugar, y para eso veía todo lo que podía. No sé si veía más que el resto, pero veía harto y ahora capto que con eso me defendía. No podía cambiar de piel pero podía cambiar de película y fajarme en cualquier conversación aunque saliera humillado y malherido.

Mientras Leonard Zelig se camuflaba, yo trataba de que me vieran y eso, aunque no parezca, es lo mismo: ninguno de los dos estaba del todo cómodo dentro de su cuerpo.

Zelig costó diez millones de dólares, más que cualquiera de las películas que Woody Allen había filmado antes. Su primer contrato con la United Artist, por ejemplo, lo obligó a rodar tres películas por dos millones de dólares cada una, cantidad limitada aún en 1971, cuando lo firmó. Casi todo el dinero se fue en efectos especiales, en transformar a Woody en Zelig y a Zelig en todo el resto de personajes que aparecen, en su mayoría, durante la primera media hora de película. Zelig es negro, indio, griego, mexicano, italiano, republicano, demócrata, irlandés, judío y nazi. Y es, también, el padre de Forrest Gump: se implantó en la historia americana del siglo XX con trucos de cámara y material de archivo. Para darle un look más real, vintage en serio, el director de fotografía Gordon Willis usó equipos de los años veinte e iluminó tal cual lo hacían los estudios en aquella época, de una manera más bien plana y clara que contradecía su reputación de príncipe de la oscuridad.

 

Willis construyó su nombre entre las sombras de El Padrino I y II, cuando pintó bajo los ojos de Vito Corleone esas ojeras profundas que son, hasta hoy, lo que la gente más recuerda de Marlon Brando. En 1972, cuando Francis Ford Coppola y Mario Puzo se llevaron el Oscar por mejor guión adaptado, El Padrino coronó como mejor película y Brando rechazó la estatuilla a mejor actor por su affair apache, Gordon Willis ni siquiera fue nominado. Zelig, en cambio, le valió su primera candidatura –en 1984– y la fama de ser un fotógrafo técnicamente capaz de todo. Aquello nunca dejó de sorprender a Woody, según él, una vez decidida la estética documental-de-época, respaldada por entrevistas a personajes contemporáneos como Susan Sontag y Saul Bellow (éste último se permitió corregir la gramática de sus diálogos), el rodaje fue pan comido. El gran truco fue arrugar y rayar los rollos de película para que pareciera estropeada por el tiempo y el olvido.

En una entrevista filmada y conducida por su hijo, Nettie Konigsberg, madre de Allan Stewart Konigsberg, alias Woody Allen, la señora que hubiese sido perfecta para el papel de Zelig si el personaje hubiese cambiado, además de raza y credo y lengua, de género y edad, dice: Si no hubiese sido tan estricta contigo serías menos ansioso. Una vez entregado el guión de Zelig a los productores para que calcularan y levantaran el presupuesto, Woody Allen se encontró con su peor pesadilla: dos semanas de tiempo libre, y las invirtió en el guión de La comedia sexual de una noche de verano, algo sencillo, con pocos actores y sin más locaciones que una casa de campo y sus alrededores. En teoría, decidió rodar ambas películas simultáneamente para soportar el largo proceso de postproducción que involucraba Zelig. Pero había algo más: Mia Farrow, la sospecha de que quiso impresionarla filmando dos largometrajes a la vez –algo que no volvería a ocurrir– y la certeza de que hubiese hecho cualquier cosa para pasar más tiempo con ella.  

Zelig y La comedia sexual de una noche de verano fueron las primeras películas de Woody Allen en las que apareció Mia Farrow. Como los trabajadores de una fábrica, filmaban escenas para una por la mañana y escenas para otra por la tarde. Woody, apostándole a la verosimilitud aún cuando él tenía el papel principal, había decidido no contratar actores para Zelig. Varias veces, dice, terminó contratando a los chóferes de los actores que venían a ofrecer sus servicios. Las únicas estrellas eran él y ella. Esto le permitió usar cualquier momento libre para filmar, una y otra vez, con diálogos escritos o improvisados, las famosas Sesiones del cuarto blanco, donde la Dra. Eudora Fletcher, el personaje de Farrow, hipnotiza a Leonard Zelig para remover su pasado. Esa debe ser, tal cual sale en la película, la primera vez que Woody Allen le dijo a Mia Farrow cosas como "quiero irme a la cama contigo", "te amo", "eres la peor cocinera del mundo".

