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Poema a Stalin

Vivimos sin sentir el país bajo nuestros pies, nuestras voces a diez pasos no se oyen. Y cuando osamos hablar a medias, al montañés del Kremlin siempre evocamos. Sus gordos dedos son sebosos gusanos y sus seguras palabras, pesadas pesas. De su mostacho se burlan las cucarachas, y relucen las cañas de sus botas. Una taifa de pescozudos jefes le rodea, con los hombrecillos juega a los favores: uno silba, otro maúlla, un tercero gime. y sólo él parlotea y a todos, a golpes, un decreto tras otro, como herraduras, clava: en la ingle, en la frente, en la ceja, en el ojo. Y cada ejecución es una dicha para el recio pecho del oseta. Osip Mandelstam