GARGANTA PROFUNDA VS. UNA MUCHACHA
LLAMADA MILAGROS
Por Luis Fernández
No puedo siquiera contemplar la idea de tener sexo sin estar enamorada.
El año pasado me guardé por siete meses. Gracias a Dios, encontré al hombre de mi vida... lo conocí hace dos semanas.
Maribel Zambrano, actriz erótica y empresaria del sexo
Ése es el increíble combate al que parece reducirse todo. Me parece verlas salir de sus camerinos y enfilarse al ring de lucha por esquinas opuestas. La temible Lovelace enfundada en una bata de satén escarlata con cuello de plumas y botas de plata-formón, desnuda debajo, claro, dejando ver al descuido su pezón pertinente. La muchacha llamada Milagros con batola de paño y cintas de raso en el pelo, la cara lavada, dirigiendo una mirada dulce a sus seguidores y dejando a la imaginación lo que oculta el grueso albornoz.
Apenas unos minutos de feroz confrontación y sucede lo que nadie imagina: nos damos cuenta de que vistas desde afuera ambas son muy parecidas, dos caras de la misma moneda. La perra y la cenicienta, una vez perdidos los ropajes y enfrascadas en la disputa, son la misma mujer. Los primeros en notarlo somos los moderados, es decir, los que crecimos amando a la estrella porno y a la protagonista de la telenovela por igual, pero la conclusión no tarda en volverse masiva. Y es que resulta que lo que yo intuía es cierto y lo avala un estudio serísimo del Dr. Neil Malamuth, profesor de psicología de la UCLA: las películas porno y las telenovelas románticas son extremadamente parecidas.
El hombre reacciona a la provocación sexual primaria, a la va-gina ávida de penetración, a lo directo y explícito. Es su instinto evolucionista, su necesidad ancestral de poblar los campos lo que lo vuelve adicto a eso que la porno ofrece de inmediato y sin compromiso y que la relación romántica sólo promete a largo plazo y sin garantías. Por su parte, la mujer reacciona de idénti-ca manera al estímulo emocional más básico, se activa su ansia de amar y ser amada y de pertenecer y ser sometida, todo eso que las engancha al culebrón y al puchero de la tímida heroína, al delicioso sufrimiento por amor, con el mismo ímpetu que el hombre es atraído por el talento de tragaespadas de Lovelace. Curiosamente el fin es el mismo. Ya llegará el momento en que Milagros saque a su perra del clóset y grite obscenidades en los estertores del sexo, pues mucho se ha comentado del desenfreno erótico de las mosquitas muertas y Linda sacará a relucir más temprano que tarde a su cenicienta, que luego de la felación deseará que le digan que es amada y querrá que le propongan cosas decentes, algo que le confirme que no es sólo por sexo que es buscada, que le ratifique que ella es más que una máquina de felar idolatrada por onanistas, algo como matrimonio, convivencia, compromiso, pero que sea para toda la vida.
Llegué a esta conclusión, mucho antes de dar con el estudio de Malamuth, porque más de una vez he fantaseado con ser estrella porno. Mi fantasía no era más que una irreverencia nacida como protesta ante el fastidio de tener que reiterar galanes edulcorados y pusilánimes, de tener que decir chistes sin gracia y enviar los mensajes sexistas y retrógrados que pla-gan nuestras telenovelas. Es un daño que no deseaba hacer, aunque hacía, y que no encontraba necesario... hasta ahora. Porque ahora sé que lo que ellas quieren es eso. Cada vez que mi personaje monta cachos y ofende y luego jura amor eterno y salva a un niño de las garras de la villana, o cada vez que le hago la vida imposible a éste o aquel galancete con acento, es para ellas equivalente a cualquiera de las proezas de John "Long" Holmes. He sido, pues, todo este tiempo, sin darme cuenta, una estrella porno.
Así que no me queda más que regodearme en la experiencia, constatar que la puta que habita en mí cumple con la extraordinaria tarea de satisfacer necesidades básicas y tratar en lo posible, como bien hizo la Lovelace, de seguir prestando eficientemente un servicio público y cotizar bien mi mamada.
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