El retraso más largo de la historia
Por Axel Blanco Castillo
En el Metro suelen ocurrir muchos retrasos, miles de retrasos, quizás millones. Cualquiera sería capaz de encontrar una razón lógica. Y si por azar un reportero escogiera a alguien y le preguntara por qué ocurren dichos retrasos, por más analfabeta, ignorante e imbécil que fuera, expresaría un exhaustivo análisis de la situación. Se erguiría frente al micrófono con una seguridad histriónica digna de envidiar. Pero el retraso que ocurrió ese innombrable día no podría ser explicado por nadie y menos olvidado.
El director del Metro recibe emocionado al ministro de alimentación. Su gran amigo y la palanca que lo llevó al frente de tan importante institución y quizás, en un futuro más próximo que lejano, a un derrotero de mayor caché. Por eso hoy debe atenderlo como rey.
Sólo dos saben la verdadera causa del retraso más largo de la historia. Los que están pegados al vidrio de la puerta de la cabina.
Mientras hace el recorrido rodeado de guardaespaldas, camarógrafos y reporteros, piensa en cumplirle el capricho de estar en la cabina de conducción mientras una bella piloto conduce. Elige entre varias y sobresale Scarlet, como salida de un certamen de belleza. “Espere un momento, señor ministro, voy a hacerle unas precisiones a la conductora”. Camina unos metros y la aborda. “Me quitas esa cara de tragedia, quiero tu mejor sonrisa, ¿entendido? Me lo tratas bien, y si quiere, lo dejas que conduzca un ratico”. “Pero, doctor, esta vaina es muy peligrosa, usted lo sabe”. “Está bien, lo de los controles no, pero explícale lo que quiera. La utilidad de cada dispositivo; seguro que cuando vea ese poco de luces y botones del tablero se va a poner como un carajito. Se lo voy a decir en una sola frase, señorita: hágalo feliz”. “No sé si lo sabe, pero hace un par de meses se me murió mi bebé. Así que no me dan ganas de reír o estar contenta, y no creo que pueda cumplir esta misión”. “No lo sabía, pero de todos modos, haga lo que pueda, pues”.
Ese día el Metro estaba funcionando normalmente. El tumulto humano entraba y salía de los vagones, a codazos y trompicones. Pero el sueño infantil del ministro comenzó a cumplirse. Y aunque su visita a los espacios de un subterráneo no tenga una razón de ser, por lo que representa un ministro de alimentación, para él sí. Tiene entre cejas lanzarse a las próximas elecciones gubernativas. Y necesita muchas cámaras, reporteros que lo saquen por los periódicos. Quiere que la opinión pública le ponga el ojo, que lo vean como un prospecto de futuro gobernador. Para la semana que viene tiene pensado repartir bolsas de comida en algunos prostíbulos de la ciudad, y para la que sigue, en los billares de El Silencio, para congraciarse con los estratos más humildes del país. Es su pensar y nadie se lo discute, pero en este instante lo que debería preguntar a Scarlet es sobre el funcionamiento del tren o las técnicas de manejo, y no sobre la vida personal de la chica. “No, no soy casada. Sí, el muérgano ese me dejó preñada pero mi mami me ayudó. Que soy bonita, bueno, algunos lo dicen, pero no buscan una relación seria. Ah, si usted lo dice… Pero no crea que soy pendeja”. Scarlet le cuenta sobre la muerte de su bebé y se le sale una lágrima; el ministro respetuosamente se la limpia con su pañuelo, mientras detalla las dos grandes y apretaditas secuelas del embarazo. La camisa del uniforme está húmeda de leche. “Están destilando le… che, le… che”, dice a la chica. Ella sonríe mientras hace una maniobra con el volante y detiene el tren.
La gente se agolpa en la estación que sigue. Media hora, hora y media, dos horas… Los trenes dentro del túnel hacen cola detrás del que se ha detenido inexplicablemente. Dentro del mismo hay desesperación. Los pasajeros se turnan para tocar el botón de emergencia, vomitan, se desmayan, algunos llaman por sus celulares a la policía. “Es un secuestro”, dice uno, fundamentando su hipótesis en una película que vio de Denzel Washington y John Travolta. Sólo dos saben la verdadera causa del retraso más largo de la historia. Los que están pegados al vidrio de la puerta de la cabina. Los que no dejan de mirar al ministro succionar con su boca la bubis más llenita de la conductora. Ella rodea su cabeza con la más de las ternuras, como si fuera un bebito. Toca su calva con los dedos mientras él hace ese sonido de chupón de los infantes al comer. Cuando llega el operativo de rescate y salen a la luz los pormenores del incidente, que gracias al cielo no se debió a ningún secuestro, el alto funcionario lo único que indicó fue que un buen ministro de alimentación no debe permitir que se derrame la comida. Fue eso lo que lo llevó a la presidencia el año entrante.
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