 

Después de Zelig, de ese final en el que ambos terminan alcanzando fama, efímera pero fama al fin al cabo, fue el director el que convirtió a la actriz en su camaleón. Hicieron once películas más juntos y ella llevó a cabo, y a buen puerto, papeles que nadie más le hubiese ofrecido: desde la frágil Cecilia de La rosa púrpura de El Cairo hasta la pasiva-agresiva Judy Roth de Maridos y mujeres, pasando por la extravagante Tina Vitale de Broadway Danny Rose y la intelectual productora de documentales Halley Reed de Delitos y faltas.

 

Mia Farrow era una estrella y abandonó el paseo de la fama para filmar año a año dentro del método Woody Allen, con bajo presupuesto y sin estridencias, haciendo lo que quieres para crecer como artista y no lo que debes para trepar como celebridad. Se amaron, sin duda. Y el acto más noble de ese amor lo tuvo Mia en las horas finales del rodaje de Maridos y mujeres, en 1990. A días de terminar la producción, cuando encontró las fotos que ligaron –para siempre, qué duda cabe– a Woody Allen con Soon-Yi Previn, su hija adoptiva, juró que no volvería al set. Pero volvió. Terminó sus escenas en tres días y con ellas una de las mejores colaboraciones entre ambos.

 

La pareja nunca tuvo tanta exposición mediática como cuando reventó el escándalo de infidelidad, salieron en las portadas de todas las revistas y de todos los periódicos, en todos los noticieros, en horario estelar y en repeticiones. Era increíble, la civilización del espectáculo trabajando a tiempo completo, el fenómeno Zelig vuelto realidad.

 

 

*     *     *

 

—Odio a Woody Allen, me dijo.

—Lo amo.

—Cuestión de gustos.

—¿Pero no te gustó Zelig? Yo te la recomendé.

—Algo, pero mentí. Yo soy un poco Zelig. Miento para agradar. Mi psicóloga me ha dicho que debería decir la verdad y empezar a visitar a un ginecólogo.

—Zelig es una gran cinta. No hay que jugar con Zelig. Ni en broma.

 

Este diálogo es de Por favor, rebobinar, la novela de Alberto Fuguet. Esa frase, "Yo soy un poco Zelig", siempre me pareció importante. Hasta el día de hoy me hace pensar en las veces que he contado un chiste atribuyéndoselo a alguien más; en las veces que he contado una anécdota propia como si fuera ajena; en las veces que he contado una anécdota ajena como si fuera propia; en las veces que, para probar una historia, he dicho cosas como "leí esto pero ya no me acuerdo dónde, era sobre un tipo que…"; en las veces que le he dicho a mis padres que tengo dinero cuando no lo tengo; en las veces que les he dicho a mis amigos que conocí a alguien cuando no conocí a nadie; en las veces que he dicho que no lo hice cuando sí que lo hice, un montón; en las veces que he defendido una película que no me gusta sólo porque le gusta a la gente que admiro y envidio; en las veces que he usado un diálogo de Woody Allen como si fuera mío.   

 

Todos somos un poco Zelig. Woody Allen se cambió el nombre porque el suyo no le parecía lo suficientemente chistoso, se compró las emblemáticas gafas de montura gruesa porque su rostro no le parecía lo suficientemente llamativo, subió a los escenarios para hacer sus monólogos cómicos a la fuerza, empujado por Jack Rollins y Charles H. Joffe, que empezaron como sus representantes y terminaron como sus productores, y ha dicho varias veces que preferiría ser un solista de jazz como Sidney Bechet o, ya de plano, ser Sidney Bechet. Pero su gran transformación, la que lo mantiene con vida y en cuyas lanas lo encontrará la muerte, pasa cada año, con cada nuevo proyecto. Woody Allen dice que filma sin descanso para no tener que lidiar con su miseria existencial, para no repetirse todo el día que la vida no tiene sentido. Filma para evitar lo inevitable.

 

 

*     *     *

 

¿Cómo festeja el mundo los treinta años de Zelig?

Vuelvo a verla después de no sé cuánto tiempo. Me reservo una noche y la veo con la luz prendida, poniendo pausa cada tanto para tomar apuntes en mi libreta, como Fitzgerald aquella tarde de 1928 que nunca existió.

