Parásitos intestinales

Por Axel Blanco Castillo

Eran muchas voces, minúsculas voces que en coro vociferaban: “¡Huelga! ¡Huelga! ¡Huelga!”.

Fabio, uno de tantos profes que nunca dejan de pensar en lo que pudieran comer si tuvieran algo qué gastar. Él no es el único que camina por la ciudad con los bolsillos rotos y la cartera llena de papelitos blancos. Hay muchos como él y aunque no los conozca sabe quiénes son de sólo verles la cara y los libracos de lomo sucio que llevan en las manos. Una dolorosa burbuja de gas flota en su estómago cuando escucha a unos militares decir que el presidente está buscando alguien que sepa de parásitos. Como profe de Biología sabe algunas cosas, por eso se queda pensativo y aguza la oreja. “El pobre ha inventado de todo, curso, desde supositorios de zábila, pasando por remojos con agua y vinagre, hasta la gama completa de desparasitantes. Por la noche se pone hiperquinético y sale a caminar durante horas por el jardín. Cree que nadie sabe que cuando cierra el cuarto y nos ordena que nadie toque ni lo moleste, es para adoptar una posición cuadrúpeda para que su esposa hurgue en lo más pantanoso de su retaguardia y le saque los bichos. El pobre ya ni siquiera puede dar los discursos completos sin tener que moverse como si le clavaran un alfiler”. “Es una Ascaris lumbricoides”, suelta Fabio, y los militares voltean con cara de asombro. “Las amebas áscaris se reproducen rápidamente. La hembra se desliza aferrándose por los filamentos internos del estómago hasta llegar al intestino grueso, allí pone sus huevecillos, y luego sigue hasta la parte más externa del conducto para alimentarse, es allí donde causa el escozor”. No le faltó mayor carta de presentación. Los soldados lo llevaron de inmediato frente al mandatario. “Usted ha sido mandado por el mismo cielo, camarada”, dijo emocionado, tomándolo por los brazos. Le prometió ponerlo hasta de ministro de salud o de educación si lograba curarlo. Por eso Fabio aplicó el cúmulo de conocimiento y sobre todo el largo recetario naturista que su madre empleó en él mismo, cuando chico, porque la parasitosis se evidencia más como una fiesta de caramelos que de cualquier cosa. Mientras lo hacía tuvo que hospedarse en Palacio, para aplicar cada tratamiento en la forma y proporción recomendada, pero nada pudo hacer. Aunque se dio cuenta de que los ataques se agudizaban en los discursos, o cuando prometía algo a la gente que generalmente no cumplía, o cuando trataba de negar la realidad que todos sabían. “Presidente, yo creo que sería mejor que redujera sus alocuciones, ¿no se da cuenta de que eso alborota a las amebas?”. “Mire, camarada, usted no entiende que si yo dejo de hablar, a la gente se le olvida la verdad. El poder mediático es muy fuerte, por eso le llaman el cuarto poder. Mejor se dedica a su vaina y me deja tranquila a la Patria”. Fue en ese momento cuando Fabio escuchó un minúsculo chillido. Un sonido rarísimo, como la euforia de un estadio en un juego Caracas-Magallanes, pero a una distancia como de cien kilómetros. “Con todo el respeto, presidente, acérquese más”. Allí captó que el sonido venía de su abdomen. “Otra vez permítame, por favor”. Fabio levantó la camisa del pijama y pegó su oreja a algo más grande que una pelota de básquet, pero cubierta de pelos. “Disculpe, pero así escucho mejor”. Por un momento quedó paralizado. En efecto, eran muchas voces, minúsculas voces que en coro vociferaban: “¡Huelga! ¡Huelga! ¡Huelga!”. Era increíble pero se trataba de una protesta de amebas; de hecho, una de ellas empezó a comunicarse con Fabio. “Dígale al presidente que no vamos a dejar de protestar hasta que aumente la producción; las importaciones no son suficientes, y esa dieta en que nos tiene no es justificada; sí, estamos al tanto de las toneladas de alimento que acumula en el almacén. Por lo tanto controlaremos las principales vías del país y bloquearemos las evacuaciones”.

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