Sigue siendo buena, pero ya no me mata. Siento que tiene algo de primer borrador, que es más una gran idea que una gran película y, sobre todo, más personaje que otra cosa. Habría sido un gran corto, quizás un gran medio, como Edipo reprimido. Leo que el primer corte de Zelig duraba poco más de cuarenta minutos y que Woody Allen rellenó consciente de que esteba rellenando. Lo más curioso es que con Zelig pasa lo que pasa con todos los escándalos de moda, cuando él está bien, cuando se enamora de la Dra. Fletcher y parece haber recobrado su verdadera personalidad, cuando se cura, cuando es normal, deja de ser atractivo. Miro esas escenas en las que ambos bailan como una pareja funcional y me doy cuenta de que yo también prefiero el escándalo.

Quizás ya no la necesito tanto como antes. Estoy más cómodo, más seguro, mejor. De a poco he aprendido a acomodarme dentro de mi propia piel, como el buen Leonard después de cruzar el Atlántico de cabeza, piloteando un avión por primera vez.

En teoría, Zelig es una película –un ensayo, una opinión, un reclamo– sobre el fascismo. No es gratis que su última gran transformación se dé en la Alemania nazi ni que su gran amor lo rescate de las filas del mismísimo Hitler. Según Woody Allen, cuando uno pierde su identidad, cuando deja que la voz del otro, la que grita, la que manda, la que obliga, se escuche más que la propia, lo ha perdido todo y sería capaz de lo peor. Yo no, nunca la vi así. Supongo que, como de costumbre, la adapté a mi realidad. Para mí Zelig siempre será la historia de un tipo que, como yo, pasó muchos años sin saber quién era, con miedo, asustado de lo que podría ser. Y se curó.

Hay cosas que no podemos cambiar. Martin y Nettie Konigsberg nunca le dijeron Woody a su hijo Woody. Siempre le dijeron Allan. Tampoco vieron con buenos ojos su matrimonio con Soon-Yi Previn, no por la diferencia de edad o por lo que el mundo entero pensaba en ese momento, sino porque ella no era judía. Esto me hace pensar que nuestra identidad también depende de los demás, que somos lo que somos y lo que otros piensan que somos. El método Zelig tiene sus grietas.
La película se acaba, otra vez. Alguien me llama y me ofrece un tequila. Le digo que no puedo porque estoy escribiendo sobre los 30 años de Zelig. Me dice que nunca ha visto Zelig y yo le digo tienes que ver Zelig. Me doy cuenta de que esa película es algo que le deseo a toda la gente que quiero, a la gente que me importa. Zelig me gusta más en los ojos de otros. Ya le saqué todo lo que pude y ahora puedo pasarla a otras manos, heredártela. ¿La volveré a ver? Si me la encuentro en una sala de cine, en 35 milímetros, seguro. Capaz cuando el viejo Woody nos haya dejado solos y cumpla con el ritual de volver a sus películas para que él nunca se vaya de mí.

Juan Fernando Andrade es editor adjunto de la revista Mundo Diners en Ecuador y colabora con varios medios dentro y fuera de su país. Autor de la novela Hablas Demasiado (Alfaguara) y guionista de la película Pescador, basada en una de sus crónicas. En FronteraD ha publicado Clase magistral de periodismo con Billy Wilder. Escribe el blog La Cultura B

Juan Fernando Andrade

ANGEL OROPEZA: Por favor, ¡asústense!



El terror oficialista hacia lo que
les pudiera venir en diciembre

 

■ Ya es tradicional el gastado guión cubano de asustar a la gente para desmovilizarla.

■ Todos los estudios serios de opinión pública indican que el panorama de aceptación popular de la administración de Maduro mantiene su tendencia a la negatividad y el rechazo.

Ya no es solo la percepción generalizada de que el país marcha a la deriva, sino que los venezolanos tienen cada vez mayores dudas sobre la capacidad de Maduro para estar al frente del Ejecutivo. La última encuesta IVAD, por ejemplo, encuentra que apenas 12% de los ciudadanos piensa que Maduro ejerce su liderazgo personal, e incluso 17% cree que solo sigue instrucciones desde Cuba.

Lo más preocupante de estos datos para el Gobierno, es que ocurren en las proximidades de unas elecciones municipales que son políticamente vitales, dada la necesidad de obtener la legitimación que no obtuvo el pasado 14 de abril y borrar cualquier sospecha sobre el real respaldo popular del madurismo.

Lo previsible –salvo que ocurra algo inesperado, o que los opositores decidan no votar- es que la unidad se haga del poder en la mayoría de las capitales de Estado, ciudades de mayor población, y los municipios más importantes. De hecho, la oposición pudiera estar en capacidad de lograr que cerca del 70% de la población sea gobernada por alcaldes distintos al oficialismo. Hay que recordar que desde hace 8 años, 83% de las alcaldías del país están en manos del PSUV.

Si la proyección que estiman las encuestas se cumple, el oficialismo vería así disminuido ostensiblemente su control sobre los espacios municipales y sobre el territorio. Frente a esta realidad, no es por azar que el Gobierno haya rescatado el tema comunal, olvidado después de la muerte de Chávez, y lo haya convertido en el nuevo centro de su estrategia electoral. No solo se lanzó con toda la gala del caso el programa "Comuna o nada", sino que se adelantó el "1er. Censo comunal" de organizaciones de este tipo asociadas al Gobierno.

La estrategia del Gobierno es clara: en caso de concretarse la nueva realidad electoral el próximo 8D, las comunas servirían para amenazar con restarle competencias, recursos económicos y poder político a los municipios que obtenga la oposición, y de esta forma intentar evitar el reacomodo del mapa político nacional en desmedro del oficialismo. Así, el relanzamiento electorero del llamado "Estado Comunal" solo busca compensar las derrotas que el oficialismo espera sufrir en diciembre.

La resurrección del Estado Comunal no es la única respuesta del Gobierno frente a lo que percibe como una coyuntura políticamente adversa. La otra consecuencia ha sido un nuevo episodio de radicalización económica. Era de esperar que, tarde o temprano, el régimen enfilara sus baterías hacia el sector no gubernamental de la economía, en un intento por desviar la señalización de responsabilidad que, según las encuestas, la mayoría de los ciudadanos le otorga sobre la crisis económica, especialmente sobre la inflación y el desabastecimiento.

Hace apenas pocos días, Maduro acusó al sector no oficial de la economía de estar detrás de lo que él ha bautizado como el "plan colapso total", un supuesto proyecto desestabilizador que intentaría derrocar a su gobierno, por la vía de creación artificial de desabastecimiento y sabotaje económico.

En respuesta a ese supuesto plan, anunció la creación de un parapeto llamado "Órgano Superior para la Defensa Popular de la Economía", cuya finalidad es asustar y reprimir a empresas y emprendedores bajo el eufemismo de "supervisar la producción y vigilar la actividad" de los actores no oficiales de la economía.

Para completar la secuencia de las últimas acciones derivadas del terror oficialista hacia lo que les pudiera venir en diciembre, se anunció la creación de un Frankenstein censor, pomposamente llamado "Centro estratégico de seguridad y protección de la patria". Este adefesio fascitoide, que hubiera sido la envidia de Joseph Goebbels, no solo viola los artículos 57 y 58 de la Constitución, sino que busca amedrentar a la población con prohibir y castigar las opiniones y denuncias de los venezolanos sobre sus problemas.

Acciones como las 3 nombradas hasta aquí, más otras que seguramente vendrán en las próximas semanas, forman parte del ya tradicional y gastado guión cubano de asustar a la gente para desmovilizarla, sembrarle desesperanza y desánimo, e intentar sacar a la oposición de su estrategia de insistir en la organización popular y en la vía electoral como camino de cambio social. En el fondo, se trata de los intentos de un gobierno aterrorizado ante la fuerza electoral popular que se le avecina, y cuya única esperanza es rogar que nos asustemos nosotros primero. Que nadie caiga en la trampa.


Por: ANGEL OROPEZA
@angeloropeza182
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EL UNIVERSAL
miércoles 16 de octubre de 2013

ELOGIO DE LA IGNORANCIA


CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ

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Los responsables fueron los cultos, bienhablados, perfumados, diplomados dueños del sistema…

Hasta entrado el siglo XX, en el pensamiento político pesaba que el derecho al voto debían ejercerlo solo las elites políticas, culturales y económicas. A esto se le llamó "régimen censitario". Así las mujeres, los no educados y quienes no gozaban de posesiones ni rentas, no podían elegir. Había que ser varón, instruido y con propiedades. Gracias al forcejeo de las diversas corrientes de cambio democrático, la socialdemocracia, el sindicalismo, las "sufragistas" norteamericanas y la democracia cristiana, este derecho se extendió progresivamente durante siglo y medio a los grupos mayoritarios y las mujeres, hasta la conquista del sufragio universal, directo y secreto. Los revolucionarios marxistas, anarquistas, fascistas, nacionalsocialistas y otros, despreciaban la "democracia burguesa" y para ellos el voto era un instrumento útil para destruir la sociedad, que luego había que eliminar.

Hitler aspiraba "barrer de Alemania cualquier vestigio de la Revolución Francesa". Muchos resbalados y despectivos siguen repitiendo consejas elitistas, particularmente con la irrupción electoral en América Latina del neopopulismo revolucionario ¿Es atribuible a los pobres e "ignorantes" lo que pasa en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua? 

Hay una constatación empírica brutal: los neodictadores y otros no tan neo, como Hitler y Mussolini, obtuvieron victorias en las urnas. Pero para eludir el análisis de barbería hay que preguntarse quiénes los apoyaron, los financiaron, cómo llegaron a la cumbre. Los ricos y famosos con frecuencia suelen allanarle el camino a quienes traen el cuchillo entre los dientes y protegerlos de los avatares que pueden cambiar el destino y dejarlos en el camino, unos por el Síndrome de Estocolmo y otros por la ilusión de "manejarlo".

Pescado se pudre por la cabeza

A Hitler lo nombra canciller nada menos que el jefe de la aristocracia prusiana de los junkers, el presidente mariscal Von Hindenburg, con la idea de que ese cabo austríaco, ese simple patán, temblaría arrodillado frente a él. Trascendentales pensadores sostienen que el éxito históricamente obtenido por movimientos totalitarios de masas se debe a que los factores de poder les abren paso y liquidan los mecanismos que la democracia tiene para defenderse de ellos. El filósofo greco-francés Nikos Poulantzas acuñó una categoría que denominó "bloque social en el poder", la alianza entre partidos políticos, gremios empresariales y sindicales, instituciones del Estado, Iglesia y Fuerzas Armadas, y ahora medios de comunicación. Su papel es sostener la democracia en medio de los conflictos que la caracterizan y son su esencia. Lo mismo dice Dahl en Poliarquía, y Sartori en Teoría de la democracia.

Es lo que estudiosos llamarían el pacto de gobernabilidad que permite poner en cuestión todo, -para eso es la libertad-, menos la libertad misma y las instituciones que la sustentan. Poulantzas en más de mil páginas de dos grandes obras (Fascismo y dictadura y Clases sociales y poder político… ) explaya su hipótesis: el sistema colapsa cuando los factores de poder se dividen y desde dentro del bloque de elites se apoya a destructores del orden. Qué diferencia hay entre los tenientes coroneles Antonio Tejero y Hugo Chávez, dos oficiales alucinados, ambiciosos, golpistas y sin escrúpulos, y por qué uno estuvo 15 años preso y olvidado en el Castillo de San Fernando después que se alzó en 1981 contra la naciente democracia española. El otro, luego de una breve y divertida pasantía por Yare, salió para concretar todas las miserias vividas y por vivir?

Síndrome de Estocolmo

A Tejero no lo complacieron con descabezar ni enjuiciar al presidente contra el que atentó. Tampoco le dieron un sobreseimiento de causa que lo declarara sin delito alguno, y no contrataron sus secuaces en el gobierno como premio. Eso exactamente fue lo que hicieron con el Galáctico que, enemigo del sistema, manejó la Corte de Justicia según le dio la gana, como si la hubiera nombrado él, instancia que rechazó un recurso para inhabilitarlo como candidato por sedición armada. A partir de ahí estuvo rodeado de empresarios, dinero, aviones, intelectuales, periodistas y políticos del sistema -Guillermo Sucre los llamó las "comadronas del golpismo"- que celebraban sus desquiciadas propuestas, entre ellas "la constituyente", luego aprobada por la misma Corte de Justicia. Connotados intelectuales, plumíferos, artistas, se dividían entre los que lo apoyaban apasionadamente y los que se dedicaban a destruir el único muro de contención electoral, AD y Copei.

Los dos le habían hecho el favor de derrocar al presidente democrático que aplastó el golpe, con lo que convirtieron al golpista en héroe. Y el MAS, no contento con la maravilla de haber apoyado electoralmente al gobierno que fue una verdadera malaventura, ahora apuntala al comandante como sucesor. El paladín golpista estaba listo para recibir el apoyo masivo del "pueblo". 

El caos "se hizo carne, y habitó entre nosotros" sin que los pobres, las mayorías ignorantes fueran más que convidados de piedra de las miserias ilustradas. La candidatura era un producto bien elaborado, con todos los ingredientes necesarios, con el apoyo de importantes canales de televisión y medios impresos. La misma historia, o muy parecida, de Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Los responsables fueron los cultos, bienhablados, perfumados, diplomados dueños del sistema, que traicionaron la democracia.

@carlosraulher